sábado, 25 de julio de 2009

Cuento: El pilar del templo (Manuel Antonio Cuba)

Con el sol naciente en el horizonte, el tenue manto que divide a la noche del día desaparecía mientras los rayos de luz emergentes de la moribunda estrella llegaban a la atmósfera del desértico planeta. Pero no solo arena y roca era lo que iluminaba, sino también la obra propia del ser que vive y piensa.

Al igual que en el resto del hemisferio, el velo de oscuridad que en el Templo existía cedía su paso a la luz del nuevo día, penetrando por los pequeños tragaluces del techo y formando haces entrecruzados de luz y sombra en el piso.

Sin embargo, ese era todo el cambio que ocurría. Ni el menor de los ruidos, ni la evidencia de algo vivo se manifestaban en el enorme edificio. Era el vivo reflejo de todo el planeta. El calor que el nuevo día traía ya comenzaba ha hacer efecto en la temperatura del Templo cuando un leve crujido estremeció el silencio reinante, dando paso al fuerte aullido del viento que penetraba por la puerta recién abierta.

Pero no fue solo el viento el que decidió entrar, también lo hicieron la arena y el polvo, decididos a no regresar jamás al desértico paraje que rodeaba al Templo. Llevados por un nuevo aire, realizaron un ballet en espiral en la entrada para luego reunirse con el suelo, a la vez que la fuerza del viento disminuía conforme la puerta se cerraba. Una vez ahí, uno podía darse cuenta que no eran los primeros ni serían los últimos.

Después de aquella interrupción, el silencio se sintió, otra vez, dueño de sus dominios. Y ni bien ya se había asentado cuando volvió a ceder su sitio al ruido, esta vez el ruido de pasos, pasos de dos pies, pasos de un ser inteligente.

¿Y como era el ser?

De frente y de perfil no se lograba ver nada que pudiera dar una descripción detallada de su rostro o su cuerpo. Todo él se hallaba cubierto de un envejecido y agujereado ropaje que al parecer reflejaba restos de brillantes colores, propios de tiempos mejores. Caminaba lento,murmurando, siempre mirando al piso, siempre con los brazos cruzados.

Se hallaba ya a diez metros del pilar central cuando se detuvo y levantó el rostro, aun cubierto por sus ropas.

-Dioses del cielo eterno, ustedes que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.

Dichas sus palabras se acercó más al pilar para luego arrodillarse sobre una marca en el suelo. Posó sus manos también sobre otras marcas, levantó ligeramente la cabeza e inició su rezo.

Desde fuera, el mundo que ante sus ojos aparecía era como muchos otros que había visto, un grano de arena en la inmensidad del espacio. Una vez dentro seguiría siendo igual a los demás, solo arena. Pero éste tenia que ser diferente, debía serlo, porque aquí era donde todo debió empezar, millones de años atrás. El lugar de donde vinieron los Omnipotentes, la cuna de tierra y fuego de donde nacieron.

El pecho le oprimía fuertemente pues la expectativa tras décadas de búsqueda era demasiado para él. Tenía que ser aquí y ahora donde debía enterarse de la verdad. La expectativa de lo que podía encontrar era lo que lo había mantenido con vida en los últimos años, de no encontrar nada, la vida perdería sentido, la vida en él moriría.

Aún cuando los datos extraídos por los sensores le mostraban un planeta muerto y sin una estructura en pie, él sabía que si algo podía sobrevivir tal destrucción debían ser los Omnipotentes, pues ellos eran el Todo que lo rodeaba, no existía ni existiría otra verdad para él.

Las horas de búsqueda se hacían eternas en su mente mientras la computadora descifraba la información de los sensores, siempre afectados por la extraña interferencia que encontraba en todos los sistemas en los que había estado.

Usando una serie de arreglos distribuidos a lo largo de su envejecida nave, había logrado aumentar la capacidad de detectar estructuras artificiales mediante años de experimentación en otros sistemas.

Habían pasado ya dos días desde su llegada al planeta y la desesperación ya había hecho presa de su cuerpo, por lo que decidió aplicarse una dosis de sedantes. Se inclinó sobre la compuerta que tenía a su derecha y tras abrirla
un viejo recordatorio le vino a su mente: solo le quedaba una dosis.

