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jueves, 30 de julio de 2009

Reseña: Los primeros hombres en la luna (H.G. Wells)

Tras el éxito de taquilla que ha sido “La guerra de los mundos”, basada en la novela homónima de Herbert George Wells, tuve a bien leer “Los primeros hombres en la luna”, y la verdad, no he quedado defraudado. Obra menor de Wells, si se quiere, casi un pulp, pero escrito con alma, corazón y vida.

La historia comienza con el deambular de Mr. Bradford, inglés pragmático hasta la médula, al punto de parecer norteamericano. Asentado en el pueblito de Lypne, conoce a Mr. Cavor, su opuesto: es el típico científico absorto en sus pensamientos, al punto que suele caminar emitiendo un sonido del cual no es consciente. Bradford hará amistad con Cavor, quien le confía sus ambiciones: pasar a la historia como el descubridor de la “cavorita”, increíble sustancia que permite anular los efectos de la fuerza de gravedad.

Bradford se empeña en apoyar a Cavor en sus experimentos, los cuales tienen éxito pronto: la cavorita manifiesta su poder evadiendo la gravedad de la Tierra, lo que lleva a la destrucción de una chimenea de piedra. Tras este accidente, Cavor desarrollará un método eficiente para controlar sus efectos. Dicho método tiene por principio el aislar la cavorita de influencias externas por medio de paneles hechos de una sustancia desarrollada para el efecto.

Dominados sus secretos, nuestros protagonistas deciden realizar una demostración práctica de la sustancia antigravitacional, para lo cual construirán una esfera hueca con suficiente espacio para transportarlos a ambos. ¿El final de su viaje? ¡La luna!

La esfera puede moverse gracias a la oportuna manipulación de los paneles que permiten dirigirla en una u otra dirección, maniobrando según la proximidad o cercanía de los cuerpos celestes. Cargados con provisiones, oxígeno y algunas revistas, nuestros exploradores parten hacia el satélite.

Nunca antes un viaje pudo ser más plácido y carente de novedades. En menos de lo que esperaban, la esfera se posa en la superficie de nuestro satélite, que observan desde la proverbial ventanilla de vidrio…

Pero aquí empieza lo bueno. Lejos de ceñirse a los datos científicos mas o menos confiables de su epoca, Wells decide llenar de vida a la luna, convirtiéndola en un maravilloso terreno de aventuras.

Así, nuestros protagonistas no tardarán en percatarse de la existencia de oxígeno en el satélite, por lo que deciden salir a explorar. Una repentina lluvia tiene el milagroso efecto de hacer crecer de manera casi inmediata una serie de plantas, que a su vez cobijan o proporcionan alimento a otros seres vivientes… Eufóricos ante tamaño descubrimiento, Bradford y Cavor se alejan de la esfera, tanto que se pierden.

Si bien el hambre y la sed no son problemas, si lo es la necesidad de protegerse de la intemperie (ambos terrestres llevan traje y calzan zapatos comunes y corrientes). Se adentran en una cueva que no es otra cosa sino la entrada a las profundidades de la luna, lugar donde mora una raza de insectos inteligentes, los verdaderos amos de nuestro satélite.

Estos insectos inteligentes se dividen en castas, correspondiendo a cada una de ellas un determinado tipo biológico. Los obreros carecen de mayor inteligencia y tienen miembros ágiles. Los guardias son grandes y fuertes, y los pensadores, grandes cerebros que almacenan todo el saber acumulado durante siglos, pues los lunáticos no cuentan con bibliotecas o registros de sus conocimientos. Tienen una civilización avanzada en el laberíntico interior de la luna, aunque muy estratificada.

Los primeros contactos con los lunáticos no son pacíficos. Bradford reaccionará con violencia, mientras que Cavor optará por intentar comunicarse con los selenitas. La esfera es hallada, pero solo Bradford regresará a la Tierra.

Sucede lo increíble: Bradford cae en el océano, cerca a su Inglaterra natal. Dejando la esfera en una playa, recobrará fuerzas en una posada, para descubrir luego que la esfera ha partido a los espacios siderales con un niño adentro. En un alarde de crueldad, Bradford abandona el lugar, eso si, sin olvidar las abundantes muestras de oro que ha traído de la luna.

No es el final de la historia. Un radioaficionado logra captar emisiones de origen desconocido, que Bradford sabe no pueden provenir sino de Cavor, quien ha logrado comunicarse con los selenitas. En sucesivas emisiones, informa de sus largas conversaciones con los seres lunares, especialmente con el Gran Lunar, gobernante supremo del satélite, cuyo cerebro es tan grande que debe ser sostenido por lunáticos de menor jerarquía.

Ingenuamente, Cavor describe al Gran Lunar las principales costumbres y usos de los terrestres, sin caer en cuenta en el interés demostrado hacia la guerra y la agresión. Peor aún, Cavor le dice al Gran Lunar que el es el único terrestre que conoce el secreto de la cavorita (conocido también por los lunáticos), y que nadie sabe nada sobre su viaje y su presencia en la luna. La suerte de Cavor está echada, puesto que asistimos luego a su última transmisión, interrumpida en los momentos en los cuales intentaba comunicar la fórmula de la cavorita.

Además de ser una excelente novela de aventuras, Los primeros hombres en la luna se permite darnos un poco de tiempo para reflexionar si, acaso como especie, resultamos más peligrosos que como individuos. Tanto el colectivismo totalitario como el individualismo exacerbado e inconsciente son criticados en las actitudes de varios personajes (Bradford y su actitud de “yo primero”, Cavor y su sed de conocimiento que no mide las consecuencias, los lunáticos y su sociedad invariable, donde todo el mundo existe para ser utilizado por alguien de mayor jerarquía). Una grata novela a redescubrir.

Autores peruanos: Ruido (Jorge Revilla)




Jorge Luis Revilla (Lima, 1976), ha estudiado Ingeniería Industrial en la Universidad de Lima. A su vocación científica, añade un gran interés por la informática, la mitología, el arte y la astronomía. Ha publicado, también con Manuel Antonio Cuba, el volumen de cuentos "Más allá de".
El presente cuento, "Ruido", ha sido publicado en "Desde afuera", y nos muestra cuán relativo es el concepto de "belleza".

Cualquiera que observara la escena se supondría loco. Un hombre de unos 30 años, con espesa barba negra y gruesos lentes, vestido con un jean gastado y una camisa a cuadros. A su lado, un humanoide metálico de un metro y medio de altura con dos cámaras de alta resolución en lugar ojos y sujetando un diccionario de sinónimos en una de sus manos de aluminio. Ambos personajes se encontraban sentados sobre la arena de una playa privada en América del Sur. Afortunadamente, nadie más se encontraba en aquel lugar para observarlos y eso era justamente parte del plan. Para Marko Parga, el barbudo y miope Jefe del Laboratorio de Inteligencia Artificial de Industrias Luna, su acompañante era un viejo conocido. Si bien sólo hacía dos semanas había visto por primera vez su cuerpo de aluminio, Parga tenía casi 35 años invertidos en la programación de la inteligencia artificial que estaba en su interior. El humanoide, conocido como Lenny, era el primer prototipo de lo que Industrias Luna esperaba que fuera el primer modelo de robot indudablemente inteligente. Parga, que había crecido entre libros de ciencia ficción y que además era un gran entusiasta de las películas clásicas del género, había pensado en ponerle S4T4 o algo semejante. Pero algún gracioso de marketing en la empresa pensó que un nombre más humano podría ayudar a que el robot fuera más aceptado. En fin, tal vez todavía podría pelear por “R. Lenny” al menos. Los humanoides de aluminio no eran algo tan insólito en esos días. Lo que era realmente novedoso en Lenny era precisamente el modo en el que había sido programada su inteligencia. El robot era sumamente hábil para establecer patrones entre diferentes datos y para relacionar ideas. Eso le permitía percibir el mundo de una manera similar a la de un ser humano, basado en experiencias pasadas. El único problema que Marko había encontrado era que el programa tendía a crear paradigmas y a veces asumía las cosas sin comprobar antes su validez. Para compensar este detalle, Marko había programado un muy alto nivel de curiosidad. El plan de Marko, y lo que más le había gustado a la alta dirección, era hacer que Lenny aprendiera cuanto más fuera posible durante unos años. Luego toda esa experiencia podía ser copiada en los modelos de producción que salieran a la venta. Marko imaginaba cientos de Lennys en los lugares más insólitos, continuando con su aprendizaje a medida que realizaban sus labores diarias. Después de un par de años y como parte del proceso de mantenimiento todas las experiencias nuevas serían recuperadas y aumentadas a la fuente original. De esta manera, los nuevos modelos de Lenny saldrían al mercado con mucho más conocimiento y experiencia. Y el ciclo se repetiría hasta... ¿quién podría decir hasta dónde llegarían? Marko se sentía emocionado y feliz de sólo tratar de imaginarlo. Luego de unos meses de probar la última versión del prototipo sin inconvenientes, había resultado obvio que las restricciones al aprendizaje inicial venían del hecho de estar encerrados en un laboratorio. Marko había conseguido autorización para mover el software de inteligencia a un nuevo prototipo de cuerpo de aluminio para robots que se había desarrollado en una de las empresas del grupo. De alguna manera, había logrado convencer a la alta dirección que la mejor forma de seguir con la investigación era llevarse el robot fuera del laboratorio para que aprendiera cosas nuevas. La alta dirección no aceptó de inmediato. Luego de varias negociaciones, se llegaron a algunos acuerdos. Primero: el robot sería llevado a una propiedad privada de la empresa en una zona segura y controlada. Segundo: la zona en cuestión sería una de las playas privadas que la empresa mantenía en la Tierra para sus altos ejecutivos, de manera que Lenny estuviera en un ambiente similar al habitado por los posibles clientes futuros. Tercero: Parga estaba obligado a presentar reportes diarios de los avances. Las cosas no podían estar saliendo mejor para Marko. Todos los días al despertarse se encontraba en una casa de lujo frente a la playa y tenía a su disposición la más potente inteligencia artificial inventada a la fecha. Además Lenny realmente mostraba grandes avances. Y por si eso fuera poco, no había ninguna otra persona a varios kilómetros a la redonda. Estupendo. -¿Qué opinas Lenny? –le dijo al robot. Habían estado observado la puesta del sol por tercera vez. -Fue más intensa que la de hace dos días, pero no tanto como la de hace un día. -¿Intensa? Ah, ya entiendo. –Lenny estaba equipado con un gran conjunto de sensores que le permitían detectar prácticamente todo el espectro electromagnético. Luz visible, infrarrojo, microondas, rayos X, rayos ultravioleta, ondas de radio... probablemente estaba juzgando la puesta de sol en base a los registros de estas mediciones. Marko sabía que resolver ese problema era la siguiente etapa de su proyecto. Si bien Lenny era capaz de entender qué era una puesta de sol y de reconocer una en cuanto ésta sucediera, todavía no sabía valorarla en términos de belleza. Si lograba hacer que Lenny entendiera eso habría dado un gran paso. -Mira Lenny –le dijo- Me gustaría que seas capaz de evaluar ciertas cosas en términos de belleza, de esa manera podrías mantener una conversación más interesante con alguna persona. Sin embargo, es una tarea difícil, ya que yo mismo no tengo claro cuáles son lo criterios que los humanos usamos para definir la belleza. ¿Qué me sugieres? Ya antes Marko había usado ésta táctica con éxito: preguntarle al robot la solución a algún problema de su propio aprendizaje. Lenny siempre respondía en los términos de sus limitaciones, así Marko evitaba el trabajar en la dirección equivocada. Lenny pensó por unos segundos y luego dijo: -Es fácil. Observaremos las cosas que quieres que evalué, primero los dos juntos. Luego de la observación, tú me puedes dar tu opinión cualitativa sobre la belleza del fenómeno observado. Después de un número suficientemente grande de observaciones habré formado suficientes patrones para juzgar la belleza de fenómenos futuros del mismo tipo. -¡Ajá! No era lo que tenía en mente, pero tendrá que ser de ese modo, me parece lógico. Después de todo, ¿quién sabe? Tal vez nosotros actuamos de una manera parecida. Dime, ¿cuántas observaciones juzgas suficientes para formar un buen patrón? -Depende de la complejidad del fenómeno. Pero con unas 200 observaciones tendría una cantidad suficiente de datos para una tasa de aciertos de más del 50%. -En ese caso, tenemos que probar con otra cosa y ya no con puestas de sol. ¿Obras de arte tal vez? No, aquí no hay muchas y un holograma no es lo mismo... Te diré algo, tengo en la casa unas 60 cintas de música clásica. Pediré que me manden algunas más y toda esta semana quiero que te dediques a escuchar las sinfonías, conciertos, cantatas y todo lo que puedas. Al final de la semana me cuentas cómo te fue. -Empiezo ahora mismo. -No, no. Pensándolo bien, que sea en las noches, mientras yo duermo. No importa si te toma dos semanas pero así podemos aprovechar los días para seguir trabajando en otras cosas. Y esa noche, mientras Marko se acostaba para dormir, Lenny se quedó en el estudio escuchando una cinta de Bach. A medida que pasaban los días, Marko había notado un fuerte interés del robot en la música. Sabía que todo era una respuesta programada por él mismo en las rutinas que controlaban la curiosidad, pero no podía dejar de sentir en Lenny algo que parecía un genuino interés. Decidió no discutir sobre el tema hasta el fin de las dos semanas, para mantener el experimento sin influencias externas hasta conocer el resultado. Sólo se dedicaba a continuar durante el día con ejercicios de modulación de voz y ciertas pruebas básicas para llenar los reportes a la alta dirección. A medida que se acercaba el último día, Marko empezó a sentir algo de tristeza por el pobre Lenny. Para el robot, las hermosas sinfonías no eran más que un conjunto de ondas sonoras registradas en sus sensores; y si bien era muy probable que llegara a determinar los componentes de la belleza en una composición musical, jamás podría realmente apreciarlas como lo hace un ser humano. Simplemente no era lo mismo. Marko se imaginaba a sí mismo observando las ondas de sonido de una sinfonía en un espectroscopio. Probablemente habría cierta belleza en las ondas y su movimiento. Después de un tiempo podría, como Lenny, identificar patrones en las ondas y decidir, sin oírla, cuándo una sinfonía era hermosa. Pero la experiencia sería tristemente incompleta. Lo mismo le pasaba a Lenny. Y fue en medio de estos pensamientos que el día llegó. Cuando Marko juzgó que era suficiente, Lenny había escuchado y analizado más de 150 horas de música. -Bueno Lenny –le dijo- ¿Cómo te fue? -Muy bien Marko. He logrado identificar con un 99.98% de precisión los factores adecuados para que una melodía sea considerada hermosa por un ser humano. -Vaya. Excelente. Entonces te preguntaré directamente, porque la curiosidad me mata. ¿Cuál de todas las que has escuchado te parece la más hermosa? -La que califica como la más hermosa es por una gran ventaja la que estamos escuchando en este momento. -¿Ahora? Un momento Lenny, no estamos escuchando nada. -Por supuesto, mis sensores la registran. La han estado registrando desde que llegamos. ¿Tus sensores no la registran Marko? -¿Mis sensores? Mis oídos... no Lenny, no registro nada... por favor explícame al detalle lo que me quieres decir. -Es extraño Marko. ¿Cuál es el rango de respuesta de tus sensores? -¿Eh? Te refieres a... bueno, creo que nunca te mencioné ese detalle. Un ser humano normal puede sentir ondas de sonido entre unos 20 y unos 20000 hertz... -Ya entiendo. En ese caso, no puedes registrarla Marko. Es una pena, la sinfonía más hermosa, según mis análisis, es una que se escucha permanentemente pero en una frecuencia bastante más baja. Me parece que es el sonido de tu mundo. Yo sí puedo sentirlo y estoy seguro de que, bajo tus estándares, te parecería hermoso. -Es... es una pena en realidad. A mi me encantaría... no sabía que me estaba perdiendo de algo... -He notado, Marko, que no es el caso solamente de las ondas de sonido. Al parecer tus sensores están bastante limitados y sólo puedes apreciar un segmento muy pequeño del espectro electromagnético. -¿Ah... si? -Sí. Por ejemplo, estas puestas de sol. Tú sólo las juzgas en base a las ondas que percibes y que son las que se encuentran en el rango de lo que conoces como los colores violeta y rojo. Pero eso es sólo una muy pequeña parte de la experiencia total. Tu concepto de una puesta de sol hermosa es bastante incompleto. -Lo es... -Y ni qué decir de la radiación que emite el universo mismo. Tal vez lo más hermoso que he registrado. -Lenny. Por favor terminemos aquí el experimento. Estoy algo cansado y quiero dormir. Hablamos mañana. -Por supuesto. Los dos se quedaron sentados, mirando la puesta de sol. © Jorge Revilla; 2004

Reseña: Vermillion sands (J.G. Ballard)

Durante tres lustros JG Ballard se dedicó a describir una ribera oceánica interminable, probablemente atemporal “que se extiende sin interrupción en todas direcciones, mezclándose con las playas vecinas, extensiones de las mentes crepusculares de sus habitantes”, cuyos personajes y peripecias transcurren en un universo paralelo aparentemente encallado en las doradas décadas de los 60’ y 70´. Las peripecias y conversaciones aluden a personajes que oscilan desde Marilyn Monroe hasta el Sha Reza Pahlevi de Irán pasando por Giacometti o Le Corbusier, no obstante los mismos se encuentran drenados en cierta forma de su vitalidad histórica, despojados de sus atributos y mutados en iconos. Vermilion Sands es como un brote casi congelado, hermoso y surreal, en un rango que no admite repeticiones, ya que Ballard es cuidadoso en el manejo de las situaciones, pero si variaciones casi infinitas, algunas de las cuales se nos presentan como los mitos que acontecen en ese litoral intemporal.

Hay semejanzas estructurales y tratamientos metodológicos, además de procesos conductuales en los personajes, que conectan los relatos unos a otros hasta tornar sus vínculos tan borrosos como esa misma playa donde se despliegan sus avatares, no obstante discernibles como las nervaduras de una hoja cuando el resto de su sustancia ha desaparecido triturado por los avatares. El punto en el cual se separan el tempo narrativo del tempo histórico se enlaza fuertemente con la decisión de Ballard de convertirse en un escritor de New Worlds, igualmente en estos relatos podemos rastrear quizás más fácilmente que en sus novelas su evolución hacia la exploración del universo interior que lo caracterizará posteriormente.

Es probable que el plan de trabajo estuviera claro en su mente desde antes de escribir la obra, no obstante la plasmación de la idea no se expreso de igual forma en la implementación editorial sujeta a diversos vaivenes. Para corroborarlo transcribiré los títulos originales, la revista donde se publicaron y la fecha de edición, las conclusiones que pueden extraerse son diversas pero no comprometen lo que he preferido exponer sobre las múltiples vinculaciones encontradas entre ecosistemas, locura y relaciones de pareja en el conjunto de los relatos.

Orden Cronológico de Publicación / Orden de Presentación de la recopilación
Prima Belladona: Science Fantasy 20 / 1956 Los escultores de nubes de Coral D
Mobile or Venus Smile: Science-Fantasy 26 / 1957 Prima Belladona
Studio5, the Stars: Science-Fantasy 45 / 1961 El Juego de los Biombos
The Thousand Dreams of Stellavista: Amazing / March62 Las Estatuas Cantantes
The Singing Statues: Fantastic / July62 Grito de esperanza, grito de furia
The Screen Game: Fantastic / Octuber63 Venus sonríe
Cry Hope, Cry Fury: The Magazine of Fantasy & Science Fiction / Octuber67 Dile adiós al viento
The Cloud-Sculptors of Coral B: The Magazine of Fantasy & Science Fiction / Dic67 Estudio 5, las Estrellas
Say Goodbye to the Wind: Fantastic / Agosto70 Los mil sueños de Stellavista

Uno quisiera decir: Los primeros proporcionan las bases sustentadoras de ese universo paralelo, bizarro y preñado de extraños procesos tecnológicos, los centrales se enfocan en la desintegración de la pareja, los último cierran magistralmente el periplo, pese a que utilicé tal tamiz con afán esclarecedor no fue posible reducirlos a ese esquema, lo que si observé es que el conjunto va enlazando ese meandro alternativo de la playa intemporal con reflexiones emanadas de “Rascacielos” o de “Mitos de un futuro cercano”. Sin ser bucles que se retroalimentan mantienen coherencia y conectes abundantes entre si, tanto como para proporcionar pistas de la evolución del pensamiento ballardiano como de sus mutaciones estilísticas.

Un mar fósil recorrido por yates de arena con ruedas, estatuas sónicas con hélices (tanto cultivadas como silvestres), rayas de arena voladoras y una parafernalia de animales mutados, ojos enjoyados (¿chips-bits o piedras preciosas incrustadas en las órbitas?), lagos de sílice fundidos (¿relacionados con bombas atómicas o de otro tipo que provocaron ese marasmo temporal y esa costa imperecedera?), flores cantantes, personas “mejoradas” por ingeniería genética, mansiones vivientes que se expanden de acuerdo a los diseños fabulados por sus propietarios, esculturas que abandonadas a si mismas pueden terminar por devorarlo todo, locales ruinosos y preñados de recuerdos melancólicos por doquier, emergen en un torrente efervescente de las páginas, asombrando o demoliendo rechazos previos.

La tendencia de los objetos a flotar o a tener vida propia lo acercan a los mundos ingrávidos de los surrealistas y de ciertos comics (Jodorowsky y Moebius), y podemos imaginar a los protagonistas gozando del paisaje columbrado desde sus terrazas, recostados en long chaises, rodeados de medusas que pulsan en una gama de tenues colores, mientras las propias copas de vino anuncian la cantidad de licor trasegado y algún comentario salaz sobre las neumáticas y globulosas esculturas que yacen alineadas bajo los parasoles en la arena.

La ingeniería genética juega un papel primordial en el peculiar bosquejo de semejante mundo, aunque también surge de inmediato la estampa del chip incorporado en el cristal para convertirlo en utensilio inteligente y sensores empotrados en los adornos o en las telas para captar los datos del ambiente y elaborar frases para el usuario.

La tecnología no explicada se encuentra tan presente como si le dedicarán dilatadas explicaciones o referencias permanentes y es allí donde surge la sensación de maravilla, en la intersección entre tecnología presentida, ambiente surreal, referencias sociales y relaciones de pareja complejas que pueden ser catalogadas como postmodernas, aunque el instante de su surgimiento como movimiento y corriente se encuentre en lontananza para el autor.

