domingo, 19 de julio de 2009

Cuento El otro monitor (José Guich Rodríguez)

EL OTRO MONITOR


I

Pablo Teruel no había dudado siquiera un minuto aquella tarde otoñal de 1942. Dejó en las oficiosas manos de Zulueta, su joven asistente, los asuntos relacionados con la edición y salió a perderse entre los peatones que iniciaban el retorno al hogar después de un día de trabajo. Desde la súbita muerte de Barandiarán, viejo zorro de la prensa limeña y mentor de Teruel, los directores del diario habían decidido que su cronista estrella ya no estaba para trotes a lo largo y ancho de la urbe en busca de “perspectivas diferentes”. Asumió el cargo con ingenuidad, seducido por el extraordinario incremento de su salario y la promesa de que siempre gozaría de libertad para sus trabajos. También se impuso a sí mismo un pretexto sentimental: a Barandiarán le habría gustado que él asumiera esas funciones.
Pese a todo, las responsabilidades de editor consumieron su existencia, con crisis matrimonial de por medio, y casi no había escritos de su autoría que lo dejaran plenamente satisfecho. Por eso, siguiendo un impulso interior, él mismo acudiría a Desamparados para conversar con ese sujeto, que había llamado a las tres en punto. Ya estaba acostumbrado a todo tipo de personajes pintorescos, convencidos de su propia grandeza; pero la experiencia le enseñaba que nunca debía obviarse la posibilidad de un gran reportaje. Además, era la primera vez que alguien exteriorizaba semejante capricho: “..Estaré en la Cafetería de la Estación de Desamparados, a las cuatro de la tarde...llevaré un traje color castaño, con un sombrero del mismo tono y anteojos de montura redonda...”
Le tomó diez minutos llegar al inmueble, próximo a Palacio, punto de referencia del Centro y lugar de tránsito obligado para todos los viajeros que se dirigían al este del país. Solo un detalle había llamado su atención por el teléfono: la tos metálica del sujeto, quien solo se había identificado como Lowell. Había poca gente a esa hora en la Estación. Una que otra banca era ocupada por solitarios pasajeros, quienes dormitaban o leían los periódicos y revistas. El tablero de informaciones anunciaba la partida de un tren a las cinco y cuarto de la tarde.
Teruel se encaminó hacia las escaleras de la derecha. La cafetería se hallaba en el segundo nivel. Hacía por lo menos diez años que no se reunía allí con una persona. Se trataba de un lugar inmejorable para sostener conversaciones sin temor a testigos indeseables, sobre todo al caer la tarde. Cruzó la bella puerta de vitrales y deambuló entre las mesas, a las que se sentaban escasos clientes. Lowell estaba ubicado al fondo, de espaldas a uno de los grandes ventanales. Un tenue luminosidad vespertina caía sobre él, en contraste con el ambiente penumbroso del local. El sujeto se puso de pie apenas se percató de la presencia de Teruel.