La angustia no le duró mucho pues sabía que de no encontrar nada, igual iba a morir, así que resignado cogió el inyector, y ya se lo iba a colocar cuando la computadora detectó algo.

Pero si ese fue el caso, jamás supo que detectó porque una fuerte sacudida estremeció la nave, y ni siquiera se había recuperado de ésta cuando todo se volvió oscuro y el ruido cesó.

El desierto era uno solo con el planeta, estrechándose en el horizonte como un mar sin fin, un mar marrón y sin vida. Pero un mar con corrientes, olas y mareas. Fuertes y huracanados vientos movían enormes masas de arena las cuales arrasaban con todo a su paso, pero como no había nada que arrasar mas que arena, su aparente ira no se descargaba en nada.

Tras cientos de años de fuertes cambios, el clima del planeta se había ido volviendo más hostil, con vientos cada vez más fuertes y temperaturas más extremas. Si algún edificio sobrevivió al desastre inicial, el clima se había
encargado de él hacía mucho tiempo. Ahora solo quedaba la arena y el Templo. Desafiante ante los caprichos de la naturaleza muerta que lo rodeaba, el Templo se levantaba majestuoso en el medio de la nada, siempre resistiendo los embates del viento y la arena.

Pero este día el viento y la arena parecían estar decididos a vengarse, como si pensaran que el Templo era el culpable de lo ocurrido, la razón por la cual el planeta lleno de vida que una vez ocuparon había desaparecido para dejar paso al reflejo mismo de la muerte. Una increíble cantidad de energía era la que se hallaba almacenada en el viento, pasiva pero esperando el momento para salir al encuentro del odiado objeto. Para el mediodía las condiciones eran perfectas, la luz del sol, las corrientes magnéticas, la atracción gravitacional, todas las variables del universo se hallaban dispuestas a colaborar con el gran evento.

Con la palabra destrucción escrita en ellos, los últimos elementos restantes, aire y tierra salieron en busca de su última misión y destino antes que todo acabara.

Como uno solo, viento y arena a velocidades supersónicas se acercaban al Templo con toda la fuerza destructiva que la naturaleza podía otorgarles, y un poco más. Nada los paraba, no había nadie que los detuviera, la roca misma del desierto daba paso o se unía ante tal fuerza, deseosa de participar. Pero lo que la naturaleza puede, sus creaciones con pensamiento lo pueden hacer mejor.

Haciendo uso de la energía misma que lo rodeaba, el sistema de contención del Templo activó un campo de protección ideado para casos como este, casos en los cuales la naturaleza decidiera que era ya hora de retomar el reino que alguna vez fue de ella.

Así, la tecnología de sus propios hijos se vio una vez mas enfrentada con la fuerza de su furia, pero contrario a la constante normal del universo, la tecnología ganó, haciendo uso de la propia energía que la naturaleza usaba como vida. Pero no interesaba, llegaría el momento para otro ataque, un ataque del orden estelar, y entonces nada la detendría.

Todo el espectáculo no había pasado desapercibido para el ser encapuchado.

Sabía de antemano de las fuerzas que se reunían en las afueras del Templo, y no hizo sino esperar a que éstas se disiparan para seguir su camino.

“Sí”, pensó, “Esta vez ganamos, pero la próxima perderemos. Es el orden de las cosas”.

Así, tras esa fría cavilación aun fresca en su mente, siguió caminando al lugar del siniestro. Para cuando llego no había mucho que ver. Las defensas, a pesar de tener miles de años de antigüedad, habían hecho un buen trabajo en deshabilitar la nave. Sin embargo, tras examinarla un rato no se sintió ya tan complacido. La nave misma era quizá tan vieja como las armas mismas que la derribaron. “Una pena, para ambos”, pensó. Y es que tenia la esperanza que la nave representara el regreso de sus Dioses, aquellos por los que tanto había rezado. Pero los Dioses no podían ser derribados por sus propias armas, eso nunca pasaría. Confirmados sus temores, decidió hacer un examen final, más por aburrimiento que por curiosidad. Sabía que no encontraría nada, los disparos habían colapsado la maquinaria propulsora y no se detectaba ningún tipo de fluctuación neural o cualquier tipo de control computacional que fuese capaz de mover tal armatoste. Pero aun así decidió efectuar el análisis.

Y vaya sorpresa. El analizador detectaba una forma de vida, y lo más extraño es que el aparato la reconocía. Pero más extraño aun era que tenía toda la información sobre el ser que se hallaba atrapado entre los restos: rango, edad, especialidades, área de servicio, condecoraciones, etc. Era increíble, pero su asombro se transformó en temor, miedo. ¿Cómo era posible que dudase de la capacidad de los Dioses? ¿Acaso las escrituras no mencionan que ellos con sus herramientas eran capaces de saberlo todo? Temeroso aún, consultó al aparato qué medidas tomar, pero éste se limitó a seguir mostrando la misma información, nada más, así que siguió ahí parado, pensando. El calor y la arena lo rodeaban pero no le importaba, sabía que poco efecto causarían en su cuerpo por más horas que ahí pasara, pero tenía que tomar una decisión, regresar al Templo para seguir rezando o averiguar de que se trataba este misterio. Seguir ahí o regresar a rezar... rezar.

¡Los Dioses! ¡Hay que invocarlos¡ ¡Pedir que regresen¡ Pero eso no se puede hacer en la mitad del desierto ¡Hay que hacerlo adentro! ¡En el Templo! ¡Frente al Pilar! ¿Que había que hacer ahí? Esos metales y fierros retorcidos no representaban el sentido de los deseos de los Dioses. De poca relevancia era para él y para ellos lo que a otros les ocurre. Lo principal era que regresen y vuelvan todo a como era antes. El encapuchado cruzó sus manos y se regresó, rezando. Atrás, tras su espalda, dejaba el ruido y la música del viento que bailaba entre la nave destrozada y que sería la nueva victima del desierto. Poco o nada ya se acordaba de ella cuando llegó frente al Pilar y empezó:

-Dioses del cielo eterno, ustedes que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.

La sangre le corría por la boca mientras trataba de ver algo, pero todo era oscuro. Aunque los sistemas de la nave y su armadura lo habían protegido del golpe, el daño en su cuerpo era demasiado como para poder salir. El dolor y el cosquilleo le recorrían la piel y los huesos, sintiendo primero el calor de que algo se estaba arreglando para luego tornarse frio. No estaba seguro de cuanto pasó ya que su sistema interno se hallaba apagado, pero debieron ser varias horas hasta que pudo sentirse con fuerzas para ver su situación.

Con el sistema encendido, realizo una serie de lecturas en todos los anchos de banda, buscando alguna forma fácil de salir sin tener que realizar mucho esfuerzo. Eran muchas las fracturas en la estructura de la nave, pero había una que con una pequeña explosión le permitiría salir al exterior.

Preparó el detonante, determinó el área y fuerza de explosión, los efectos en la estructura y tras encender su escudo, todo en fracciones de segundo, lo disparó.

Al principio todo pareció estar bien, pero alguna variable debió escapársele. Los gemidos de las paredes de la cabina hicieron notarle que algo había salido mal y que el detonante había hecho mucho mas que hacer un hueco en una pared de la nave.

Ese error le iba a costar caro, puesto que la estructura de la nave comenzaba a ceder ante una fuerza externa y pronto le caería encima, atrapándolo en vida dentro de los restos. Sabiendo que ya poca energía le quedaba, activó sus propulsores de emergencia, y como un resorte, salió disparado por la apertura, golpeándose las extremidades pero liberándose de su prisión, que ya había cedido y que caía sobre su propio peso.

Mientras la nave colapsaba, su cuerpo salía volando por el aire, subiendo varios metros hasta que la gravedad hizo lo suyo y cayó sin que nada pudiese hacer.