No todo es felicidad: el sistema económico tiene sus parias: artistas, escultores de nubes, marginales románticos y poetas, vinculados con sus prósperos mecenas o con negocios extraños siempre al borde lo insólito pero con la suficiente potencia para extraer peculio o recursos del entorno.

La especial belleza de algunas líneas demuestra el intento de experimentar con la forma y el ritmo, con los perfiles y los escorzos, para lograr poemas en prosa con arco argumental, y nutrir la pretensión de crear sitios: Lagoon West, Red Beach, Ciraquito, Stellavista, con la suficiente coherencia para que la panoplia de biotipos y biocenosis entregadas al lector sean un constituyente importante del ecosistema, más con la libertad requerida para que al interior de esos parámetros se oculte la sorpresa. Reglas laxas siempre actuantes, aunque sea en sordina, aportan tegumento sustentador y una cierta articulación con las peripecias (ambiente y cadencia, ensueño y premonición) le proporciona el andamiaje preciso de CF que solicitamos.

Pasemos a los relatos sin vulnerar el orden de publicación del tomo y sin acogernos a la tentación cronológica, que deviene circunstancial:

a.
En “Los escultores de nubes de Coral D” se parte de un “Love Story” y se llega a un “Bitter Moon” ambos signados por el “Amour Fou”. Quizás para escamotear el fracaso que no desea aceptar, cultivar el retrato (algo fijo ya terminado y no mejorable) que su amante le dedico, se convierte para Leonora Chanel (¿evocación de Coco Chanel?) bella, rica y demente en un sustituto de la vida, cada momento más extraño que el anterior demanda un esfuerzo creciente y los intervalos se encuentran asolados por un duermevela donde la conciencia naufraga, la ecuanimidad se disipa y la cordura se canibaliza. Nolan aún aceptándola como zombí mantiene una reserva de esperanza, sin embargo, ella se propone doblegarlo... y cree que las esculturas que brotarán de sus incursiones creativas en las nubes (efímeras, tan rápidamente cambiantes que las variaciones se siguen ipso facto y que hasta en sus momentos de decadencia y disolución a merced del viento pueden volver a resplandecer con hermosura) le proporcionarán la ocasión para hu
millarlo. En su soberbia no cuenta con que una Némesis particular surgida desde la naturaleza como desagravio por la ruptura de la armonía de la pareja, guiará a las nubes de tormenta para que la aniquilen a ella, demostrando que aquellos seres que se obsesionan por mantenerse idénticos a si mismos perecen ante la inevitable transformación del ecosistema.

Algo frecuente es que los personajes cuestionables tengan problemas con la ecología, mientras que los de estatura ética elevada sean armónicos con ella. El paisaje es de una variedad suculenta, en las cabezas de las torres de coral se amontonan los cúmulos bañados con la luminosidad del verano y simultáneamente los vientos barren las dunas donde resuenan las estatuas cantantes.

El grupo de pintores constituido por Nolan: un artista doliente cuyo sufrir lo estimula (Ballard como creador abstracto) y propietario del lugar donde surge la aventura, un enano jorobado (Petit Manuel no es acaso una perífrasis del propio Ballard como un niño caprichoso y deforme, refugiado de un campo de concentración en Shangai), un glamoroso y musculoso atleta con diversas habilidades pero con voluntad retorcida (otro reflejo físico de Ballard adulto interpretado por Charles van Eyck) son apoyados por un piloto retirado de espíritu libre y romántico cuya decisión de construir los planeadores precipita la historia y una secretaria bonita y eficiente, con un particular vibrar pragmático que salvará la vida sentimental del piloto (pareja asimétrica con la de Nolan-Chanel, donde se aglutina la felicidad drenada desde la otra, la homeostasis vibrando). Quizás esta sea la parte tópica, la de una “soft story” que por su continuidad enlaza las incidentes edulcorando a la tragedia griega de fondo.

b.
En “Prima Belladona” la vida transcurre tranquila, sin sobresaltos, plagada de “Tecnología Bizarra”, con un sistema macroeconómico que funciona sin sobresaltos y acorde con mixturas aún por descubrirse, el goce de habitar en una vacación perenne sin las molestias del stress, la competencia o la insatisfacción permiten esquivar el terrible panorama de los océanos secándose (acaso como una versión optimista de “La Sequía” o un instante temprano de la misma, Ballard constantemente se autorreferencia y se autorreconstruye), la ciencia parece haber logrado éxitos espectaculares pero no para evadir la crisis ambiental sino para alcanzar la vida muelle, quizás por eso a pesar de las dificultades el agua no falta, y el planeta se desliza por la cuesta sin fin de la irresponsabilidad opulentamente vivida, sin que aparentemente nadie tenga que preocuparse de cultivar o producir bienes o servicios (es inevitable recordar a los moradores de “Rascacielos” abandonados a si mismos, lo cual demuestra nuevamente el proceso de
autopoiesis a que Ballard se somete).

Los personajes encabezados por Parker, el dueño de una coroflorería o tienda de música “vegetal” que atiende a sus flores cantantes y las afina paseándose entre las macetas, enamorado de Jane Cyracylides, una hermosa cantante cuya genética profundamente alterada por la bioingeniería se expresa en una espléndida piel dorada, un cuerpo macizo y espectacular donde la imaginación puede resbalar y deleitarse sin prisas, una voz estupenda que le consiente vivir de ella y unos ojos de insecto multifacetados que le permiten seguramente observar el entorno total, y los dos rodeados de sus amigos: Tony Miles, vendedor de cerámica y Harry Devine, arquitecto, habituales de Vermillion Sands y cuyas circunstancias se enlazaran con otras de los relatos presentados en la recopilación.

