jueves, 30 de julio de 2009

Reseña: Vermillion sands (J.G. Ballard)

Durante tres lustros JG Ballard se dedicó a describir una ribera oceánica interminable, probablemente atemporal “que se extiende sin interrupción en todas direcciones, mezclándose con las playas vecinas, extensiones de las mentes crepusculares de sus habitantes”, cuyos personajes y peripecias transcurren en un universo paralelo aparentemente encallado en las doradas décadas de los 60’ y 70´. Las peripecias y conversaciones aluden a personajes que oscilan desde Marilyn Monroe hasta el Sha Reza Pahlevi de Irán pasando por Giacometti o Le Corbusier, no obstante los mismos se encuentran drenados en cierta forma de su vitalidad histórica, despojados de sus atributos y mutados en iconos. Vermilion Sands es como un brote casi congelado, hermoso y surreal, en un rango que no admite repeticiones, ya que Ballard es cuidadoso en el manejo de las situaciones, pero si variaciones casi infinitas, algunas de las cuales se nos presentan como los mitos que acontecen en ese litoral intemporal.

Hay semejanzas estructurales y tratamientos metodológicos, además de procesos conductuales en los personajes, que conectan los relatos unos a otros hasta tornar sus vínculos tan borrosos como esa misma playa donde se despliegan sus avatares, no obstante discernibles como las nervaduras de una hoja cuando el resto de su sustancia ha desaparecido triturado por los avatares. El punto en el cual se separan el tempo narrativo del tempo histórico se enlaza fuertemente con la decisión de Ballard de convertirse en un escritor de New Worlds, igualmente en estos relatos podemos rastrear quizás más fácilmente que en sus novelas su evolución hacia la exploración del universo interior que lo caracterizará posteriormente.

Es probable que el plan de trabajo estuviera claro en su mente desde antes de escribir la obra, no obstante la plasmación de la idea no se expreso de igual forma en la implementación editorial sujeta a diversos vaivenes. Para corroborarlo transcribiré los títulos originales, la revista donde se publicaron y la fecha de edición, las conclusiones que pueden extraerse son diversas pero no comprometen lo que he preferido exponer sobre las múltiples vinculaciones encontradas entre ecosistemas, locura y relaciones de pareja en el conjunto de los relatos.

Orden Cronológico de Publicación / Orden de Presentación de la recopilación
Prima Belladona: Science Fantasy 20 / 1956 Los escultores de nubes de Coral D
Mobile or Venus Smile: Science-Fantasy 26 / 1957 Prima Belladona
Studio5, the Stars: Science-Fantasy 45 / 1961 El Juego de los Biombos
The Thousand Dreams of Stellavista: Amazing / March62 Las Estatuas Cantantes
The Singing Statues: Fantastic / July62 Grito de esperanza, grito de furia
The Screen Game: Fantastic / Octuber63 Venus sonríe
Cry Hope, Cry Fury: The Magazine of Fantasy & Science Fiction / Octuber67 Dile adiós al viento
The Cloud-Sculptors of Coral B: The Magazine of Fantasy & Science Fiction / Dic67 Estudio 5, las Estrellas
Say Goodbye to the Wind: Fantastic / Agosto70 Los mil sueños de Stellavista

Uno quisiera decir: Los primeros proporcionan las bases sustentadoras de ese universo paralelo, bizarro y preñado de extraños procesos tecnológicos, los centrales se enfocan en la desintegración de la pareja, los último cierran magistralmente el periplo, pese a que utilicé tal tamiz con afán esclarecedor no fue posible reducirlos a ese esquema, lo que si observé es que el conjunto va enlazando ese meandro alternativo de la playa intemporal con reflexiones emanadas de “Rascacielos” o de “Mitos de un futuro cercano”. Sin ser bucles que se retroalimentan mantienen coherencia y conectes abundantes entre si, tanto como para proporcionar pistas de la evolución del pensamiento ballardiano como de sus mutaciones estilísticas.

Un mar fósil recorrido por yates de arena con ruedas, estatuas sónicas con hélices (tanto cultivadas como silvestres), rayas de arena voladoras y una parafernalia de animales mutados, ojos enjoyados (¿chips-bits o piedras preciosas incrustadas en las órbitas?), lagos de sílice fundidos (¿relacionados con bombas atómicas o de otro tipo que provocaron ese marasmo temporal y esa costa imperecedera?), flores cantantes, personas “mejoradas” por ingeniería genética, mansiones vivientes que se expanden de acuerdo a los diseños fabulados por sus propietarios, esculturas que abandonadas a si mismas pueden terminar por devorarlo todo, locales ruinosos y preñados de recuerdos melancólicos por doquier, emergen en un torrente efervescente de las páginas, asombrando o demoliendo rechazos previos.

