jueves, 30 de julio de 2009

Reseña: La noche de los tiempos (René Barjavel)

La noche de los tiempos
La nuit des temps
René Barjavel

Ultramar Editores
Madrid, 1976


Hace muchos años, la fenecida revista Lo Insólito promovía la lectura de esta novela en su sección “Miscelánea”. La nota –probablemente redactada por María Tellería Solari- decía mas o menos lo siguiente: “Ciencia ficción, claro, pero no dejen de leerla. Se trata de La noche de los tiempos, de René Barjavel, un libro bellísimo, y que hace soñar. Cómprenlo, etc.” Como en esos tiempos no se encontraba en la ciudad donde yo residía, me quedé con la espina por más de 20 años.

Recientemente, pude verla en un librero de viejo, y me asaltó el deseo de adquirirla. Pero, ¿de qué iba la dichosa novela? Acudí a la internet para informarme, y los resultados fueron algo desoladores: gran parte de lectores coincidía en que era una narración de tipo “poético” (falso), con poco contenido de ciencia ficción (falso) y fuera de contexto histórico, como si esto último fuera un demérito.

Por suerte, no hice caso de esos comentarios, y en cuanto pude, la leí. Y lo que leí no me defraudó para nada.

El principio es impactante. Una expedición antártica percibe señales de “algo” enterrado en el hielo de un glaciar. Un objeto esférico compuesto por una capa de oro, que data de 900,000 años, es decir, de la noche de los tiempos… El mundo se inquieta, y un grupo de científicos de diversas nacionalidades es destacado para ahondar en el descubrimiento. La esfera es la cubierta de una estancia que contiene los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer que portan máscaras de oro, congelados en bloques de un material más frío que el hielo. Con la técnica de la época, reviven primero a la mujer, Eléa, quien les revela su asombroso origen.

La bellísima mujer –su belleza es algo que se nos recuerda en cada página- es oriunda de Gondawa, un país o región que basa su economía en la “ecuación de Zoran”, que permite sintetizar alimentos, ropa, en fin, lo que sea. Eléa recuerda con mucho pesar la separación de su amado Paikan, pues el cuerpo que ha sido hallado junto al suyo corresponde al sabio Coban, poseedor del secreto de la ecuación de Zoran.

Eléa revela que en su época existían también dos grandes naciones, la suya Gondawa y Enisoraï. Si bien los gondawaneses son poderosos, lo enisorianos lo son aún más. Y hay varias divergencias que los tienen en constante conflicto. Desde la posesión de colonias en otros planetas (¡según esta novela, los humanos de raza negra son descendientes de marcianos!) hasta el descubrimiento de un arma –el Arma Solar- que pone en juego el equilibrio entre naciones. Parece que hace 900,000 años, hubo una guerra atómica que llevó a la humanidad al borde de la extinción. El descubrimiento de un suero que proporciona algo parecido a la inmortalidad permite a los gondwaneses escoger a dos representantes de su civilización para ser preservados de la hecatombe. Eléa, por su belleza inigualable, y Coban, por ser el científico más inteligente de Gondawa. Ambos serán congelados y puestos en la cámara de oro donde serán hallados luego de 900,000 años.

Mientras Eléa hace estas sorprendentes revelaciones, los intereses en conflicto de norteamericanos y soviéticos entran en juego. Se suceden intrigas, incluso intentos de asesinato, por el interés que despierta tanto la famosa ecuación de Zoran, como algunos artefactos hallados junto a Eléa y Coban – un arma, un sintetizador de alimentos, un reproductor de pensamientos- . Se plantea la necesidad urgente de reanimar a Coban, para lo cual necesitan la sangre de Eléa.

Cabe destacar el tratamiento casi caricaturesco que hace el autor de algunos de sus personajes: la científica soviética siempre de mal humor y dispuesta a lanzar imprecaciones contra el capitalismo. Los franceses, en franca retirada respecto al dominio tecnológico frente a los norteamericanos. Y una situación completamente inverosímil: ¿no reconocería el lector (o lectora) a su pareja si estuviera desnuda, a pesar de utilizar una máscara? Y después dudan de que Superman sea Clark Kent…

Hasta aquí lo que puedo comentar sin destripar el argumento. Hay más de una sorpresa al final, que por cierto es bastante triste. Eso si, en lugar de una situación anacrónica o pasada de moda, “La noche de los tiempos” pone en evidencia la siniestra estupidez de la llamada Guerra Fría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada