sábado, 25 de julio de 2009

Cuento: El comienzo (Iván Paredes Córdova)

Iván Paredes Córdova nació el 12 de junio de 1977 en Lima - Perú. Es licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas de la Universidad San Martín de Porres. Aparte de esta carrera es Webmaster y Diseñador Gráfico Publicitario. Ganó el primer puesto en 1999, en el género cuento, en los segundos Juegos Florales organizado por el Instituto Pedagógico Alfonso Ugarte. Ha ganado también en el año 2001, el primer lugar en el género cuento en los Juegos Florales “Fe y Cultura” organizado por la Universidad San Martín de Porres,. Actualmente trabaja en el área de Imagen Institucional del Ministerio del Interior DINFO. Entre sus escritores favoritos están Julio Cortazar, Jorge Luis Borges, H.P. Lovecraft, Julio Ramón Ribeyro, Pedro Novoa Castillo, Jhonny Novoa Castillo.

***


Introducción


El presente cuento, tiene como objetivo tratar de explicar alguna de las incógnitas que rodean el universo. La historia aquí contada, es el reflejo de una sociedad ignorante todavía de lo que posiblemente ocurrió y ocurrirá.




EL COMIENZO

Por: Iván Paredes Córdova.



Me lo había comprado en la Galería de Arenales, había ido por un Vikingo y terminé llevándome un enorme muñeco de extraño aspecto: era toda una rareza nunca antes vista ni siquiera por Internet, probablemente ese fue el motivo por el cual quedé cautivado la primera vez que lo vi.
Tenía dos enormes cuernos enredados, con colmillos de sable y un rostro de lagarto con gesto repulsivo, como esas estatuas egipcias de cara grotesca y el mentón siempre arriba.

Era mi predilecto entre toda mi muchedumbre de guerreros y soldados. Su nombre era Kull Shakar, nadie se lo puso, lo llevaba inscrito en la parte de abajo y bastaba que lo repitiera un par de veces para que sonara en mi cabeza como el nombre de una legendaria estirpe. De solo oírlo un sentimiento de obediencia se agitaba en mí, ignoro por qué. Yo tenía la costumbre de hablarle muy a menudo, aun para un niño de trece años resultaba inusual, pero yo le encontraba un sentido a esas charlas en donde le contaba infinidad de cosas, desde una riña estúpida en el colegio hasta el divorcio de mis padres. Por así decirlo, nos habíamos vuelto confidentes.
Un día mi tía Camila me vio hablándole de lo más entretenido en mi cuarto, estaba sentado en mi regazo con sus enormes y puntiagudos cuernos mirándome y vaya sorpresa que se dio, al poco rato en la casa de la familia Gálvez yo ya era un loco, al cual debían tratar urgentemente, un loco que habla con su muñeco como si fuera su amigo. Afortunadamente, el psicólogo no hizo caso a tales afirmaciones, encomendando a mi madre conversar conmigo, mucho más de lo habitual, ya que esto no podría ser sino una abrumadora soledad, de la cual huía en las charlas con mis juguetes. Este diagnóstico significó mi salvación tras una larga hora de preguntas.
Después de que mi estancia por un manicomio fuera descartada, mi relación con Kull Shakar empezó a hacerse mucho más íntima, no sólo conversaba con él, ahora también adonde quiera que yo fuera lo llevaba conmigo, dentro de mi mochila de la que sobresalían sus enormes cachos apuntando al cielo.

El verano de risas y carnavales se despintó en un triste otoño de resfriados y lloviznas.
Kull Shakar parecía imponente en mi mesa de noche con sus enormes cuernos brillantes y sus extremidades corpulentas marcadas al detalle y el rostro magníficamente deforme, orgulloso. Yo me sentía feliz al verlo, era, si se podría decir, mi héroe personal.