La tendencia de los objetos a flotar o a tener vida propia lo acercan a los mundos ingrávidos de los surrealistas y de ciertos comics (Jodorowsky y Moebius), y podemos imaginar a los protagonistas gozando del paisaje columbrado desde sus terrazas, recostados en long chaises, rodeados de medusas que pulsan en una gama de tenues colores, mientras las propias copas de vino anuncian la cantidad de licor trasegado y algún comentario salaz sobre las neumáticas y globulosas esculturas que yacen alineadas bajo los parasoles en la arena.

La ingeniería genética juega un papel primordial en el peculiar bosquejo de semejante mundo, aunque también surge de inmediato la estampa del chip incorporado en el cristal para convertirlo en utensilio inteligente y sensores empotrados en los adornos o en las telas para captar los datos del ambiente y elaborar frases para el usuario.

La tecnología no explicada se encuentra tan presente como si le dedicarán dilatadas explicaciones o referencias permanentes y es allí donde surge la sensación de maravilla, en la intersección entre tecnología presentida, ambiente surreal, referencias sociales y relaciones de pareja complejas que pueden ser catalogadas como postmodernas, aunque el instante de su surgimiento como movimiento y corriente se encuentre en lontananza para el autor.

No todo es felicidad: el sistema económico tiene sus parias: artistas, escultores de nubes, marginales románticos y poetas, vinculados con sus prósperos mecenas o con negocios extraños siempre al borde lo insólito pero con la suficiente potencia para extraer peculio o recursos del entorno.

La especial belleza de algunas líneas demuestra el intento de experimentar con la forma y el ritmo, con los perfiles y los escorzos, para lograr poemas en prosa con arco argumental, y nutrir la pretensión de crear sitios: Lagoon West, Red Beach, Ciraquito, Stellavista, con la suficiente coherencia para que la panoplia de biotipos y biocenosis entregadas al lector sean un constituyente importante del ecosistema, más con la libertad requerida para que al interior de esos parámetros se oculte la sorpresa. Reglas laxas siempre actuantes, aunque sea en sordina, aportan tegumento sustentador y una cierta articulación con las peripecias (ambiente y cadencia, ensueño y premonición) le proporciona el andamiaje preciso de CF que solicitamos.

Pasemos a los relatos sin vulnerar el orden de publicación del tomo y sin acogernos a la tentación cronológica, que deviene circunstancial:

a.
En “Los escultores de nubes de Coral D” se parte de un “Love Story” y se llega a un “Bitter Moon” ambos signados por el “Amour Fou”. Quizás para escamotear el fracaso que no desea aceptar, cultivar el retrato (algo fijo ya terminado y no mejorable) que su amante le dedico, se convierte para Leonora Chanel (¿evocación de Coco Chanel?) bella, rica y demente en un sustituto de la vida, cada momento más extraño que el anterior demanda un esfuerzo creciente y los intervalos se encuentran asolados por un duermevela donde la conciencia naufraga, la ecuanimidad se disipa y la cordura se canibaliza. Nolan aún aceptándola como zombí mantiene una reserva de esperanza, sin embargo, ella se propone doblegarlo... y cree que las esculturas que brotarán de sus incursiones creativas en las nubes (efímeras, tan rápidamente cambiantes que las variaciones se siguen ipso facto y que hasta en sus momentos de decadencia y disolución a merced del viento pueden volver a resplandecer con hermosura) le proporcionarán la ocasión para hu
millarlo. En su soberbia no cuenta con que una Némesis particular surgida desde la naturaleza como desagravio por la ruptura de la armonía de la pareja, guiará a las nubes de tormenta para que la aniquilen a ella, demostrando que aquellos seres que se obsesionan por mantenerse idénticos a si mismos perecen ante la inevitable transformación del ecosistema.

Algo frecuente es que los personajes cuestionables tengan problemas con la ecología, mientras que los de estatura ética elevada sean armónicos con ella. El paisaje es de una variedad suculenta, en las cabezas de las torres de coral se amontonan los cúmulos bañados con la luminosidad del verano y simultáneamente los vientos barren las dunas donde resuenan las estatuas cantantes.

El grupo de pintores constituido por Nolan: un artista doliente cuyo sufrir lo estimula (Ballard como creador abstracto) y propietario del lugar donde surge la aventura, un enano jorobado (Petit Manuel no es acaso una perífrasis del propio Ballard como un niño caprichoso y deforme, refugiado de un campo de concentración en Shangai), un glamoroso y musculoso atleta con diversas habilidades pero con voluntad retorcida (otro reflejo físico de Ballard adulto interpretado por Charles van Eyck) son apoyados por un piloto retirado de espíritu libre y romántico cuya decisión de construir los planeadores precipita la historia y una secretaria bonita y eficiente, con un particular vibrar pragmático que salvará la vida sentimental del piloto (pareja asimétrica con la de Nolan-Chanel, donde se aglutina la felicidad drenada desde la otra, la homeostasis vibrando). Quizás esta sea la parte tópica, la de una “soft story” que por su continuidad enlaza las incidentes edulcorando a la tragedia griega de fondo.

b.
En “Prima Belladona” la vida transcurre tranquila, sin sobresaltos, plagada de “Tecnología Bizarra”, con un sistema macroeconómico que funciona sin sobresaltos y acorde con mixturas aún por descubrirse, el goce de habitar en una vacación perenne sin las molestias del stress, la competencia o la insatisfacción permiten esquivar el terrible panorama de los océanos secándose (acaso como una versión optimista de “La Sequía” o un instante temprano de la misma, Ballard constantemente se autorreferencia y se autorreconstruye), la ciencia parece haber logrado éxitos espectaculares pero no para evadir la crisis ambiental sino para alcanzar la vida muelle, quizás por eso a pesar de las dificultades el agua no falta, y el planeta se desliza por la cuesta sin fin de la irresponsabilidad opulentamente vivida, sin que aparentemente nadie tenga que preocuparse de cultivar o producir bienes o servicios (es inevitable recordar a los moradores de “Rascacielos” abandonados a si mismos, lo cual demuestra nuevamente el proceso de
autopoiesis a que Ballard se somete).

Los personajes encabezados por Parker, el dueño de una coroflorería o tienda de música “vegetal” que atiende a sus flores cantantes y las afina paseándose entre las macetas, enamorado de Jane Cyracylides, una hermosa cantante cuya genética profundamente alterada por la bioingeniería se expresa en una espléndida piel dorada, un cuerpo macizo y espectacular donde la imaginación puede resbalar y deleitarse sin prisas, una voz estupenda que le consiente vivir de ella y unos ojos de insecto multifacetados que le permiten seguramente observar el entorno total, y los dos rodeados de sus amigos: Tony Miles, vendedor de cerámica y Harry Devine, arquitecto, habituales de Vermillion Sands y cuyas circunstancias se enlazaran con otras de los relatos presentados en la recopilación.

El odio y la desilusión aportan su cuota, el primero irónicamente con la competencia entre las divas (Jane y las flores) y el segundo con la erosión de la relación amorosa, que aquí no alcanza a cuajar por una especie de castigo emanado desde la coroflorería. Una vez más se entremezclan ecología y relaciones de pareja, aunque aquí sin mediaciones que la alteren. El enfrentamiento es poderoso y de consecuencias dolorosas para los amantes. La intromisión de la humana con ADN alterado o con prótesis provenientes de la manipulación del proteoma empuja a un final quizás doloroso.

c.
El Juego de los Biombos: Transcurre en medio de las colosales ruinas óseas de Lagoon West, donde la arquitectura de la mansión, mezcla de Piranesi y Escher, enmarca la desventura de una mujer con los desplazamientos de insectos enjoyados y el complejo edípico de un aristócrata con las veleidades propias de un mecenazgo a la producción cinematográfica esperpéntica y costosa.

En flashback retornamos al drama gracias a los efluvios decadentes del sempiterno verano que se agregan a las agresiones del paisaje natural y artificial: mientras una continua amenaza parece emanar de las galerías de arrecifes colgantes, la descomposición de la tecnosfera es rauda, tan sólo de un año para otro se ha deteriorado la infraestructura y hasta las estatuas sónicas dejan de vibrar en consonancia con los visitantes para emitir trémolos sin sentido o permanecer mustias y silenciosas, generándose, no obstante, por tales motivos otros espacios de dispersión y propagación, tanto para las faenas de los protagonistas como para los habitats de distintas especies desérticas. Con las rayas voladoras de arena y los escorpiones enjoyados más activos que en pasados veranos, con el delirio rondando a los protagonistas y con una producción cinematográfica en marcha, un plato con profundo sabor a duna marina, celuloide terapeútico y tragedia griega está servido.