El golpe fue bastante fuerte. Aunque cayó sobre solo arena, la altura no le había ayudado mucho. El sistema, al ver la poca energía que había, se apagó y comenzó el proceso de carga haciendo uso de la energía del sol, un proceso lento y largo pero que lo mantendría con vida. Por otro lado, largos pero pequeños tentáculos se metían por la arena, buscando alguna reserva orgánica que pudiese alimentarlo. Él sabía de todo lo que pasaba, sin mucho que hacer más que esperar que el sistema de supervivencia de la armadura se recuperara por completo. Miles de millones de seres trabajan fuera y dentro de su cuerpo para poder curarlo, pero el trabajo era lento y pesado.

Los tentáculos habían encontrado un pozo subterráneo, pero el agua estaba muy contaminada por lo que se hacía necesario purificarla, un proceso que requería tiempo y mucha energía. Con toda esa información en su mente, sabía que pasaría sed y hambre hasta que la armadura estuviese en condiciones de alimentarlo.

Cerro los ojos y durmió, pensando en si no seria mejor acabar con todo y morir, solo, en el desierto. Grande el sol y el océano de arena ante él, pero más grande era su ser. Días, semanas tirado en la arena, viviendo y alimentándose de los elementos para sanar su dañado cuerpo. Pero ahora estaba como antes, fuerte y consciente de sus acciones, su sistema siempre en alerta ante el enemigo. Y ahora, la emoción se salía como un torrente por su pecho, ante él, el Templo de los Omnipotentes se erigía. Grandioso, desafiante ante un planeta sin vida.

Todo lo que él era, todo lo que había sido se hallaba ante sus ojos, esperándolo. Impaciente, corrió hacia la entrada y sin pensar abrió las puertas con ambas manos con la cabeza en alto mientras desactivaba el casco de su armadura.

Quería ver a sus Amos con sus propios ojos como miles de años antes lo había hecho. Pero no solo entró él, sino también el sol, el viento y la arena, no en las cantidades de siempre, sino con la fuerza propia del odio con el que rodeaba al Templo.

Los sistemas del Templo, al detectar la imprudencia del guerrero, cerró las puertas y limpió el suelo, hasta dejarlo como antes. Y ahí, ante sus ojos, estaba su Amo.

No tenía que ver las lecturas de su sistema para saber que lo era, simplemente lo sentía, esa sensación de seguridad que su especie tenía cuando tenía a uno de los Creadores cerca. ¿Se debía acercar? ¿Decir que estaba ahí? Pero se dio cuenta de lo sacrílego que serían esas acciones. Tanto tiempo buscando le había hecho olvidar el modo de comportarse ante sus Dioses, es más, quizá no debía estar adentro, sino afuera, haciendo guardia. Retrocedió sin hacer ruido pero la puerta poseía algún mecanismo oculto. La salida sería imposible.

Se volteó y miró al Omnipotente. Seguía arrodillado ante el pilar, murmurando. La emoción aun le corría el cuerpo, pero sabía que tenía que ordenar sus pensamientos.

Cerró los ojos y se serenó. Era obvio que el Amo sabía de su llegada, y por lo tanto lo había dejado entrar, pero, ¿Por qué? ¿Para protegerlo? Hasta ahora nunca había tenido que ejercer tal honor, es más, más de una vez había sido salvado por poderes propios de los Dioses. ¿Y qué tenía que ver el hecho que lo hubiesen derribado con todo esto? Su mente seguía confusa, y se dio cuenta que ante tales hechos le sería difícil hallar una respuesta en poco tiempo. Una cosa era clara, estaba adentro porque así había querido el Amo y si no lo dejaba salir era para que se quedara adentro.

Eso era lo más lógico.

Sintiendo que esa debía ser la razón, se paró al lado de la puerta, en guardia frente a una estatua parecida a él, pensando. ¿Algún ruido? Siguió con su rezo pero ya no tan concentrado, sino esperaba, buscando escuchar algún nuevo sonido que le indicase algo, pero nada sonaba, solo el silencio.

¿Había que preocuparse? ¿De qué? Solo el rezo importaba, y así siguió, concentrado, implorando a que regresaran. La puerta se abrió y el Amo entró, caminando lento pero con paso seguro e inclinándose nuevamente sobre las marcas del piso y murmurando de nuevo. Más de cuarenta días habían pasado, y todo los días era lo mismo. Entraba el Amo, el viento y la arena, el primero seguía su paso y se arrodillaba en lo suyo. El viento bailaba como jugando y la arena era sacada.

