viernes, 17 de julio de 2009

Cuento: Las formas (Carlos Bancayán)

El ingeniero Hernández se veía más entero que nunca, a pesar de que algunas canas en las anchas sienes anunciaban ya sesenticinco años bien vividos. Los castaños ojos chispeantes y el breve bigote negro (¿teñido?) que se atusaba por hábito, lo sindicaban como hombre jovial y amable, hábil y animoso.

Belisario Jiménez había llegado a visitarlo después de casi tres años de ausencia, bien invertidos en viajar como inquieto arqueólogo independiente, estudiando las antiguas civilizaciones mayas y aztecas. Hacía poco había regresado vía Lima a su costeña ciudad natal, desde México y Centroamérica, rebosante de nuevas perspectivas antropológicas, cosmogónicas y místicas.

Mimando con suavidad el cuidado bigote, el empresario incorporose de su incómodo sillón, y dirigiéndose hacia un anaquel empotrado disimulado por una hermosa réplica de un Rembrandt, extrajo una botella de aromático licor, y dos copas.

-¿Por qué tanto misterio para su bar, Ingeniero? - preguntó Belisario juguetonamente.
-Por que Gervasio, mi hermano, continúa de abstemio, y afirma que la moral de la Firma sería pésima si yo instalase un barcito visible. ¡Usted sabe cómo son los viejos!

-¡Ajá! Es usted un aprovechado y un estratega al mismo tiempo. Supongo que la consigna será no decírselo, y que la artritis de su hermano le impedirá venir hasta acá con alguna frecuencia.
- ¡Lo sabe! Pero es demasiado diplomático para dejarlo entender. ¡Ah! ¡Cómo quiero a este hermano viejo...!
- En lo de viejo no le va usted muy a la zaga, Ingeniero.
- La juventud es un estado de ánimo. Eso lo sabe usted mejor que yo, como filósofo y escritor bergante. Pero dejémonos de bromas. Voy a enseñarle algo muy interesante, previo brindis. ¡A su salud!
- A la suya y a la de los suyos, Ingeniero.

Brindaron, y después de depositar cuidadosamente la copa sobre el reluciente escritorio, el empresario timbró el intercomunicador.

- Sofía: por favor avise a Quintana que estoy yendo hacia el almacén, y que tenga listos los cajones del último envío. Gracias.- Cortó, y dirigiéndose a Belisario dijo, mientras deslizaba el cuadro y guardaba la botella detrás del mismo disimulado panel:
- Deseo enseñarle algo que sin duda le va a gustar. Me interesa mucho que venga usted empapado de la cosmogonía Maya, y además ha llegado a buen tiempo. Venga conmigo.

Belisario levantóse y ambos caminaron a través de impecables y modernos corredores. Al cruzarse con las uniformadas secretarias o los sonrientes auxiliares de la "Empresa Exportadora de Fertilizantes y Productos Agrícolas", el ingeniero Hernández tenía siempre una frase oportuna, una sonrisa o una broma para con sus colaboradores. Se respiraba un ambiente de trabajo, camaradería y franqueza. Belisario recordó, no sin emoción, que aquella Firma subvencionaba diferentes instituciones de bien social: el Centro Detector del Cáncer, la Liga de Ayuda al Ciego y la Facultad de Medicina Humana de la Universidad local. "Hombres como éste" - reflexionó- "deben ser los llamados a mover el mundo hacia la espiral ascendente que deseaba Teilhard de Chardin".

Llegaron así hasta un vasto depósito cuya doble y maciza puerta estaba abierta. Entonces don Arturo Hernández, que así se llamaba el financiero, invitó a pasar a Belisario y saludó a su encargado de almacenes diciéndole:
- Buenas tardes, Quintana. Le presento al señor Belisario Jiménez.- Y luego de los cumplidos de rigor- Del último envío, ¿cuáles son los cajones del código C-317 K?
- Pasen por acá, Ingeniero. Lo estábamos esperando.- Y los guió hacia un ángulo del almacén en donde se ubicaban pilas de grandes cajas de madera. A la derecha se distinguía la abierta puerta de una oficina donde se atareaba una joven de cabello corto, sin duda la secretaria de Quintana. Este, deteniéndose, dijo al empresario:
- Aquí las tiene, Ingeniero. Las dimensiones y peso coinciden con las de la guía de remisión, pero aún no las hemos abierto, según sus instrucciones.- Y señalaba cinco cajas de blanca madera, fuertemente aseguradas con delgados zunchos de metal. En sus costados se apreciaban los extraños símbolos de un idioma oriental. Al notar en Belisario una mirada de comprensión, Hernández dijo:
- Efectivamente, vienen de la India. Tenemos nexo con la Universidad de Calcuta, que está realizando admirables investigaciones en coordinación con científicos búlgaros. Quintana, traiga las palanquetas y las cizallas para desembalar una de ellas.
- Voy, Ingeniero.
- Aquellos investigadores - prosiguió Hernández- están averiguando cosas muy interesantes sobre las formas, pero han ido más allá de los que sus teorías matemáticas les indicaban, al plasmar sus modelos en un nuevo material que en Venecia ha desarrollado otro consorcio con el cual tenemos también relación. Prepárese para asombrarse, Belisario, usted que es hombre de los mejores asombros.