Paisaje y fatalidad de nuevo entrelazados como las fibras de una alfombra. Y para la evolución de la una se requiere la filmación de una película mediante una combinación de decorado laberíntico de biombos casi etéreos en medio de las jorobas desérticas y las agujas de arena y que intenta repetirlas, develándolas y ocultándolas simultáneamente (¿el arte copia a la naturaleza?), apoyándose en airados guiones futuristas que derivan hacia visiones terroríficas. Un panorama que incluye una caricatura de Orson Welles, un pintor (Golding) que calca algunos aspectos de Nolan y una mujer desdichada que no lograra remontar las cascadas de su infortunio. Ya tenemos servidos los nervios abiertos de las semejanzas y a pesar de los distintos compases con que la melodía particular del relato se instalará en nuestros oídos, tampoco renunciamos a reconocer arpegios comunes.

La figura de Emeralda, domadora de insectos y arácnidos mutados capaces de incorporar diamantes, zafiros o rubíes en su quitina y de obedecer órdenes de liquidar a alguien específico, obsesa y sensible, condensa en su perfil de actriz la posibilidad de reproducir el pasado para borrar culpas y reengancharse con el mundo que ha extraviado, de explicarse una pretérita relación disuelta en la violencia del asesinato y de tender puentes para la salvación de Charles van Stratten, el mecenas del mastodonte fílmico. Mientras juega el ritual de perderse y recobrarse entre los biombos de cartón con una alfombra de invertebrados embellecidos a sus pies, teje como Ariadna con su danza que replica la de la vida (y claro está, la de la muerte, acaso no son simétricas y mutuamente necesarias), el sendero aciago que cerrará el episodio, pautado por las notas de las estatuas sónicas resucitadas.

d.
Las Estatuas Cantantes: A medio camino entre mecanismo y organismo, anexando capacidad de reproducción por esqueje y unidad central de control de sonido, turgentes y tentadoras en ocasiones, punzantes y rechazadoras en otras, son entes que recuerdan a la serie de Vasari sobre Sodoma y Gomorra o a los torturados de Palencar en su serie de los Mitos Lovecraftianos chillando desde la cárcel de su cuerpo, donde músculos castigados e instrumento atormentador conforman un único artilugio. Extiendan su uso a la mayoría de las plazas y mansiones del planeta y tendrán una pesadilla estruendosa en marcha y rumien las consecuencias prácticas para una formación socioeconómica concreta que posee una miríada de ingenios semejantes, con una legión de diseñadores, constructores, reparadores y vendedores alborotando entre sus diapasones.

Ballard, profundamente visual (de allí la tentación de graficar su pensamiento) sugiere con una potencia extraordinaria y crea ecosistemas poblados de criaturas fantásticas con habilidad portentosa; si le añadimos interlocutores vitales que se vinculan múltiplemente y que erigen ágilmente (aún recostados en sus hamacas) andamiajes multidimensionales, su lectura se torna un lance lúcido, una aventura perspicaz donde se hace presente la macroeconomía mediante un dato que desnuda la relación entre el artista y su agente: se lleva el 90% de comisión sobre el valor de la obra.

Lunora, la mecenas melancólica y desfigurada y Milton el escultor de efigies sónicas quedaran enmarcados por el encanto repelente que se desprende de tales artefactos vivientes, preparados para captar un suspiro y tornarlo una melodía abstracta en consonancia con la persona que lo emita. La oportunidad para Milton, tararear un estribillo, surgida del azar como dependencia sensitiva de las condiciones iniciales será el acontecimiento desencadenador, aún con su ligero gustillo a estafa, que llevará a ligarlo con Lunora. Lo que deviene luego: las visitas furtivas para mantener el engaño, la observación de la durmiente mientras el enamoramiento se abate sobre el voyeur, el síndrome de Narciso y el rechazo del amante por la orate, culmina con la precisión quirúrgica de un cronómetro en un párrafo que si tuviera un adjetivo más sería cursi, pero que posee el gemido del desencanto y la fragilidad dolorosa del enamorado impugnado.

e.
Grito de esperanza, grito de furia: Navíos espectrales que trazan periplos sobre dorados océanos arenosos, terceros que narran una desgraciada historia de amor, pseudohéroes que surcan rutas para cazar rayas voladoras entre arrecifes impulsados por corrientes termales (con escasa diferencia podría ser una viñeta de Milo Manara si coexistiesen en lo gozoso) y altozanos ondulantes bajo el espejo del sol nos dibujan la atmósfera donde se mezclan una vez más ecosistema fantástico, relaciones de pareja en degradación y obsesiones que rozan lo patológico.

El azar flamante y ramificado: a una llanta desinflada se aúna el casual golpe de aleta de una raya moribunda (amaestrada para atraer a ciertos elegidos), mezclará los hilos vitales de los actores, por que siempre toda narración de Ballard posee una veta teatral briosa y exaltada, Hope que se inviste con las características de Circe, Robert que reúne los impulsos de un Argonauta fortuito con los de un aciago Oberón accidental, Foyle que queda señalado como un Hamlet raquítico, Barbara como una esfinge fea y aburrida y Charles como una amasijo de Ulises y Holandés Errante logrando una especie de pantomima escabrosa con regusto macabro.

Capítulo aparte merecen los pigmentos fotosensibles que por su funcionamiento consiguen efectos similares a los alcanzados por Marcel Duchamp en “Desnudo bajando una escalera” y que barajan incansable los multiyoes de la persona que posa en los breves momentos de exposición hasta alcanzar una especie de síntesis mística, en la que apenas interviene el pintor o el modelo, y que va emergiendo desde los colores elegidos bosquejando un rostro asombroso por el parecido pero virado hasta el paroxismo por las pasiones apenas entrevistas y que van delatando la auténtica imbricación y superposición de las personalidades que acechan en cada una de nuestras máscaras. Táctica mecánica-psicológica que acude en ayuda del argumento con elegancia y madurez, ya que su manipulación permitirá desatar los odios e iras acumulados en el elenco genuino.

f.
Venus sonríe: Cuando una Municipalidad encarga una escultura sónica, no puede adivinar la calamidad que liberará al ignorar lo que puede un fractal. Lorraine, una escultora será su ejecutora. El sarcasmo campea por doquier y las sonrisas se desdoblan y multiplican desde cualquier ángulo o pliegue de sus párrafos. Las descripciones destilan gracia y humor, las peripecias se combinan como los gags de un guión cómico y aunque el desastre en ciernes sea demoledor el tratamiento no deja de ser irónico. La relación de pareja aquí será secundaria, entre el miembro de la Junta de Arte de la Municipalidad y su secretaria, el ecosistema será en lo fundamental urbana y la locura será algo similar a la represalia excesiva, pero se dejan percibir.

Crecimiento significa expansión y cuando sintetiza los originales y sorpresivos resultados de su evolución con los despliegues sucesivos de las cualidades que yacían escondidas en su programación y perfeccionamiento podemos presentir el núcleo de la catástrofe que se avecina y se va a esparcir consistente y devastadora como un fractal, conservando la homotecia en cada dimensión o escala aunque la forma sea distinta y la percibamos intuitivamente como algo con semejanza y discontinuidad sincrónicamente. O lo que es igual, una estatua sónica programada para vengar la humillación sufrida por su creadora posee la competencia para estrangular el mundo. El castigo será desproporcionado al motivo, pero quien será capaz de explicarlo a una geometría obsesionada con la retaliación.

La performance de un fractal se repetirá redimiéndose a si mismo en la forma inicial cada vez que cambie de escala, así que los fragmentos por más diminutos que sean retornarán a su quehacer apenas queden separados del cuerpo o masa principal, sólo hay que darles el tiempo necesario para un nuevo emprendimiento y ya lo tendremos prosperando desaforadamente otra vez. Las hélices sonoras brotarán dondequiera, los retoños reproductores de música clásica se entremezclaran con los pimpollos emisores de rock, los cogollos de canciones folklóricas con las yemas de ritmos afrocaribes y en la medida que irradie hacia otras regiones se apoderará de cualquier sonido que capte. En realidad: una de las más insólitas invasiones, una de las más peligrosas hecatombes explicadas en un texto de CF. Una salva de cañonazos para Ballard.

g.
Dile adiós al viento: Una escena inicial cargada con el hálito de la podredumbre de la pobreza, con la decrepitud de los vagabundos y el sonambulismo de quienes recorren los pasillos de la locura se liga a la exposición de motivos de los negocios que germinan de ese verano eterno y de un esclarecimiento sobre las biotelas (las noticias sobre telas que nos tornan invisibles, que pueden imitar cualquier textura, que mimetizan eficientemente los soldados, que emiten sonidos, que se escanean sobre los contornos del usuario, que incorporan medicamentos para terapias diversas, etc. están apareciendo con frecuencia y tornando actual esta premonición de Ballard) temperamentales y rutilantes.

