jueves, 30 de julio de 2009

Cuento: El regalo de las estrellas (Daniel Salvo)

Tomás Rancana observó con temor la luz que venía desde el estrellado cielo de la sierra de Huancavelica. La luz se hacía cada vez más grande e intensa, al punto que su fulgor empezaba a asustar a los carneros, que empezaron a balar y tratar inútilmente de dejar el corral. Tomás, encomendándose a Santa Bárbara, (Santa Bárbara, doncella, líbranos del rayo y la centella, pensó con fervor), se ajustó sus gastados pantalones de bayeta y el poncho, que ya empezaba a ondear a causa de un fuerte viento venido de Dios sabía donde. Desde el interior de la choza, oyó la voz de su mujer:

- Viejito lindo, ¿qué está pasando?
- ¡Achachau Olinda! ¡No vayas a salir! ¡Feo estoy viendo!

Asustado pero consciente de ser el único varón en esas soledades serranas, Tomás Rancana decidió permanecer de pie ante la luz que había bajado del cielo. Total, todo el mundo decía en el pueblo que cualquier día se iban a morir el y la Olinda, su mujer. Y es que estaban viejos, y hacía tiempo que vivían solos, sus hijos habían hecho sus vidas bien lejos del pueblito. Hacía años que no los veían.

Y ahora había venido la luz, una luz entre azul y blanco, como leche recién ordeñada, que se movía ante sus ojos como un remolino, haciendo un ruido como de piedras arrastradas por un río. ¿Vendría del cielo? ¿O del otro lado?

La luz empezó a menguar, al tiempo que empezaba a disminuir sus movimientos. Repentinamente, Tomás Rancana empezó a sentir una gran paz en su interior, una sensación de alegría que no había experimentado desde su infancia. Sonrió. Alborozado, llamó a su mujer:

- ¡Olinda! ¡Salte rápido! ¡Han bajado los ángeles!
- ¡Ay tatito, ya te estás volviendo loco! ¡Mucho hablas con los carneros tú!
- ¡Estoy hablando en serio! – exclamó Tomás, al tiempo que golpeaba el portón de su choza. -¡Ven acá, te digo!

Frente a la choza de los Rancana, podía verse un gran objeto parecido a una lenteja hecha de plata brillante, suspendido en el aire a poca distancia del suelo. Tomás Rancana pudo observar que de la parte baja del objeto empezaban a salir cuatro extensiones, como las patas de una mesa.

De pronto, su mujer, quien había salido tras el llamado de su esposo, dejó escapar un grito:

- ¡Jesús, María y José! ¡El fin del mundo! – Se hincó de rodillas - ¡Perdóname Virgencita! ¡Perdóname San Judas Tadeo! ¡Ay mamacha, qué hemos hecho!
- ¡Cállate, so cojuda! ¿No sientes bonito? ¿No te das cuenta?

En efecto, la mujer también empezaba a sentirse invadida por un sentimiento de paz y tranquilidad inefable. Sonrió, sabiendo en su interior que no había nada que temer del misterioso objeto. Apoyándose en su marido, lo miró con curiosidad. Era algo que nunca habían visto, y que no comprendían. Sólo entendían que algo maravilloso iba a ocurrir.

Debido al peculiar estado mental en que se encontraban, los ancianos no se sorprendieron cuando una abertura se hizo visible en un costado del objeto, de la cual salió una rampa que llegaba hasta el suelo. Del interior de la nave – pues no podía ser otra cosa –, surgió un ser altísimo y vestido con una túnica de un blanco resplandeciente. Su rostro era idéntico al de un ser humano normal, a excepción de sus ojos, azules y carentes de pupilas. Sus dorados cabellos parecían brillar. Mirando a los atónitos terrestres, dijo lo siguiente:

- Vengo en son de paz. Mi nombre es Monsen. Quiero darles un regalo.

Tomás y Olinda asintieron. Algo indefinible que emanaba del ser les hacía comprender que no debían tener miedo, y que sus intenciones eran buenas.