-Es usted el editor en persona...no pensé que vendría...creí que enviaría a un reportero. He leído varios de sus artículos -dijo, con aire de desconcierto. Teruel percibió ligeras señales de un origen extranjero en el habla de Lowell, típica de los foráneos que han vivido mucho tiempo comunicándose en una lengua distinta de la materna.
-A veces bajo al llano. Es la única forma de no enmohecerme.
-¿Desea tomar algo?
-Un café estará bien.
Lowell llamó a uno de los mozos quien, solícito y discreto, atendió la orden.
-Bien...como suele decirse ahora, vayamos al grano, señor Teruel -dijo, con un amago de sonrisa. Le costaba esfuerzo mantener una conversación sin efectuar pausas-. Disculpe. Mi salud no es buena. La región andina es mi última carta. Partiré en el tren de las cinco y cuarto. Por eso lo llamé. He comprado un pequeño fundo en las afueras de Huancayo. El médico me ha dicho que es la posible solución. No tengo familia y nadie hará esto por mí.
-Al grano, entonces. Llamó para ofrecer algo interesante, señor Lowell -dijo Teruel, extrayendo de uno de sus bolsillos una pequeña libreta y un lápiz-. Lo escucho.
-Se habrá percatado de que soy extranjero.
-Sí...inglés...supongo.
-Acertó. Pero mi nacionalidad no importa. Quiero mostrarle algo -dijo Lowell, al tiempo que abría un pequeño maletín. Del interior extrajo una especie de cuadernillo. Era un bloque de hojas membretadas, como las que suelen utilizarse en los despachos de los bancos o de establecimientos comerciales.
-Es la única prueba que sustenta mi historia. Mire el membrete.
Teruel examinó el bloque. Solo vio las letras “M.H” en la parte inferior derecha y un escudo de la República del Perú ubicado en la zona superior izquierda. A un paso de devolverle el bloque a Lowell, su memoria visual funcionó. Algo en su rostro debió delatarlo, pues Lowell, después de un acceso de tos, lo hizo saber:
-Se dio cuenta. El escudo presenta una ligera variación.
-No es una cornucopia, sino un clarín.
-Sí, señor Teruel... “el clarín que anuncia la libertad”....-.Lowell adoptó un falso tono marcial.
El periodista comenzó a interesarse.
-Curioso. ¿Un error de imprenta? A veces ocurren cosas insólitas en los talleres.
-No, señor Teruel. No es un error de imprenta. Es un auténtico escudo de su país.
-Su historia se relaciona con el escudo......-dijo Teruel, con los ademanes escépticos que siempre lo habían caracterizado como reportero y cronista.
-Así es. Antes de iniciar mi breve relato, lo someto a otra prueba. Me encanta apostar, como buen inglés, y apuesto a que logrará descifrar a qué aluden las siglas.
Teruel ya tenía una respuesta anticipada. Había descubierto que en el escudo campeaban símbolos náuticos.
-Bueno....me halaga, pero mis neuronas andan muy lentas hoy, Sr. Lowell. Solo puedo suponer que el bloque pertenece a una entidad dedicada a la navegación. Quizás la Marina de Guerra. Más allá de eso, “M.H” puede significar cualquier cosa. No lo tome a mal...por ejemplo, las siglas de un barco.
Lowell soltó una carcajada seca.
-Así es. Usted es un experto. Comienzo mi historia, que evaluará con objetividad. Disculpe si la tos o la debilidad interrumpen mi discurso.
-Descuide.

II

Nací en el puerto de Liverpool. Aprendí el oficio de tenedor de libros desde los quince años, cuando mi padre me colocó en el despacho de uno de sus viejos amigos. Todo transcurrió con proverbial normalidad y dentro de los cauces que un hombre de mi generación y clase estaba impelido a recorrer. Laboré en varias casas comerciales. Como suele ocurrirle a los muchachos criados en ambiente portuario, siempre anidó en mí la idea de dar la vuelta al mundo. Apenas se presentó una oportunidad, me embarqué. Trabajé en la marina mercante del reino por varios años. Cierto día, un colega comentó que la lejana República del Perú, en Sudamérica, necesitaba personal civil capacitado. Perú...había oído hablar tanto de este país en mi infancia. Leí sobre los Incas y la conquista española. Para mí, el nombre evocaba la cúspide de lo romántico y misterioso. Gestioné mi traslado en cuanto fue posible. Me dediqué a labores de mi profesión tanto en Paita como en Mollendo y en asuntos vinculados con la exportación e importación.
. Pero extrañaba los navíos. Entré a formar parte del personal de la Marina de Guerra peruana. Me recomendó el Cónsul, también de Liverpool, a quien conocí en un ágape por el cumpleaños del rey. Realicé diversas funciones. Hasta ahí, no hay demasiados atractivos en mi existencia. Volvería a Inglaterra algún día, con un pequeño capital. Seguiría el mismo camino que muchos compatriotas: hacer fortuna en América y gozar de una vejez tranquila, rodeado de nietos, criando perros y practicando la horticultura. Nunca me imaginé que ese barco le daría un giro insólito a mis días. Las responsabilidades no fueron muy diferentes: inventarios, presupuesto, asistente del oficial contador...eso en tiempos de paz....Pero la guerra....todo fue tan distinto a partir de entonces...tan confuso. Solo sé que algo cambió una madrugada remotísima. Acababa de estallar el conflicto con el país del sur. De pronto, me encontré sumido en un ir y venir incesante, patrullando las costas e incursionando en territorio marítimo de la nación oponente. Había muchos británicos en la tripulación, especializados en máquinas y en artillería. Le aseguro que varios de ellos hicieron suya la causa, pero sé que a usted los actos de heroísmo no lo impresionan. Prosigo. Durante los últimos meses de nuestra participación, llegaron algunos reportes. Al principio, nos provocaban gracia. Sostenían que habíamos atacado una base enemiga a cierta hora y en tal fecha, cuando nos hallábamos a cientos de millas de distancia del supuesto lugar. Eso comenzó a ser más frecuente. Juan Alfaro, el contador de quien yo era asistente, me profesaba afecto porque tenía un hermano de mi edad. Por él me enteré de muchos detalles. De las risas y bromas, puesto que suponíamos que todo era producto de la imaginación del bando contrario, pasamos a la duda e inquietud. Los oficiales de otro buque peruano aseguraron que nos habían visto en maniobras de entrenamiento detrás de la isla de San Lorenzo, frente al Callao; pero en aquella fecha cumplíamos una misión secreta cerca de Antofagasta. Por lo tanto, era imposible tal presencia. El Almirante estaba preocupado. Resultaba delicadísimo dudar de la palabra de camaradas de armas, así que recurrió a un permiso especial del Comando. Era un hombre muy inteligente, de enorme cultura y con mente muy lógica, como la de un detective. Leía mucho en sus ratos de descanso. Había estudiado al detalle los supuestos movimientos del buque fantasma, por lo que sabía cómo y dónde encontrarlo -si en verdad existía un navío parecido o idéntico al nuestro-. Quería terminar con esa patraña, pues consideraba que era un arma de doble filo: podía fortalecer la moral de los hombres, pero también adormecerla peligrosamente. De ese modo, partimos hacia una cita inesperada. Seguimos por varios días el rumbo establecido por el Almirante, hasta llegar a unas millas de Matarani. Y aunque parezca mentira, ahí nos aguardaba el otro barco. Corría un viento cálido, inusual para la temporada. Un ligero reconocimiento, gracias a binoculares, le permitió al Almirante corroborar los reportes. El navío anclado frente a nosotros también era un monitor y llevaba bandera de guerra peruana. Después de unos minutos de tensión, en los cuales ninguna de las embarcaciones atinó a manifestarse, el Almirante consultó con sus oficiales. No era una emboscada. Tal parece que se llegó a la misma conclusión en el buque misterioso. Utilizando lamparines, enviamos un mensaje simple pero contundente, que se cruzó con el transmitido por ellos: “Tripulamos un buque de la Marina del Perú. Identifíquense de inmediato...”