El joven guardó silencio mientras Quintana regresaba cizalla en mano, seguido por un ayudante que portaba una palanqueta.

- Para el tamaño de las piezas descritas en las guías, se trata de una caja muy grande, ingeniero -dijo el almacenero, algo perplejo.
- Es que se trata de un embalaje especial. Ya habrá notado usted que las cajas no son muy pesadas; - explicaba Hernández mientras sus trabajadores se afanaban cortando zunchos y levantando la tapa de la gran caja, cuya altura llegaba hasta el pecho de Quintana- es que la espuma especial que sirve de relleno, hecha de tal manera que conserva una temperatura uniforme, debe estar en una determinada proporción en relación al volumen del objeto que alberga y protege, para que sus muy especiales cualidades no se vean afectadas por la levísima variación en las radiaciones cósmicas que ha originado el cambio de latitud. Venga, Belisario, acérquese.- Y palpando a través de la sustancia de relleno, especie de lana que despedía un olor levemente astringente, extrajo un objeto alargado, de color purpurino, de unos cincuenta centímetros de altura y extrañamente curvado en un extremo. La primera impresión que se obtenía era la de una escultura modernista, levemente parecida a una gota gigantesca excepto en su ganchuda cúsp
ide, aunque a Belisario le pareció también una garrafa cuyo pico hubiera sido caprichosamente estilizado. El material tenía un brillo que, por lo uniforme, producía un ligero mareo. "¿Por qué?", se preguntó, cuando con asombro se percató de que esta forma extraña no poseía los normales reflejos de toda superficie curva y lisa, sino que más bien emitía una luz tenue y tibia, levemente purpurina.

Al notar el asombro de su joven amigo, Hernández dijo:

- Sí, efectivamente... se trata de un efecto muy especial: este objeto no solamente absorbe la luz sino que la retiene, la conserva y la distribuye de manera igual en todos sus puntos; pero eso no es todo lo que hace. Venga conmigo Quintana, me prestará usted su oficina durante veinte minutos. Encargue a Alicia alguna tarea en el archivo general o envíela a la cafetería, si aún sigue de golosa. Si hubiera llamadas para mí, que me las retengan, por favor.
- Está bien, Ingeniero.

Caminaron hasta ingresar a la más bien pequeña pero agradable oficina, anexa al almacén. Al igual que en las demás paredes del establecimiento, en este ambiente Belisario encontró un visible lema: "Piensa... pero mientras tanto no dejes de actuar".

- Mi primorosa Alicia- dijo Hernández al entrar, a guisa de saludo-: para que usted nos preste su oficina, Quintana le va a invitar un helado de achicoria. Veinte minutos de soledad, por favor, y que me retengan las llamadas si las hubiera.
- Está bien Ingeniero, pero prefiero un helado de tamalito. ¿Qué es eso?, preguntó, refiriéndose a la forma.
- Algo que no le voy a regalar el día de su matrimonio. Cierre cuando salga, por favor.
- Okay, Ingeniero, permiso.- Dijo la agraciada joven dirigiendo a Belisario una mirada de interés. Este le sonrió y la chica salió, cerrando suavemente la puerta. Hernández aplicó el seguro y preguntó:
- ¿De qué material cree usted que está hecho, Belisario?
- Parecería cerámica, Ingeniero, o quizá porcelana. Por cierto, usted lo trajo con tal facilidad que parece no pesar mucho. ¿Es hueco?