Monsen continuó hablando:

- Mi raza ha buscado por cientos de sus años en el espacio profundo a seres racionales que estuvieran en un estado primitivo de evolución, como es el caso de ustedes. Sólo les falta un poco, un leve empujón, para estar en el mismo nivel de las mentes del cosmos. Por eso han sido elegidos, por su aislamiento y por su receptividad. No podía presentarme en una gran ciudad, pues causaría mucho miedo. El regalo será para ustedes dos, para que después puedan compartirlo.
- ¿Qué nos vas a regalar, papay? – preguntó ansiosa la mujer.
- Mi regalo no es una cosa hecha por manos humanas. Es para sus mentes. Para ser mejores. Cuando yo me vaya, tendrán poderes que nunca imaginaron. Podrán comunicarse sin hablar. Mover cosas sin tocarlas. Ver lo que está lejos. Y lo mejor de todo, podrán transmitir el don a todo el mundo. Mañana.

Tras decir estas palabras, el ser que se hacía llamar Monsen miró fijamente a los ojos de los ancianos. Un fulgor azul eléctrico, como un relámpago, llameó formando caudales de luz hacia los ojos de los terrestres. Estos cayeron aturdidos delante de su choza. Como en sueños, les llegaron los pensamientos de Monsen:

“Listo. He terminado mi misión en este planeta. Ahora volveré a mi nave, para buscar otras razas que necesiten evolucionar. Que la paz esté siempre con ustedes”.

Y la nave despegó con su tripulante, dejando una estela de luz blancoazulada que se desvaneció rápidamente en el firmamento.

Tomás Rancana y su mujer recobraron la conciencia pronto, a causa del intenso frío de la noche serrana. Al tiempo que se incorporaban, Olinda pensó:

“Alalau, qué frío, mejor nos metemos a la casa”
“Si pues... oye, te estoy escuchado dentro de mi cabeza”
“¡Si, tatito lindo, que bonito, era cierto lo que dijo el Monsen!”
“Y no era un ángel, era de otro mundo nomás”
“Qué frío, hay que cerrar bien la puerta. ¡Mira! ¡Se ha cerrado solita! ¡Yo la he cerrado!”
“Así es pues, a ver qué puedo hacer yo. Mira mi soga. Mira como la hago bailar.”
“Mañana en el pueblo la gente va a estar como loca de contento.”
“Sí pues. Hay que dormir, para llevar a comer mañana a los animalitos. Pobrecitos, con este frío, allá afuera”.
“Sí pues, pobrecitos... Oye, ¿QUÉ ES ESO QUE HAS RECORDADO?”
“Nada, yo... ¡salte de mi cabeza, so mierda!”
“¡Aj! ¡Con animales te gusta estar! ¡Cochino! ¡Jarjacho serás también!”
“Jarjacha tu, vieja puta. ¿Tus revolcones con el Mateo, cuando me fui de viaje? Ahora te has recordado, so jijuna, te has revolcado con tus primos también...”
“Y tú eres un asqueroso, yo aunque sea con gente estuve, tú con animales.”
“¡CALLATE!”
“¡No me callo viejo asqueroso! ¡Con razón todo el día con los carneros!”
“¡SUELTA ESE CUCHILLO!”
“Ahora vas a ver. Toditititas las vas a pagar, asqueroso, roñoso... ¡SUELTA ESA PALA!”


* * *


El crimen de los Rancana fue tema de conversación en el pueblo durante mucho tiempo. Nadie supo nunca quien pudo haber sido capaz de asesinar con tanto salvajismo a dos viejos que vivían cuidando su ganado. Con lo risueños que se los veía siempre. Si eran incapaces de matar una mosca. Lo peor de todo había sido la forma en que habían muerto: el viejo abierto en canal por un cuchillo de cocina y su mujer decapitada por el filo de una pala.



Daniel Salvo

(publicado originalmente en Velero 25)

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