El odio y la desilusión aportan su cuota, el primero irónicamente con la competencia entre las divas (Jane y las flores) y el segundo con la erosión de la relación amorosa, que aquí no alcanza a cuajar por una especie de castigo emanado desde la coroflorería. Una vez más se entremezclan ecología y relaciones de pareja, aunque aquí sin mediaciones que la alteren. El enfrentamiento es poderoso y de consecuencias dolorosas para los amantes. La intromisión de la humana con ADN alterado o con prótesis provenientes de la manipulación del proteoma empuja a un final quizás doloroso.

c.
El Juego de los Biombos: Transcurre en medio de las colosales ruinas óseas de Lagoon West, donde la arquitectura de la mansión, mezcla de Piranesi y Escher, enmarca la desventura de una mujer con los desplazamientos de insectos enjoyados y el complejo edípico de un aristócrata con las veleidades propias de un mecenazgo a la producción cinematográfica esperpéntica y costosa.

En flashback retornamos al drama gracias a los efluvios decadentes del sempiterno verano que se agregan a las agresiones del paisaje natural y artificial: mientras una continua amenaza parece emanar de las galerías de arrecifes colgantes, la descomposición de la tecnosfera es rauda, tan sólo de un año para otro se ha deteriorado la infraestructura y hasta las estatuas sónicas dejan de vibrar en consonancia con los visitantes para emitir trémolos sin sentido o permanecer mustias y silenciosas, generándose, no obstante, por tales motivos otros espacios de dispersión y propagación, tanto para las faenas de los protagonistas como para los habitats de distintas especies desérticas. Con las rayas voladoras de arena y los escorpiones enjoyados más activos que en pasados veranos, con el delirio rondando a los protagonistas y con una producción cinematográfica en marcha, un plato con profundo sabor a duna marina, celuloide terapeútico y tragedia griega está servido.

Paisaje y fatalidad de nuevo entrelazados como las fibras de una alfombra. Y para la evolución de la una se requiere la filmación de una película mediante una combinación de decorado laberíntico de biombos casi etéreos en medio de las jorobas desérticas y las agujas de arena y que intenta repetirlas, develándolas y ocultándolas simultáneamente (¿el arte copia a la naturaleza?), apoyándose en airados guiones futuristas que derivan hacia visiones terroríficas. Un panorama que incluye una caricatura de Orson Welles, un pintor (Golding) que calca algunos aspectos de Nolan y una mujer desdichada que no lograra remontar las cascadas de su infortunio. Ya tenemos servidos los nervios abiertos de las semejanzas y a pesar de los distintos compases con que la melodía particular del relato se instalará en nuestros oídos, tampoco renunciamos a reconocer arpegios comunes.

La figura de Emeralda, domadora de insectos y arácnidos mutados capaces de incorporar diamantes, zafiros o rubíes en su quitina y de obedecer órdenes de liquidar a alguien específico, obsesa y sensible, condensa en su perfil de actriz la posibilidad de reproducir el pasado para borrar culpas y reengancharse con el mundo que ha extraviado, de explicarse una pretérita relación disuelta en la violencia del asesinato y de tender puentes para la salvación de Charles van Stratten, el mecenas del mastodonte fílmico. Mientras juega el ritual de perderse y recobrarse entre los biombos de cartón con una alfombra de invertebrados embellecidos a sus pies, teje como Ariadna con su danza que replica la de la vida (y claro está, la de la muerte, acaso no son simétricas y mutuamente necesarias), el sendero aciago que cerrará el episodio, pautado por las notas de las estatuas sónicas resucitadas.

d.
Las Estatuas Cantantes: A medio camino entre mecanismo y organismo, anexando capacidad de reproducción por esqueje y unidad central de control de sonido, turgentes y tentadoras en ocasiones, punzantes y rechazadoras en otras, son entes que recuerdan a la serie de Vasari sobre Sodoma y Gomorra o a los torturados de Palencar en su serie de los Mitos Lovecraftianos chillando desde la cárcel de su cuerpo, donde músculos castigados e instrumento atormentador conforman un único artilugio. Extiendan su uso a la mayoría de las plazas y mansiones del planeta y tendrán una pesadilla estruendosa en marcha y rumien las consecuencias prácticas para una formación socioeconómica concreta que posee una miríada de ingenios semejantes, con una legión de diseñadores, constructores, reparadores y vendedores alborotando entre sus diapasones.

Ballard, profundamente visual (de allí la tentación de graficar su pensamiento) sugiere con una potencia extraordinaria y crea ecosistemas poblados de criaturas fantásticas con habilidad portentosa; si le añadimos interlocutores vitales que se vinculan múltiplemente y que erigen ágilmente (aún recostados en sus hamacas) andamiajes multidimensionales, su lectura se torna un lance lúcido, una aventura perspicaz donde se hace presente la macroeconomía mediante un dato que desnuda la relación entre el artista y su agente: se lleva el 90% de comisión sobre el valor de la obra.