Sin responder, el empresario cogió con ambas manos el objeto y, dirigiéndose al centro del despacho, dijo al momento de dejarlo caer:

- Aquí van dos millones de dólares, señor- Y sonreía ante la expresión de espanto de Belisario- Pero el objeto, que al dejarlo caer había descendido con una especie de lentitud, chocó sin ruido contra las duras locetas del piso, dio un pequeño rebote como en cámara lenta y al caer de nuevo se bamboleó tres o cuatro veces, y luego quedó parado, a semejanza de aquellos "porfiados" con que juegan los niños, sólo que en este caso se trataba de una cosa extraña y reluciente.
- Siéntese, Belisario, y le haré participar en algo que sin lugar a dudas le va a interesar mucho- dijo Hernández, complacido de la sorpresa que demostraba su amigo.

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No como quien sale de un sueño sino como quien se eleva entre nubes de suavísima blancura, sintiendo en las sienes el tornasolado murmullo del universo, Belisario emergió en medio de cinco objetos de la misma rara forma. Estaba sentado a piernas cruzadas sobre una mullida alfombra, y sin sorpresa advirtió que en lugar de sus ropas de calle, estaba vestido con una bata de finísima seda color guinda, con ribetes dorados, en una amplia habitación inundada de luz esmeraldina, tenue y tibia. Algo le extrañó: no había ventanas, ni - aparentemente- techo, y sin embargo el ambiente era grato e... impalpable. En el lugar en que se debería divisar el cielo raso se notaba una bruma blanquecina, y lo que Belisario captaba daba la apariencia difusa de un recinto circular.

De pronto, se percató de la presencia de Hernández, muellemente sentado en una mecedora de mimbre, en la cual se balanceaba suavemente.
Su amigo sí conservaba sus ropas de calle, pero habíase colocado un sombrero de forma esferoidal y al cuello llevaba colgado un grueso medallón en forma de estrella de cinco puntas. "Debería parecerme absurdo esto pero lo encuentro muy natural", se dijo.
- "¿Qué lugar extraño es éste, Ingeniero?" - le preguntó; y al hacerlo comprobó perplejo que su voz era como absorbida hacia una invisible lejanía. Pensando que tal vez habíase quedado afónico iba a repetir su preugnta cuando sintió un mensaje telepático, tan vivo y risueño como eran los ojos de su amigo, que lo miraban con benevolencia:
- "No se preocupe por hablar, amigo mío"- "oyó" en su mente- "Está usted en pleno ejercicio de sus facultades superiores, gracias al influjo de la forma, que se ha multiplicado en cinco. Y lo que le parece un recinto exótico y difuso no es más que el despacho de Quintana, pero trasladado a una dimensión superior. No haga ningún esfuerzo por hablar. Simplemente envíe su pensamiento, que yo lo recibiré con la misma facilidad con que usted recibe el mío".

Belisario miró en torno, estupefacto. Las cinco formas reverberaban, tenues pero intensas (y el sintió que no existía ninguna contradicción en ello). Al mirarlas nuevamente, las vio fluctuar, fundirse lentamente en una, y luego separarse rápidamente en pentágono a distancias simétricas alrededor suyo, casi simultáneamente comprobó que no había necesitado girar la cabeza para observar las dos que quedaban detrás de él.

-"Efectivamente"- llegó de nuevo el pensamiento de su amigo a su mente- "Usted está ahora en sí mismo y casi en todas partes, es decir, en todas partes donde desee estar. Su cuerpo físico no lo determina ya en absoluto. Y en cuanto a mi casquete, ¿qué le parece el suyo?"

Y al instante Belisario se vio a sí mismo, un poco desde arriba, con un bonito gorro de dormir de lana color verde claro, terminado en una borla rosada que caía lánguidamente.
-"¿Cómo es que no la tenía antes, Ingeniero?"
- "Porque no la había evocado, lo cual sucedió cuando yo le hice la pregunta. Ya ve que ahora, bajo el influjo de las formas, usted puede ver, o recordar, o evocar, todo aquello que verdaderamente desee, o deseaba, quizá sin saberlo conscientemente. Tal vez siempre ha deseado tener un gorro de lana, terminado en borla".

Entonces Belisario se explicó por primera vez el regocijo que le causaba ver en comedias cinematográficas o televisivas a personajes con gorros como aquel, y volvió a ver con cristalina claridad como, a los cuatro años, había deseado fervientemente tener un gorro igual al tejido y obsequiado, para consolarlo, a su enfermo y calvo padre por su hermana predilecta.