¿Qué hacia el Amo? ¿Pasaba algo que lo obligase a hacer lo mismo cada día? ¿Cuánto tiempo había estado haciéndolo? El Templo no le daba respuestas, el acceso estaba totalmente cerrado para él, solo recibía ordenes nocturnas sobre patrones de patrulla, cada día diferente. Era lo único que le hacia sentir que servía para algo. Siguió mirando al frente, en guardia.

Al salir de su cámara de regeneración se dio cuenta que algo estaba mal, la furia del viento había crecido, el cielo estaba de otro color y nubes de forma extraña lo recorrían. No dio ni tres pasos cuando sintió un fuerte temblor. ¿Sería que habían llegado? El rezar tanto tiempo le había hecho olvidar la ansiedad de que llegaran, ¿pero como saberlo? Nunca pudo hacer que todos los sistemas del Templo le hicieran caso, al parecer algún tipo de interfase le faltaba y era la llave a todo. Recordó la nave que había caído hacía tanto, quizá adentro hubiese algo que le ayudase, pero ¿cuanto tiempo había pasado?

Lo más probable era que el viento hubiese tomado su presa. Regresó a la cámara, decidido a hacer un último intento de desesperación. Sacó los aparatos que sí había logrado hacer que funcionen y salió corriendo hacia el Templo.

Algo debía estar mal, un fuerte temblor había recorrido todo el edificio, tumbando adornos y varias estatuas, rompiéndolos. Pero nada pasaba. Al parecer ese tipo de mantenimiento había dejado de funcionar hacia mucho. Pero ¿cómo era posible? Cientos de días habían pasado y la sospecha de que algo raro pasaba crecía en su mente.

Pensaba en ello cuando, de pronto, la puerta se abrió de par en par, el Amo, el viento y la arena entrando como uno solo pero con una extraña aura, diferente a como lo habían hecho durante meses desde su llegada. El viento no era el mismo, traía renovada fuerza en su interior y no se aplacó tan rápido, recorrió aquellas esquinas a las que nunca había llegado, hizo remolinos en el techo del Templo y extendió sus brazos hasta el fondo del gran salón, todo esto mientras saboreaba la presa que ya sentía a su alrededor.

Pero como si no fuese suficiente ofensa, acompañado de él venia la arena, el aspecto físico de la trasgresión que se posaba por todo aquel lugar que nunca había llegado y que pronto sería suyo. Miles de granos se posaron dentro de la gran estructura vaticinando su gran final. La entrada del Amo también fue extraña. Traía consigo una bolsa y algunos aparatos entre sus brazos, deteniéndose ante la terminal que el soldado usaba en sus rondas nocturnas (es más, la única que funcionaba sin dar problemas) Sin embargo, no pasaron sino unos segundos cuando el Amo soltó aquello que cargaba y giró hacia atrás empuñando una pequeña arma. Con voz nerviosa grito algo.

El soldado no sabía qué hacer. No entendía nada de esa extraña lengua y menos aun del comportamiento de su Dios. ¿Qué lo había asustado? ¿Había algo que asustase a uno de los Omnipotentes? Si era así poco o nada podría hacer él. Sus armas y experiencia en combate no podían compararse con el poder destructivo de sus Creadores.

Con todos esos pensamientos, sintió que era mejor morir luchando que ver a su Amo ser destruido por un poder más grande. Salió de su posición frente a la otra estatua y se dirigió ante su Señor, pero mientras caminaba hacia él éste retrocedió asustado, algo detrás del guerrero lo había asustado.

Sus sensores no detectaban nada pero aun así giró sobre si mismo, calculó la posición del extraño de acuerdo a la mirada de su Dios y disparó su arma. Una gran explosión retumbó dentro del edificio, arena y polvo caían del techo
mientras un gran hueco aparecía por una de las paredes dejando entrar sol, viento y arena.