Cierta vez soñé que despertaba sumamente inquieto; al instante mi angustia comenzó a tomar forma: mi gran héroe, mi compañero de aventura, mi amigo Kull Shakar había desaparecido, no lo hallaba por ningún lado. Ni en el velador, ni mucho menos en mi caja de juguetes, se había esfumado dejándome la desazón de su falta. Por mi mente pasó una infinidad de pensamientos, desde los más inverosímiles hasta los más razonables. Concretamente pensé lo peor -seguro mi madre y mi tía habían tramado deshacerse del guerrero, temerosas, tal vez, de que su amistad me lleve a la locura o quizá les perturbaba su monstruosa imagen. No dejé rincón sin buscar, sentí la misma rabia por la que atraviesan los desdichados al perder lo que más aman, y, créanme, no pude contener el llanto. Sí, lloré como un desequilibrado, rascándome la frente sudorosa insistentemente como si bajo la piel fuese el último lugar en donde me restara buscar. De pronto tuve la urgencia de abandonar mi cuarto y lo que vieron mis ojos aún me resulta incomprensible: una cantidad de periodistas me rodeaban, todos con enormes micrófonos y flashes continuos que se estrellaban en mi rostro como escupitajos; es él, decían unos; tómale fotos, aquí, en el rostro, eran las órdenes de un tipo gordo y calvo. Quise gritar, quise escapar de ese infierno, pero las manos curiosas me tocaban con la punta de los dedos con asco y curiosidad a la vez. Abrí la boca tratando de detenerlos, pero mis enormes dientes de sable me lo impidieron, me toqué el rostro y no tardé en comprender que me había convertido en Kull Shakar. Era acaso una maldición mitológica que me estaba aprisionando por completo, rechacé esta aterradora posibilidad y me aferré a la realidad repitiendo para mis adentros que todo esto terminaría al abrir los ojos, porque todo esto no podía ser sino una pesadilla, pero el espejo de un enorme mostrador heredado de mis abuelos maternos instalado a un lado de la sala dibujaba lamentablemente mi nueva apariencia deforme: inexplicablemente me había transformado en un pequeño monstruo de trece años.

Desperté con la cara empapada de sudor, miré a todos lados, y como si algo me hubiera mordido me levanté de mi cama y me acerqué desesperado al primer espejo que divisé. Mi corazón acelerado empezó a palpitar cada vez más lento, todo había sido un mal sueño, miré a lo alto de mi velador y ahí estaba Kull Shakar magnífico en su pequeña plataforma y tuve la impresión de que ese gesto horripilante que le deformaba aún más la cara era, a la luz de esa mañana, la inefable sonrisa de Kull Shakar. Probablemente mi madre tenía razón y empecé a temer que aquella figura fuera un ser maligno, la reencarnación mitológica de algún dios, el miedo multiplicaba mis sospechas tornándolas más alucinantes. Tenía que sacarlo de mi cuarto lo más rápido posible; me vestí, abrí mi mochila y ese día no fui al colegio, salí de mi casa sin decir adiós, y subí a mi bicicleta con Kull Shakar dentro de la mochila pero ahora bien oculto, pedalee lo más rápido que pude. Había recorrido ya un buen tramo de la carretera con dirección al río así que no me sorprendió la hierba ni el barro negro y maloliente de la orilla. Bajé de la bicicleta y sin pensarlo coloqué la mochila a la altura de mi pecho y la abrí; mis ojos se posaron nerviosos dentro de ella, saqué lentamente y temblando a Kull Shakar. Su mirada orgullosa era lo más humano que habían podido dibujar en su rostro. Pero era la primera vez que lo veía con miedo, ya no era respeto ni mucho menos cariño, era un miedo que me erizaba la piel y me hacía morderme los dientes por un frió que existía sólo para mí. Lo levanté a lo alto del cielo azul y con todas mis fuerzas de mis trece años, lo lance al río lo más lejos que pude. Vi como su magnífica e imponente anatomía se iba hundiendo en las aguas turbias del río, y tuve la impresión de que sus ojos me buscaban a lo lejos como esperando más que un auxilio para él, un castigo para mí. Me sentí aliviado y retrocedí siempre mirando hacia Kull Shakar hasta que fue completamente tragado por el río. Subí a mi bicicleta y me dirigí a toda prisa hacia mi casa.

La seguridad que me esperaba en mi hogar, libre de cualquier deformidad, pudo más que el recuerdo de los veinte dólares que había perdido por la compra de Kull Shakar.

Ya casi había salido del bosque cuando en una mala maniobra fui a parar a unos arbustos, que mala suerte me dije entre sí, afortunadamente, no había heridas mayores, sólo una irremediable sensación de miedo que cubrió mi espacio. Me encontraba sólo en aquel lugar y a lo lejos veía el río turbio que se bamboleaba al compás del viento. Cuando quise incorporarme una sombra enorme me paralizó por completo, lo extraño era que al acercarse el ruido no existía, solamente esa sombra viniendo hacia mí; no quise voltear por nada del mundo y pretendí cerrar los ojos en un acto ridículo de protección, pero ya era tarde, esa sombra se había materializado frente a mí.

-Yo soy el que más ha dado- me dijo-. Soy el terruño y el estruendo de mil palabras- Soy la última esperanza de la legión de los olvidados. Habito en todos y en todos muero. Lo he dado todo en todos los tiempos y en todos los lugares.