- "¡Pero ese es un deseo que tuve a los cuatro años! ¿Es que podemos retroceder en el tiempo? Y a propósito, ¿para que sirve su casquete?", preguntó, disolviéndose el gorro junto con su recuerdo.
- "No estamos sujetos ni al espacio ni al tiempo comunes. Y mi casquete me sirve para perfilar, además de sus pensamientos, sus deseos, sus motivaciones. Pero no se alarme por ello. No puedo arriesgarme demasiado con este experimento. Pues aunque usted es una persona muy especial, uno nunca sabe".
- "¿Quiere decir que yo podría resultar... peligroso?"
- -"Descabellado, más bien. Pero hasta ahora, su asombro es normal, y su recelo va desapareciendo rápidamente. Piense ahora en algo que le gustaría comprobar. Pero no me hable de cosas comunes o banales, como carteras extraviadas o qué se hizo de aquella novia que usted tuvo. Piense en algo verdaderamente importante, trascendente, que usted haya querido en algún momento saber o conocer bien."

Por un instante, Belisario pensó que todo aquello era un gran disparate, pero enseguida recordó los extraordinarios poderes de los chamanes mexicanos, quienes pueden abandonar su cuerpo físico y transfundir su espíritu, por ejemplo, en el de un cuervo; o los experimentos de hipnosis profunda que parecen comprobar la reencarnación, la cual sería el vehículo cósmico para transfundir tanto el pasado como el futuro... en un presente eterno. "Y si en base a las investigaciones que a nivel mundial ejercen los consorcios a los cuales está asociado y lidera Hernández, sería maravilloso poder confirmar, por ejemplo, la procedencia de los aztecas del lago llamado Aztlán, en fecha indeterminada a partir del siglo X, o su apropiación de la civilización Tolteca en el siglo XIII, o si verdaderamente la voz Mecci que daban al agave, importante para ellos por su jugo embriagante, dio origen al nombre del actual México..."

- "Desearía conocer el real origen del pueblo Azteca, Ingeniero. Remónteme usted, si puede, en el pasado antes del siglo X, en Centroamérica".
- "¿Tiene usted algunas ideas al respecto?"
- "Lo que se conoce , algunas de mi cosecha, aunque..."
- "Entonces lo lamento"- interrumpió Hernández el mensaje mental - "Debe tratarse de algo sobre lo cual no tenga ideas preconcebidas; de otro modo, existe el riesgo de que su imaginación predomine sobre su observación, y la distorsione o la anule".
- "¿Entonces?"
- "Veamos alguna otra cosa. Algo que le interese pero en lo cual no sea versado. Aparte de la arqueología y la antropología, ¿qué hay de importante que le interese, o alguna vez le interesó?"
- "Pues... de muchacho, usted sabe, a los dieciséis o diecisiete años, cuando no sabía aún a qué dedicar mi vida, pensé en el seminario. Me intrigó mucho la película "El exorcista", y reparé en lo maravilloso de un hombre - en este caso el sacerdote - capaz de lidiar con el demonio. Pero luego tuve el infortunio de leer mucho y, usted sabe, el conocimiento es enemigo de la fe sencilla. Luego conversé con amigos sobre Jesucristo y me dije: "Si yo pudiera verlo, saber que ha vivido realmente, que ha hecho sus milagros sin lugar a dudas, entonces tal vez podría practicar su fe del amor, del perdón y del desapego a los bienes terrenales. Es decir, creo que me gustaría ver a Jesucristo, confirmar su existencia".
- "¿Ha indagado usted sobre él?"
- "No... Bueno, he leído la Biblia; en particular, los evangelios y los libros del Nuevo Testamento. Y algunas cosas importantes sobre él, como la "Historia de Cristo", de Papini."
- "¿Qué aspecto cree usted que tenía?"
- "No lo sé. Esa es una de las cosas que me intrigan. No creo en las apariencias de postín que se acostumbra dar a los santos".

Se produjo una pausa en el intercambio telepático, indicio de que Hernández reflexionaba, hasta que "dijo":

- "Está bien... y créame que me emociona la perspectiva... vamos a ingresar por unos momentos a la intemporalidad cósmica. Estamos en 1997. Para conocerlo de treintidós años, uno antes de su muerte, regresará usted al año..."
- "¡Un momento, ingeniero!" - transmitió Belisario en un arrrebato- desearía, ya que de Cristo se trata, presenciar la crucifixión"
- "Bueno, aunque eso no le da chance a escuchar sus prédicas. Regresará usted entonces al día..."
- "¡Ingeniero!" - Belisario había sentido un ramalazo de temor - "¿Regresaré con estas ropas, con este gorro? ¿Qué podrían pensar de mí entonces? ¿Qué podrían hacerme?"