Las telas vivas que evaden lo inerte se combina con la psicobiología de sus compradores y con la manipulación genética para lograrlas. La sensibilidad en captar las emociones del usuario y en amoldarse a la silueta del usufructuario le conceden una innegable destreza que se confunde con la semiconciencia, con el duermevela de un insomne. Y entonces se precipita con patetismo el desgranar de los acontecimientos y la desdicha, el retrato del suceso por un observador azaroso que muta en amante ocasional (Samson), la rica obsesa (Raine Channing) que desea mantenerse adolescente, las permanente cirugías, el inexorable devanar del tiempo, las pérdidas que se acumulan y que requieren ser abordadas; pero también en sordina, Gavin: el diseñador desaparecido.

Una vez más encontramos esa mixtura sui generis de tecnología rara, de obsesión patológica rayana en la locura y relaciones de pareja quebradas y no cicatrizadas y un entorno que incorpora elementos novedosos y se adapta a los procesos complejos soltados desde la moda y los avances tecnológicos realizados aún sin conocer cuales serán las consecuencias no esperadas de los mismos. Las biotelas devienen como un reflejo del alma humana, como un paquete de recuerdos desdichados, como emotividad expresada en prendas de vestir, no sólo como la piel de la piel, sino como el residuo del alma, como el espectro oculto de lo que realmente somos cuando rompemos con la esencia humana y deseamos la destrucción y la muerte del otro, de la pareja odiada pero que no nos resignamos a abandonar. En ese sentido el relato adquiere una fuerza tremenda, cuando prefiguramos lo que las biotelas pueden guardar y hacer (asesinar por ejemplo, si han conservado en sus fibras el resentimiento para lanzar un ataque), pero no obstante ser incapaces de servir como testigos en un juicio o en apoyos psicológicos para una terapia reconstructiva.

h.
Estudio 5, las Estrellas: Poemas flotando como mariposas, enredándose en las barandas, lloviendo sobre las terrazas, abrazándose a las hojas de las plantas, colgando como inflorescencias de las ventanas, enroscándose en las cornisas, envolviendo el paisaje en palabras, creando el mundo desde la metáfora. Muchas de las imágenes de Ballard traen encastrada la belleza y la potencia sin menoscabo de la claridad. Una vez más la mujer (de rostro blanco hasta ser hielo o parecer enharinado como mimo) aparentemente inaccesible, el probable amante u observador omnisciente (editor de una revista de poemas) que prepara en una dirección el relato mientras una corriente oculta lo empuja hacia otro costado y en un momento determinado ambos itinerarios se conjugan y se explican al unísono; los amigos (que reiteran la fauna humana permanente de Vermilion Sands) y el chofer (que vira a doctor o secretaria/o dependiendo de los relatos), semifauno y cómplice de la bella, aunque frecuentemente su victimario o guardián de sus secretos.

IBM se encarga de hacer el mantenimiento de las VT (máquinas de producir poemas) y sin embargo los poetas a pesar de la ayuda o quizás precisamente por eso se dedican a dormitar en las reposeras de sus terrazas, trasegando licores y debatiendo hasta el cansancio caprichosos temarios colindantes con el absurdo y el chisme. Descubrimos las nervaduras comunes, adosamos compartimientos y bosquejamos similitudes, es Ballard otra vez con el espíritu crítico y golpeando -con el tercer pie que Prevert prefería apuntar a las posaderas de los idiotas-, a los intelectuales de opereta. La tarea que se ha impuesto Aurora Day (el nombre es de una lucidez anonadante) es la de reinventar la poesía en ese mundo degradado por máquinas que reemplazan la creatividad humana. Ransom (otro nombre transparente, que colinda con el anterior) será el evaluador aleatorio de ese intento.

El misterio que se cierne desde Aurora se expresa en los sueños enojosas, fronterizos con la pesadilla que acosan a Ransom y en los desperfectos que estropean su salud, una brujería hermanada con lo sardónico se propaga desde Estudio 5, la casa de la bruja, un encantamiento letal para la personalidad del editor lo acompaña y excava el sendero de su derrota; un universo fantástico que bulle y se derrama desde el misterio de Aurora y su entorno, la obediencia que las rayas voladoras le muestran, la destreza en operar sobre el entorno, la maestría en reorganizar la materia le otorgan tanto el papel de diosa como de musa de la poesía encarnada. Paradójicamente si bien este es el relato más fantástico del volumen, es también junto a “Venus sonríe” el mas humorístico, y si aquel era el que detallaba la mayor amenaza jamás exhibida en el texto (los demás atañen sólo a los protagonistas) este es el que con mayor enjundia crítica a los supuestos creadores e intelectuales). La cacería de rayas obrara como un exorcismo para provocar el ilusorio sacrificio de Tristam (otro nombre mágico) que supuestamente salvará definitivamente a la poesía (siguiendo al pie de la letra la leyenda de Melandra y Coridón), lo cual es simétrico con la contaminación sónica proveniente de la estatua cantante desintegrada, pero mientras allá se cuece el infortunio acá se manifiesta la farsa, otro cuento donde Ballard saca la garra del humor.

i.
Los mil sueños de Stellavista: Algo que no se puntualiza ha sucedido (el Receso) y las circunstancias han cambiado, el tiempo denso y repetido se ha diluido y de nuevo funciona hacia adelante, Vermilion Sands queda atrás, es un recuerdo y nuevas tecnologías que trastornan el entorno proliferan. La arquitectura contigua en su concepción y plasmación a Buckmister Fuller o a Lloyd Wright se ajusta a los modelos psicotrópicos que permiten la incorporación de elementos a partir de los deseos de los habitantes o ... de sus traumas, gracias a la multitud de sensores de emociones que proliferan en sus paredes. Bertold Brecht señaló que “Igual mata una habitación que un hacha”, en las casas de Stallavista tal afirmación puede convertirse en literal, pero no por un entorno de pauperización degradante sino por que acumulan el odio y los impulsos tanáticos de sus moradores.

Las fallidas relaciones de pareja que estimuladas por el ecosistema artificial de la residencia terminarán por reproducir la de esposa asesina (actriz) y el esposo asesinado (arquitecto diseñador de la casa), la crisis rampando sobre las ocurrencias cotidianas (encajarían en “Crash” sin esfuerzo), retroalimentando el deseo extraviado y nunca satisfecho del abogado que desplaza al vínculo concreto fundado en la sexualidad y el compartir emociones. El recuerdo del juicio donde Howard participó como ayudante del abogado defensor revive la pasión sofocada por el tiempo y la presencia de la personalidad de la asesina en la casa precipitan la decisión y a partir de allí la caída en barrena y el reemplazo de las personalidades, escoltado por agresiones mortales de las instalaciones y de las habitaciones. El entorno artificial para la pareja se ha convertido en un horror viviente, les espera la separación y el divorcio, pero al enamorado le queda una ilusión, capeado el temporal y expulsada la personalidad del arquitecto: para volver a sentir la de la actriz “sólo tiene que encender la casa”.

Hay en sus párrafos un sabor a despedida, a cambio de ciclo logrado con tal desparpajo que cuando lanzamos nuestra mirada hacia las anteriores narraciones constatamos que los indicios ya se podían barruntar en algunos, pero los dejamos pasar (una preocupación por la macroeconomía, la reorganización de los espacios formales, la pugna entre tecnología y creatividad humana, etc.); podría relacionarse fácilmente por su tema con “Casa inteligente” de Kate Wilheim o con Moya, la nave viviente de “Farscape”, pero el enfoque de Ballard sofoca cualquier liviandad en ese sentido, su propuesta literaria en el relato de cierre es armónica con el conjunto, culmina como brillante y amargo colofón de una obra donde se expresa que el entorno sea natural o artificial y habitualmente surreal plagado de biotecnologías o animales y plantas mutados, puede atentar contra las relaciones de pareja, floreciendo la locura y la obsesión como acólitos endémicos y camaradas de viaje y dejando abierto un resquicio para reinterpretar a esa luz sus siguientes novelas.

Luis Bolaños (c) junio de 2003.

(publicado originalmente en Velero 25)

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