Mis ojos no podían cerrarse los tenía abiertos como si una extraña fuerza me obligara a abrirlos, el ser materializado frente a mí me miraba moviendo la cabeza lentamente de un lado para otro, estaba flotando en el pasto verde de aquel lugar. Su voz era suave y a la vez melodiosa. Sin duda, era Kull Shakar, pero, mientras más me esforzaba por convencerme que esto era un sueño, que ese personaje que levitaba ante mis ojos era Kull Shakar, el rumor del río me lo negaba. Saqué valor de no sé donde y, sin haber comprendido nada de lo que había pronunciado hace un rato, pregunté:

-¿Quién eres tú?
-Soy al que se espera después del fin.
- ¿Pero de dónde vienes?- arremetí de inmediato, no conforme con su anterior respuesta.
-No soy de acá, ni de allá.-levantó su mano dirigiéndola hacia el bosque y luego hacia una de sus sienes.
Yo no comprendía nada de lo que hablaba, con apenas trece años no comprendía lo que pasaba, pero lo que me tranquilizaba era el tono de voz que usaba y su empeño en no parecer aún más monstruoso. Al rato le volví a preguntar:
-¿Por qué estas aquí y hablando conmigo?-. Demonio o dios, no entendía que hacía hablándole a un niño de trece años. De pronto se acercó más y más hacia mí, Aguardaba su respuesta tanto como un ataque feroz.
-Yo he habitado desde siempre- me dijo.
-¿Cómo desde siempre?
-Es como si fuera ayer y pensar que he estado aquí más de dos mil años.
Yo seguía sin comprender nada.
-Tú eres el motivo de mi viaje- me dijo sonriendo bondadosamente.
¿Cuál viaje? - pregunté.
Kull Shakar descendió de su levitación y estuvo casi a mi altura mirándome fijamente.
-Yo vengo de Ganicia y he viajado más de dos mil años para conocerte, el conocimiento es algo que aprecio y la soledad es algo que desprecio, y la soledad es algo que...
Kull Shakar bajó la cabeza como aturdido y unas lágrimas brotaron de sus ojos aleonados,
¿Qué pasa? – pregunté aún más confundido.
-Tu planeta será destruido y no hay nada que pueda salvarlo-me dijo entre sollozos.
-¿Y por qué te presentas ante mí con semejante noticia, no te parece que sería importante que lo comuniques a todo el mundo?-le respondí.
-Tienes razón pero la legión de los olvidados son ustedes,
¿A que te refieres con la legión de los olvidados?-le pregunté
-Nosotros en toda la galaxia somos una infinidad de planetas, y el más pequeño y minúsculo de todos es la Tierra, ustedes son los únicos que no saben que existimos, mi planeta te escogió a ti, de entre todos los habitantes.
Yo lo miré más que sorprendido: estaba ante mi juguete que había comprado meses antes y ahora me decía que la tierra sería destruida. Por un momento quise reírme.
-Tu planeta será destruido por las siguientes razones que te daré a continuación- me dijo-Las guerras: el hombre mata a otro hombre. Los homicidios: el humano mata a otro humano. Las violaciones: el humano mata a otro humano. Las aberraciones: el humano mata a otro humano. La lista es larga ¿Quieres que continué?
No, ya basta- Lo mire piadosamente y le dije.
-Por favor, entonces, me quieres decir que toda mi familia va a morir junto conmigo,
-No -me respondió-Tú no morirás.
-No entiendo-le dije.
-Tú fuiste el único que quiso llevarme en esa tienda de la galería, yo he estado por más de dos mil años en la tierra esperando inamovible como un juguete de plástico ser llevado por alguien a su casa en este tiempo, fui también una odiosa criatura hace una centuria, y en el origen fui un hombre sin culpa asesinado por su hermano. Quise ser un juguete de aspecto atemorizante para significar una victoria cuando me comprara un ser sin malicia como tú y así saber, por fin, lo que es el trato humano. A ti no te importó mi apariencia grotesca, intimidante y monstruosa, tú eres el ser humano que va a vivir solamente, tú en todo tu género.

Al rato brotó una luz violeta y apareció junto a mí una niña rubia de ojos claros. Kull Shakar se acercó y pronunció unas palabras:
-He aquí el comienzo.
Con mis trece años me era difícil comprender todo lo que había presenciado, pero el entendimiento había estado ya en mí desde hace mucho y comprendí que en el universo todo era posible. Me acerqué a la niña y ella me tomó de la mano, ambos esperamos de nuevo la luz violeta y antes de desaparecer le pregunté:
-¿Tú también lo compraste?- y aun antes de que me respondiese tuve la certeza de que era yo el que tenía mucho que aprender.
-We- me respondió alegremente.


FIN

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