Hernández sonrió con la misma benevolencia que usa un adulto para con un niño que gime asustado de la oscuridad.

- "No irá su cuerpo físico, amigo mío. No tenga usted ningún temor. Su cuerpo permanecerá aquí todo el tiempo, aunque hablar de "tiempo" en este caso es un error. Además iremos juntos. No se preocupe."

El joven se sintió tranquilizado, pues confiaba en su amigo.

- "Me siento mejor así. ¿Qué es lo que debo hacer?"
- "Junte los dedos pulgares, índices y mayores, y cruce los otros dos. Ahora apoye sus brazos relajadamente sobre las piernas y apunte con sus dedos juntos hacia la forma enfrente suyo. Esa posición especial hará fluir su deseo más fácilmente. Cierre los ojos y piense en la pasión de Cristo. Imagine una multitud y un hombre bueno que va siendo cruelmente castigado a medida que arrastra su pesada cruz..."

Entonces Belisario se encontró en una colina cercana a las murallas de Jerusalén, que identificó de inmediato, aunque sin saber cómo ni porqué. Una multitud vociferante se divisaba, desfilando lentamente. Hombres y mujeres vestían túnicas sueltas, y soldados de relucientes cascos mantenían a raya al gentío, impidiéndole acercarse mucho al centro. Allí, un hombre robusto arrastraba una cruz y entonces, sobresaltado, preguntó a la impalpable presencia de Hernández: "¿Es él?". "No", respondió la mente astral de su amigo; "es Simón de Cirene, un hombre a quien los soldados romanos al mando de Petronio, centurión romano, han obligado a cargar la cruz de Cristo, por encontrarse apurados. Jesús ha desfallecido pues los maltratos y más de cien azotes infligidos se han dejado ya sentir. Es el que va adelante, con las manos atadas."

Entonces Belisario vio a un hombre delgado y descalzo, vestido con un desgarrado manto color granate. "Está lejos para apreciar su rostro", le dijo a su amigo, mientras se sentía presa de una profunda emoción. "Usted puede acercarse tanto como desee. Ya sabe que nadie lo verá, pues estamos en una dimensión diferente. Podemos observar pero no ser observados". Ante lo cual el joven observador, dudoso y hondamente conmovido, acercó su ser astral al centro mismo de la muchedumbre. Al acortarse la distancia física arreciaron los gritos, vituperios e insultos, y pudo escuchar también los sollozos de las mujeres que seguían de cerca a Jesús, quienes pugnaban por acercársele a pesar de la férrea custodia que ejercían los soldados de metálicas corazas.

A pesar de su objetividad de científico, se sintió sobrecogido. Jesús era un hombre encorvado, de estatura mediana, largo cabello color castaño, hirsuto bigote y espesa barba. Tenía la ancha frente sudorosa cruzada por una cicatriz, los ojos negrísimos hundidos y separados, la nariz larga y curva, los labios llenos. Su mirada era serena, a pesar de los sufrimientos por los que atravesaba, y sus ropas estaban manchadas de sangre. Entonces el joven puso su atención en María, la madre de Jesús, y vió un rostro avejentado más por los sufrimientos que por los años; al igual que a las otras mujeres, un negro manto la cubría desde la cabeza hasta los pies, y su resignado llanto contrastaba con el desesperado de María Magdalena, hermosa aún en su dolor.

Pero como la trágica procesión continuaba, ahora se fijó brevemente en los ladrones, desnudos éstos de medio cuerpo arriba, torvos los rostros, despavorida la mirada.