Pasaron unos segundos y nada pasaba. Si algo había estado ahí ya no existía, de eso estaba casi seguro, cuando sintió que algo lo abrazaba por las piernas. Miro hacia abajo y el gran guerrero sintió un vació a su alrededor, el mundo dejó de existir mientras su mente giraba sin control y se sentía caer.

¿Qué era todo esto? ¿Una ilusión, un truco? Acaso seguía en el desierto, delirando. Pero no, era real. El ser que era su Dios estaba colgado de él mientras repetía sollozando:

-A mi llamado, por fin, oh gran Señor has venido.

El ser levantó su rostro ante el del guerrero y siguió hablándole mientras soltaba las piernas del soldado.

-No sé cuanto tiempo llevo acá mi gran Señor Todopoderoso, pero he hecho lo mejor para mantener el Templo y su Pilar, su gran Pilar para el día en que regresara y lo arreglara todo.

El ser se paró y fue hacia el Pilar, tocándolo con una mano mientras la otra llamaba al guerrero a acercarse.

-Vea que lo he mantenido para su Gracia Divina mi Señor, solo dígame que debo hacer y lo haré.

El guerrero podía pensar claro de nuevo. ¿Qué pasó con el Dios que había pensado que el ser era? No era sino una miserable criatura, una más entre los millones que había visto, una mas entre las miles que había matado. Era un engaño, una ofensa a la estructura que representaba el poder de sus Creadores.

¿Como era posible que algo tan repugnante hubiese entrado? Casi loco por la furia apuntó su arma y le pregunto quien era. El ser no entendió la pregunta la primera vez, ni la segunda, pero a la tercera comprendió que algo estaba mal, ese no era ningún Dios suyo, era un extraño, un saqueador que había entrado al Templo de alguna forma y que osaba amenazarlo.

Entendió que debía actuar rápido y así lo hizo. Tras décadas activó su red neural y encendió el sistema de defensa interior del templo.

El guerrero sabía lo que había pasado y le extrañó que una criatura tal pudiera manipular los sistemas del Templo más de lo que él podía.

Disparó pero la energía se disipó en un campo de rayos multicolores. El ser, con la quijada desencajada, rió por el intento y se inclino ante el Pilar, rezando:

-Dioses del cielo eterno, ustedes que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.

El soldado estaba loco de furia, tiro su arma y se acercó al campo, comprobando que podía pasarlo. Inadvertida, la criatura no sabía que él podía atravesarlo.

Silencioso, se fue acercando de a pocos mientras extendía la hoja cortante de su brazo, deteniéndose a unos pasos del hereje.

El ser siguió su rezo por un momento cuando se detuvo y giró la cabeza con temor creciente para darse cuenta, horrorizado, del cuadro que se le presentaba. Creador y creación se miraron a los ojos, uno con furia el otro con el mayor de los miedos, pero el encuentro no duró mucho, pues un giro del desesperado soldado acabó con la vida del ser, la criatura que lo había engañado.

Respiraba hondo sin entender todo lo que pasaba. El viento y la arena seguían entrando por el hueco en la pared que su arma había hecho, pero no le importaba, ya no sabia que hacer.

Con el pie pateo el cuerpo sin cabeza, girándolo. Retrajo la hoja sangrante mientras se inclinaba para ver si encontraba algo que lo ayudara. Abrió las ropas para ver el cuerpo, pero algo lo hizo retroceder, horrorizado.
La criatura, el ser, sí era un Omnipotente. La marca sobre su pecho descubierto lo mostraba así.
¿Acaso era otro engaño? ¿Y por que había sentido esa emoción cuando lo vio por primera vez? ¿Se había equivocado? ¿Qué era lo que pasaba? No podía respirar, todo se volvía oscuro y la pena y la depresión atacaban su alma.

¡No podía mas!

Desesperado, tomo su arma, la colocó en su sien y disparó.

El viento corría con fuerza mientras esperaba. Algo había pasado adentro, el Templo había cedido a una fuerza interna y se había rendido a la naturaleza.

¿Importaba?

Ya no, pues arriba, a lo lejos, la solución final se acercaba, imparable. Del planeta nada quedaría, solo la muerte y el frío del espacio.

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