. El tenor del mensaje era el mismo en ambos casos. Hubo algunos minutos de vacilación...¿Qué estaba ocurriendo? ¿Dos monitores con idéntico nombre? Nuestro Almirante debió de pensar lo mismo que el otro. La única forma de desentrañar aquel embrollo era una entrevista en territorio neutral. Se propuso ese plan a la otra nave, utilizando las señales lumínicas. Aceptaron sin plantear condiciones. Ya no era necesario. Se preparó una lancha, que abordaron el Almirante, dos oficiales, dos grumetes y, como representante de la tripulación extranjera, yo. El oficial contador, Alfaro, me había propuesto como testigo. El Almirante aprobó la sugerencia con simpatía. Lo que aconteció después estuvo rodeado de un halo de irrealidad indescriptible; sin embargo, no tengo dudas de que todo se desarrolló en terrenos fácticos. Las lanchas partieron, dejando detrás de ellas las respectivas moles de metal. Nos acercamos con precauciones. El viento soplaba, furioso. El Almirante parecía sosegado, incluso antes del diálogo con su par. Me daba la impresión de que había descifrado un enigma. Nos aproximamos lo suficiente para sostener una conversación de lancha a lancha. En medio de la oscuridad, atenuada por las pequeñas linternas, los líderes se vieron las caras. Yo estaba al otro extremo, esperando junto a los oficiales. Percibí, conmocionado, algunos detalles del breve diálogo. Vi sombras y oí un ligero murmullo. Sí, señor Teruel....creo que ya lo sabe....hablo del monitor Huáscar, es decir, de los monitores Huáscar que, por unas semanas, coexistieron en el mismo espacio y tiempo. Dos Almirantes llamados Miguel Grau se encontraron esa madrugada de agosto de 1879 en las inmediaciones de Matarani. No fue tema de discusión quién había interceptado a quién. El diálogo duró unos quince minutos. Luego de ese lapso, los jefes se despidieron y cada uno partió a su destino. El viento cesó súbitamente. Nada de lo acontecido fue transcrito a bitácoras. Se nos solicitó, a todos los testigos y bajo juramento, que nunca reveláramos los hechos. Como cada noche, fui a descansar a mi litera. No me quité las botas y tampoco coloqué en su lugar el portafolios (lo había llevado al bote, por si me solicitaban la redacción de un acta). Quedó sobre mi pecho. Si lo que lo he relatado es notable, escuche el resto. Al día siguiente, me desperté a la hora de costumbre. Dos hombres de la tripulación me miraban, sorprendidos. Los reconocí, los llamé por su nombre y no reaccionaron. Uno de ellos salió a la carrera y el otro me apuntó con un revólver. Mencioné a todos los oficiales y personal subalterno, uno por uno. El tripulante me miraba con desconfianza. Al rato volvió el otro, trayendo a Alfaro. Este insistió en que no me conocía, que no tenía asistente; me trasladaron a una celda. A mi alrededor había mucho movimiento. Pensé en una broma, en una conspiración. Pero deseché tales conclusiones cuando fui trasladado al despacho del Almirante. Tampoco aparentaba conocerme, pero mostró una actitud distinta. Me habían despojado del portafolios. Él lo revisaba cuando ingresé. “Usted no está dónde debe...pero ya es tarde...su barco ya partió y creo que no volveremos a encontrarlo”, dijo. En su mano estaba el mismo bloque que le he mostrado a usted, señor Teruel. Observe los folios otra vez: el escudo de la esquina superior izquierda muestra un clarín. Sobre el escritorio del Almirante había una pequeña bandera peruana: el escudo de la franja central ostentaba una cornucopia. Los demás elementos eran iguales. Ese detalle y el anuncio de que ningún miembro de esa tripulación me reconocía fueron demoledores. El jefe volvió a hablar: “No soy hábil para las paradojas, como mi colega o alter ego, quien lo demostró con brillantez al explicarme su teoría acerca de estos sucesos...pero no se alarme....ha sido una rara jornada...y es un accidente el que usted se haya quedado aquí. No lo acusaré de espionaje, sino que le daré el mismo puesto que tenía en el otro barco. Además, escribiré de inmediato una carta de recomendación que espero, le sirva cuando regrese a tierra. Buena suerte...señor Lowell”.