Ya ascendían hacia la cumbre del monte de la calavera y algunos de los verdugos desnudaban a Jesús mientras otros preparaban los grandes clavos. Belisario se fijó en el rostro del Salvador y le pareció ver en él una sombra de temor. Los soldados romanos procedían con rapidez y eficiencia, producto de multitud de anteriores ejecuciones contra sediciosos y criminales del Imperio en expansión. Ya tendían el delgado cuerpo sobre la cruz y clavaban sus manos al madero con gruesas y largas alcayatas. Belisario sintió un escalofrío de horror y una profunda compasión cuando uno de los sayones, sonriendo, clavó limpiamente ambos pies, uno sobre el otro, haciendo crujir los maltratados huesos. La sangre corría en regueros que humedecían la tierra rocosa. Luego levantaron la cruz que portaba el delgado cuerpo, introdujeron el largo extremo inferior en un agujero ex profeso y la acuñaron con piedras para dejarla vertical. Aún no había reparado en los ladrones, y cuando los miró, ambos estaban ya amarrados por las muñecas
a los brazos de las sendas cruces y por los tobillos al extremo inferior de las mismas. Sangraban profusamente por los lancetazos que les infligían alegremente sus verdugos, y sus cabezas colgaban sobre los pechos anhelantes. Al mirar nuevamente a Jesús, observó estremeciéndose cómo, sangrando todavía por las heridas del látigo, estaba colgado allí al sol, para morir. Para precipitar su fin, un impaciente soldado lo apuñaló en el costado con la espada corta, y riendo dijo: "Ahora dejemos que Elías venga a salvarle". Al extraérsele la hoja de la espada, Jesús pareció morir. Entonces, trémulo, Belisario dijo a su invisible mentor: "Al parecer todas las crucifixiones son de mero trámite, inclusive la de Jesús, redentor de los cristianos. Pero... ¡se están yendo ya, Ingeniero! ¿No van a sortearse las ropas de Cristo? ¿Este no va a pronunciar ninguna palabra?"

"Nosotros deberemos regresar también a la temporalidad normal, amigo, pues una urgencia me obliga. Lamento tener que comunicarle que aún el hiper-tiempo en el cual estamos inmersos, fluctúa a nivel del tiempo consciente. Y ciertas limitaciones que contienen aún las formas me impiden en estos momentos mayor elasticidad. Pero luego podremos conversar tranquilamente sobre este viaje que hemos realizado juntos. Por favor, piense en el despacho de Quintana, con mucha atención y concentración, pues así facilitaremos el regreso."

Y al hacerlo, Belisario encontróse sentado, y no entre cojines sino en un sillón, con sus vestiduras normales; no sin sorpresa vio que su amigo se incorporaba del escritorio de su jefe de almacén, después de colgar el teléfono.

- Mientras usted descansaba un momento- le dijo bondadosamente- he guardado la forma y efectuado algunas llamadas; una de ellas a la universidad de Calcuta sobre ciertas sugerencias para su perfeccionamiento. Y ahora dígame, joven amigo: ¿Qué le pareció nuestro viaje?
- ¿Pero es que todo ha sido cierto, Ingeniero? Recuerdo que hace años fue usted aficionado a la hipnosis. ¿Es que ha desarrollado usted algún método para inducir el trance en las personas sin que se percaten de ello?
- ¡No! - dijo Hernández con una amplia sonrisa- ¡Todo ha sido real! Pero su incredulidad es el mejor elogio al maravilloso poder de las formas. En verdad, yo mismo estuve tan asombrado como usted cuando entré en contacto con la teoría, hace ya catorce años... Espero mucho de ellas.
- ¿Quiere usted decir que hemos viajado juntos casi dos mil años hacia el pasado? ¿Que hemos estado en el antiguo Israel? ¿Que de verdad hemos presenciado la crucifixión de Cristo?
- Efectivamente, todo ha sido así. Y me felicito de haberle pedido a usted elegir el lugar del viaje. Pocas veces he estado tan conmovido como ahora, en que he contemplado el verdadero martirio de ese hombre. Al mirarlo se comprende que haya sido inspiración de los primeros cristianos, y el sustento de la religión más difundida del mundo.
- ¡Es maravilloso! Y tal vez usted desee, más adelante, explicarme el prodigioso mecanismo de este invento. Pero ahora aún estoy subyugado por la imagen de Jesús yacente en la cruz, y no puedo acabar de creer que todo haya sucedido tan rápidamente. ¿Y María, cuando Jesús se la encomienda a Juan? ¿Y el vinagre? ¿Y las siete palabras?

El ingeniero Hernández volvió a sonreir apaciblemente, como quien comprende y disculpa las ingenuidades, cuando éstas son expresadas de buena fe.