Lunora, la mecenas melancólica y desfigurada y Milton el escultor de efigies sónicas quedaran enmarcados por el encanto repelente que se desprende de tales artefactos vivientes, preparados para captar un suspiro y tornarlo una melodía abstracta en consonancia con la persona que lo emita. La oportunidad para Milton, tararear un estribillo, surgida del azar como dependencia sensitiva de las condiciones iniciales será el acontecimiento desencadenador, aún con su ligero gustillo a estafa, que llevará a ligarlo con Lunora. Lo que deviene luego: las visitas furtivas para mantener el engaño, la observación de la durmiente mientras el enamoramiento se abate sobre el voyeur, el síndrome de Narciso y el rechazo del amante por la orate, culmina con la precisión quirúrgica de un cronómetro en un párrafo que si tuviera un adjetivo más sería cursi, pero que posee el gemido del desencanto y la fragilidad dolorosa del enamorado impugnado.

e.
Grito de esperanza, grito de furia: Navíos espectrales que trazan periplos sobre dorados océanos arenosos, terceros que narran una desgraciada historia de amor, pseudohéroes que surcan rutas para cazar rayas voladoras entre arrecifes impulsados por corrientes termales (con escasa diferencia podría ser una viñeta de Milo Manara si coexistiesen en lo gozoso) y altozanos ondulantes bajo el espejo del sol nos dibujan la atmósfera donde se mezclan una vez más ecosistema fantástico, relaciones de pareja en degradación y obsesiones que rozan lo patológico.

El azar flamante y ramificado: a una llanta desinflada se aúna el casual golpe de aleta de una raya moribunda (amaestrada para atraer a ciertos elegidos), mezclará los hilos vitales de los actores, por que siempre toda narración de Ballard posee una veta teatral briosa y exaltada, Hope que se inviste con las características de Circe, Robert que reúne los impulsos de un Argonauta fortuito con los de un aciago Oberón accidental, Foyle que queda señalado como un Hamlet raquítico, Barbara como una esfinge fea y aburrida y Charles como una amasijo de Ulises y Holandés Errante logrando una especie de pantomima escabrosa con regusto macabro.

Capítulo aparte merecen los pigmentos fotosensibles que por su funcionamiento consiguen efectos similares a los alcanzados por Marcel Duchamp en “Desnudo bajando una escalera” y que barajan incansable los multiyoes de la persona que posa en los breves momentos de exposición hasta alcanzar una especie de síntesis mística, en la que apenas interviene el pintor o el modelo, y que va emergiendo desde los colores elegidos bosquejando un rostro asombroso por el parecido pero virado hasta el paroxismo por las pasiones apenas entrevistas y que van delatando la auténtica imbricación y superposición de las personalidades que acechan en cada una de nuestras máscaras. Táctica mecánica-psicológica que acude en ayuda del argumento con elegancia y madurez, ya que su manipulación permitirá desatar los odios e iras acumulados en el elenco genuino.

f.
Venus sonríe: Cuando una Municipalidad encarga una escultura sónica, no puede adivinar la calamidad que liberará al ignorar lo que puede un fractal. Lorraine, una escultora será su ejecutora. El sarcasmo campea por doquier y las sonrisas se desdoblan y multiplican desde cualquier ángulo o pliegue de sus párrafos. Las descripciones destilan gracia y humor, las peripecias se combinan como los gags de un guión cómico y aunque el desastre en ciernes sea demoledor el tratamiento no deja de ser irónico. La relación de pareja aquí será secundaria, entre el miembro de la Junta de Arte de la Municipalidad y su secretaria, el ecosistema será en lo fundamental urbana y la locura será algo similar a la represalia excesiva, pero se dejan percibir.

Crecimiento significa expansión y cuando sintetiza los originales y sorpresivos resultados de su evolución con los despliegues sucesivos de las cualidades que yacían escondidas en su programación y perfeccionamiento podemos presentir el núcleo de la catástrofe que se avecina y se va a esparcir consistente y devastadora como un fractal, conservando la homotecia en cada dimensión o escala aunque la forma sea distinta y la percibamos intuitivamente como algo con semejanza y discontinuidad sincrónicamente. O lo que es igual, una estatua sónica programada para vengar la humillación sufrida por su creadora posee la competencia para estrangular el mundo. El castigo será desproporcionado al motivo, pero quien será capaz de explicarlo a una geometría obsesionada con la retaliación.

La performance de un fractal se repetirá redimiéndose a si mismo en la forma inicial cada vez que cambie de escala, así que los fragmentos por más diminutos que sean retornarán a su quehacer apenas queden separados del cuerpo o masa principal, sólo hay que darles el tiempo necesario para un nuevo emprendimiento y ya lo tendremos prosperando desaforadamente otra vez. Las hélices sonoras brotarán dondequiera, los retoños reproductores de música clásica se entremezclaran con los pimpollos emisores de rock, los cogollos de canciones folklóricas con las yemas de ritmos afrocaribes y en la medida que irradie hacia otras regiones se apoderará de cualquier sonido que capte. En realidad: una de las más insólitas invasiones, una de las más peligrosas hecatombes explicadas en un texto de CF. Una salva de cañonazos para Ballard.

g.
Dile adiós al viento: Una escena inicial cargada con el hálito de la podredumbre de la pobreza, con la decrepitud de los vagabundos y el sonambulismo de quienes recorren los pasillos de la locura se liga a la exposición de motivos de los negocios que germinan de ese verano eterno y de un esclarecimiento sobre las biotelas (las noticias sobre telas que nos tornan invisibles, que pueden imitar cualquier textura, que mimetizan eficientemente los soldados, que emiten sonidos, que se escanean sobre los contornos del usuario, que incorporan medicamentos para terapias diversas, etc. están apareciendo con frecuencia y tornando actual esta premonición de Ballard) temperamentales y rutilantes.

Las telas vivas que evaden lo inerte se combina con la psicobiología de sus compradores y con la manipulación genética para lograrlas. La sensibilidad en captar las emociones del usuario y en amoldarse a la silueta del usufructuario le conceden una innegable destreza que se confunde con la semiconciencia, con el duermevela de un insomne. Y entonces se precipita con patetismo el desgranar de los acontecimientos y la desdicha, el retrato del suceso por un observador azaroso que muta en amante ocasional (Samson), la rica obsesa (Raine Channing) que desea mantenerse adolescente, las permanente cirugías, el inexorable devanar del tiempo, las pérdidas que se acumulan y que requieren ser abordadas; pero también en sordina, Gavin: el diseñador desaparecido.