III

-¿Y luego?...¿Adónde fue?... ¿Qué hizo de su vida?...-indagó Teruel con naturalidad.
-¿No va a cuestionarme?....Mire mi aspecto....Aparento treinta y cinco o cuarenta años. Le he narrado un episodio de 1879. Estamos en 1942.
-No, señor Lowell. No lo cuestionaré. Hace unos años, un coronel veterano, que peleó en Arica, también me contó una rara historia.
-Nací en 1842, hace un siglo. Tenía treinta y siete años cuando desperté en el otro monitor. Mi actual aspecto físico es el de un hombre joven. Sin embargo, desde hace unos quince años mi salud se ha deteriorado. Creo que es una secuela del incidente.
-Ese bloque de papel membretado luce como nuevo. Tampoco se vio afectado.
-Ni el cartapacio ni la ropa que llevaba aquel día. Van como equipaje en la bodega del tren -dijo Lowell con voz sofocada.
-¿La carta de Grau...bueno...del nuestro... lo ayudó?
-Muchísimo, sobre todo después de comprobar mis sospechas.
-Lo sé. Que si en ese monitor usted no existía, tampoco existía en el Perú o en Inglaterra. Ni un rastro.
-Exacto. Ni una huella. Ni mis padres, hermanos, tíos, ni el resto de la familia. Su fama no es gratuita, señor.
-Experiencia...mucha experiencia...eso es todo.
-Acabaré. En quince minutos partirá el tren. Ya han efectuado la primera llamada. En cuanto a mi participación en la guerra, estuve en Angamos aquel 8 de octubre. Fuimos capturados. El resto lo conoce muy bien, aunque sé que usted es un declarado enemigo de la exaltación patriótica.
-Sí, señor Lowell. Mire esta terrible guerra planetaria. Hitler quiere destruir la civilización -comentó Teruel.
-El mundo es un inmenso campo de batalla, señor Teruel. Siempre lo fue. Ejercí por largas décadas mi oficio. Me convertí en un especialista itinerante. Trabajé por todo el territorio, que no presentaba diferencias significativas con el que conocí antes del episodio. En realidad, la única marca fehaciente de que no me hallo en mi mundo de origen es el escudo nacional. Y en el hecho de que la Inglaterra de donde provengo tuviera por gobernante a un rey, y no a una reina, quien era solo la consorte, de muy bajo perfil. Aunque desde ese instante supe que sería imposible volver con los míos, no me quejo: me beneficié de la reconstrucción después de la derrota. Gané dinero, lo suficiente para vivir con decoro y sin sobresaltos. Mis escasas relaciones aquí fueron muriendo. Tuve breves amoríos...en fin. Oculté con cierta astucia mis orígenes. Aun así, mis males han recrudecido. El médico me ha recomendado otro clima. Pese a la terrible soledad, enfrento el reto.
Sobrevino el silencio. Lowell apartó suavemente el vaso con agua que le había servido de paliativo durante la charla.
-Señor Teruel, agradezco su paciencia. Solo podía confiarle el secreto a alguien de su prestigio y credibilidad. No sé cuántos años durará esto.
-Difícil saberlo, señor Lowell.
-Le obsequio el bloque de folios. Es un objeto único en su especie. Cuídelo.
-Lo haré.
El inglés se irguió. Mantenía el paso con el auxilio de un delgado bastón. Teruel se ofreció a acompañarlo al andén. Antes de subir, Lowell giró hacia su interlocutor.
-Señor Teruel...¿Cree usted en el destino?...
El periodista lo miró, vacilante.
-No sé qué responderle, señor Lowell. Soy escéptico en varios sentidos, pero esta es la segunda vez en doce años que mis convicciones se ven alteradas.
-Entiendo. A veces he pensado que yo fui culpable.
-¿Por qué? No hizo nada malo. Más bien, fue víctima.
-Si yo no hubiera pasado al otro barco, quizás la suerte de esos hombres habría sido distinta. Siento que yo modifiqué algo.
-Nunca podremos saberlo. Nada le asegura que sus compañeros originales sobrevivieran, que el combate no ocurriera también allá...adonde regresaron.
-Suena reconfortante -musitó Lowell-. Adiós, señor Teruel.
-Adiós, señor Lowell. Buena suerte
A las cinco y quince de la tarde, el Ferrocarril Central anunció la partida de su servicio vespertino a Huancayo. El inglés se instaló en el vagón de primera clase, junto a una ventana. Teruel lo siguió con la mirada mientras el tren iniciaba su pesada marcha. Por un efecto que producía el vapor exhalado por la máquina, hubiera asegurado que Lowell se desvanecía gradualmente a medida que el vehículo incrementaba su velocidad.
Salió de Desamparados cabizbajo e inició el camino de retorno al diario en medio de potentes ráfagas de un viento extraño, cálido.

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