-Hubo una época en que yo también pensé que todo ello era cierto,sin ningún asomo de dudas. Pero...¡un momento! ¿No será usted persona religiosa, por ventura, Belisario? No me gustaría debilitar su fe.
- ¿Quiere decir... creyente? Pues... no. Soy católico, pero no practicante. Aunque creo que todos, creyentes y no creyentes, hemos leído los evangelios, donde aparecen cuatro precisas descripciones del ministerio de Cristo, cuyos detalles se complementan entre sí.
- Precisamente. Este es uno de los puntos notables de los evangelios que se complementan entre sí, como si hubieran sido escritos de común acuerdo, o en todo caso, bajo un designio común. Le explicaré: además del esoterismo y las tecnologías desaparecidas, una de mis mayores pasiones ha sido el estudio de la teología; hace unos... dieciocho años disfruté mucho asistiendo a un curso sobre religiones comparadas en la Universidad de California. Resulta que las grandes religiones no han sido fruto de las enseñanzas de un solo hombre, sino principalmente de la elaboración que de tales enseñanzas y doctrinas han realizado sus seguidores, en un apasionado empeño por mejorar la humanidad. Y el Cristianismo no es la excepción de la regla.
- ¿Quiere decir que los evangelios habrían sido elaborados, y por lo tanto no serían ciertos?
- ... Embellecidos, más bien, alrededor de una verdad fundamental, cual es la vida de un hombre sabio y santo, quien sin embargo tal vez estuvo lejos de pensar en perpetuarse a través de una religión organizada.
- En verdad me intriga usted, Ingeniero. Hábleme más al respecto, por favor.
- Como usted sabe, el tenaz pueblo judío permanecía reacio ante la conquista de su suelo por los romanos; y Jesús de Nazareth, que en su juventud estudió con los sabios esenios y egipcios, hizo suya la tradición de un Mesías o Salvador, pero de una manera diferente a la que su pueblo mayoritario esperaba; él y sus seguidores comprendieron que existía un medio mejor que el de las armas para acabar con las crueles represiones que ejercía el corrupto Imperio Romano, y era poner en práctica y difundir los valores espirituales de la caridad, el perdón y el amor al prójimo. Si ellos lograban instilar estas potencias espirituales en los habitantes y gobernantes del vasto Imperio, tenían la oportunidad única de decantar a la humanidad. A la larga lo lograron, cuando el emperador Constantino, en el siglo III, se convirtió al Cristianismo.
- Pero, ¿y las crueles persecuciones que tuvieron que afrontar?
- Se decidieron a asumirlas, y aún a utilizarlas. En una famosa novela que ha sido hecha película, se hace decir al emperador romano quien, pensativo, observaba el festín de las fieras en el coliseo, mientras los cristianos que aún esperan el martirio entonaban cantos de alabanza al Señor: "Creo en una religión cuyos testigos se dejan matar". Pero al mismo tiempo, los primeros líderes procuraron minimizar el ensañamiento, enseñando por ejemplo que Pilato no quiso condenar a Cristo. En realidad, para el cruel Pilato el condenar a Jesús fue un asunto tan sencillo como escarbarse los dientes. Eran tan despiadados que nadie se hubiera atrevido, por ejemplo, a acercarse a la cruz, excepto para recoger el cadáver. Por eso no vio usted a María ni a las mujeres cerca del moribundo Jesús. El encargársela él a Juan fue un añadido necesario en los evangelios para afirmar la preeminencia de María dentro del dogma de la Iglesia Cristiana que devino en Católica.
- ... Me hubiera gustado presenciar mucho más. ¿Fue cierto que José de Arimatea se hizo cargo del cadáver?
- Parece que sí. En realidad, Jesús había sufrido ya anteriores maltratos y torturas, por lo cual su desfallecimiento y muerte fueron rápidos. Aunque existen fuertes indicios de que en realidad no habría muerto sino que, sumido voluntariamente en catalepsia, fue luego curado en secreto por un médico esenio, y luego prosiguió propagando anónimamente su doctrina durante muchos años, en compañía de sus seguidores.
- ¡Es asombroso! ¿Cómo se puede presumir tal cosa? ¡Si el prodigio del cristianismo se sustenta precisamente en la resurrección y ascensión de Jesús hacia las altas glorias!
- Pues la no muerte de Jesús habría sido interpretada por los primeros cristianos justamente como una resurrección, y no negará usted que, aún prescindiendo de la celeste ascensión, fue un hecho maravilloso el que la doctrina no sólo perdurase sino que aún prosperase. En todo caso, le repito que los evangelios apócrifos, así como las versiones de antiguos historiadores, dejan entender que Jesús sólo habría muerto, también sacrificado, mucho después del mismo Pilato. Tal supervivencia habría sido asimismo un formidable sustento de la nueva y maravillosa fe. ¿Ha leído usted la Epístola Universal de Santiago?
- Si, aunque no recientemente.
- Pues es un pequeño y hermoso tratado de moral en el cual el apóstol no sólo evita cuidadosamente el nombre propio de Jesús sino que lo pone en presente al final cuando dice que "el Señor es compasivo y misericordioso", además, en las epístolas de San Pedro se respira la misma presencia viva y actuante de un Jesús muy cercano, muy presente.
- ... ¿Y los milagros? ¿Tenía los poderes extraordinarios y sobrenaturales que los evangelios le atribuyen?
- Sin duda se trató de un hombre santo y dotado de potencias poco comunes; además estudió y puso en práctica las doctrinas esotéricas de sus maestros. Pero de lo que sí no puede dudarse es que fue un ejemplo vivo de caridad y amor. Si sanaba milagrosamente, curaba a treinta con sus propias manos, sin importarle que fueran leprosos o hediondos ulcerosos. Y fue muy valiente al mismo tiempo, ya que se rebeló abiertamente contra las prácticas religiosas de su tiempo, rutinarias, interesadas e hipócritas.

Se produjo una pausa en la conversación, al cabo de la cual Belisario dijo:

- Es raro, Ingeniero, pero a partir de este momento, en lugar de debilitarse, siento que mi fe en Cristo se ha avivado. El era sólo un nombre para mi, una figura histórica; pero ahora lo siento como un ser vivo, intenso y presente. Al punto que no me costaría gran cosa ser, a partir de hoy, un cristiano ferviente, siempre y cuando significase ser el seguidor de este hombre.
- Esta reacción es común cuando se conoce la verdad acerca de Él, Belisario, y me alegro de compartirla con usted. Antes de conocerlo tal como fue en realidad yo ni aceptaba ni rechazaba; simplemente, era indiferente; pero luego de estudiar y conocer su realidad, no dejo de sentirme inspirado cuando pienso en lo que significó para la humanidad de su tiempo y de todos los tiempos. A propósito, ¿sabe usted cuál fue el objeto más preciado que él dejó a sus primeros discípulos?
- ¿Cuál, Ingeniero?
- Un objeto de madera de ébano que fue llamado cáliz por su forma aproximada. Se servía de él, en su primera juventud, como cuenco donde enjuagaba los paños con que limpiaba a sus enfermos. ¿Desea usted conocerlo?
- ¿Está usted bromeando, Ingeniero Hernández?
- No. No lo haría de una cosa tan... tan sagrada. Esta es una réplica que mis colaboradores han obtenido a partir de la que existe en el Museo del Vaticano - y Hernández, que había introducido la mano en el bolsillo interior del saco, extrajo un pequeño objeto alargado y reluciente, cóncavo en su parte más ancha, que alargó a su amigo mientras decía: - el original es diecinueve veces mayor, pero la forma, el color y la textura son idénticos.

Belisario cogió el objeto, entre incrédulo y perplejo. Lo sintió suave y tibio al tacto. Y enseguida se encontró leyendo nuevamente los pensamientos de su docto amigo:

"Pero, ¿qué es esto, por Dios, ingeniero?"
"Es una de las formas miniaturizadas, capaz de potenciar muchas veces las latencias intelectuales y anímicas que en todos existen".
"Y si Jesús las utilizaba, ¿quiere decir...?"
"Que conocía su secreto, entre otros muchos. Y que utilizaba sus poderes conscientemente. Como todos podríamos hacerlo, si nos abocáramos a ello." Y levantándose de su escritorio:

- Ha sido grato compartir con usted una experiencia más, joven amigo.
- ... Pero, Ingeniero. No me irá usted a dejar con la miel en la boca. ¿Cuándo puedo volver a viajar con usted en el tiempo?
- Cuando se haga rosacruz o místico... o quizá para las próximas Navidades. Ha sido muy grato verlo. Que le vaya bien.

Al salir, Belisario se sintió incómodo, perplejo y vacío. "No deja de ser cruel" - pensaba - "Si por lo menos no hubiera bromeado al despedirme... Pensaba llamar a Matilde, pero prefiero meterme al teatro y darme después un baño sauna".

Eran las siete de una noche cálida y ventosa.

Horas después, cuando llegó a su departamento, encontró debajo de su puerta un sobre alargado, de color azul. Al abrirlo, pudo leer un contrato de la Universidad de Calcuta, para realizar allá investigaciones antropológicas y cosmogónicas. Lo refrendaba el nombre completo de Arturo Hernández García, "Representante de la Universidad de Calcuta en el Perú y Latinoamérica", y debajo de la enérgica firma leyó, de puño y letra de su mentor: "Duerma, y mañana en el avión repase su inglés... Good luck!"

El joven respiró hondo y pensó: "He ahí. Tengo un gran amigo".

Luego se fue a dormir.

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