Una vez más encontramos esa mixtura sui generis de tecnología rara, de obsesión patológica rayana en la locura y relaciones de pareja quebradas y no cicatrizadas y un entorno que incorpora elementos novedosos y se adapta a los procesos complejos soltados desde la moda y los avances tecnológicos realizados aún sin conocer cuales serán las consecuencias no esperadas de los mismos. Las biotelas devienen como un reflejo del alma humana, como un paquete de recuerdos desdichados, como emotividad expresada en prendas de vestir, no sólo como la piel de la piel, sino como el residuo del alma, como el espectro oculto de lo que realmente somos cuando rompemos con la esencia humana y deseamos la destrucción y la muerte del otro, de la pareja odiada pero que no nos resignamos a abandonar. En ese sentido el relato adquiere una fuerza tremenda, cuando prefiguramos lo que las biotelas pueden guardar y hacer (asesinar por ejemplo, si han conservado en sus fibras el resentimiento para lanzar un ataque), pero no obstante ser incapaces de servir como testigos en un juicio o en apoyos psicológicos para una terapia reconstructiva.

h.
Estudio 5, las Estrellas: Poemas flotando como mariposas, enredándose en las barandas, lloviendo sobre las terrazas, abrazándose a las hojas de las plantas, colgando como inflorescencias de las ventanas, enroscándose en las cornisas, envolviendo el paisaje en palabras, creando el mundo desde la metáfora. Muchas de las imágenes de Ballard traen encastrada la belleza y la potencia sin menoscabo de la claridad. Una vez más la mujer (de rostro blanco hasta ser hielo o parecer enharinado como mimo) aparentemente inaccesible, el probable amante u observador omnisciente (editor de una revista de poemas) que prepara en una dirección el relato mientras una corriente oculta lo empuja hacia otro costado y en un momento determinado ambos itinerarios se conjugan y se explican al unísono; los amigos (que reiteran la fauna humana permanente de Vermilion Sands) y el chofer (que vira a doctor o secretaria/o dependiendo de los relatos), semifauno y cómplice de la bella, aunque frecuentemente su victimario o guardián de sus secretos.

IBM se encarga de hacer el mantenimiento de las VT (máquinas de producir poemas) y sin embargo los poetas a pesar de la ayuda o quizás precisamente por eso se dedican a dormitar en las reposeras de sus terrazas, trasegando licores y debatiendo hasta el cansancio caprichosos temarios colindantes con el absurdo y el chisme. Descubrimos las nervaduras comunes, adosamos compartimientos y bosquejamos similitudes, es Ballard otra vez con el espíritu crítico y golpeando -con el tercer pie que Prevert prefería apuntar a las posaderas de los idiotas-, a los intelectuales de opereta. La tarea que se ha impuesto Aurora Day (el nombre es de una lucidez anonadante) es la de reinventar la poesía en ese mundo degradado por máquinas que reemplazan la creatividad humana. Ransom (otro nombre transparente, que colinda con el anterior) será el evaluador aleatorio de ese intento.

El misterio que se cierne desde Aurora se expresa en los sueños enojosas, fronterizos con la pesadilla que acosan a Ransom y en los desperfectos que estropean su salud, una brujería hermanada con lo sardónico se propaga desde Estudio 5, la casa de la bruja, un encantamiento letal para la personalidad del editor lo acompaña y excava el sendero de su derrota; un universo fantástico que bulle y se derrama desde el misterio de Aurora y su entorno, la obediencia que las rayas voladoras le muestran, la destreza en operar sobre el entorno, la maestría en reorganizar la materia le otorgan tanto el papel de diosa como de musa de la poesía encarnada. Paradójicamente si bien este es el relato más fantástico del volumen, es también junto a “Venus sonríe” el mas humorístico, y si aquel era el que detallaba la mayor amenaza jamás exhibida en el texto (los demás atañen sólo a los protagonistas) este es el que con mayor enjundia crítica a los supuestos creadores e intelectuales). La cacería de rayas obrara como un exorcismo para provocar el ilusorio sacrificio de Tristam (otro nombre mágico) que supuestamente salvará definitivamente a la poesía (siguiendo al pie de la letra la leyenda de Melandra y Coridón), lo cual es simétrico con la contaminación sónica proveniente de la estatua cantante desintegrada, pero mientras allá se cuece el infortunio acá se manifiesta la farsa, otro cuento donde Ballard saca la garra del humor.

i.
Los mil sueños de Stellavista: Algo que no se puntualiza ha sucedido (el Receso) y las circunstancias han cambiado, el tiempo denso y repetido se ha diluido y de nuevo funciona hacia adelante, Vermilion Sands queda atrás, es un recuerdo y nuevas tecnologías que trastornan el entorno proliferan. La arquitectura contigua en su concepción y plasmación a Buckmister Fuller o a Lloyd Wright se ajusta a los modelos psicotrópicos que permiten la incorporación de elementos a partir de los deseos de los habitantes o ... de sus traumas, gracias a la multitud de sensores de emociones que proliferan en sus paredes. Bertold Brecht señaló que “Igual mata una habitación que un hacha”, en las casas de Stallavista tal afirmación puede convertirse en literal, pero no por un entorno de pauperización degradante sino por que acumulan el odio y los impulsos tanáticos de sus moradores.

Las fallidas relaciones de pareja que estimuladas por el ecosistema artificial de la residencia terminarán por reproducir la de esposa asesina (actriz) y el esposo asesinado (arquitecto diseñador de la casa), la crisis rampando sobre las ocurrencias cotidianas (encajarían en “Crash” sin esfuerzo), retroalimentando el deseo extraviado y nunca satisfecho del abogado que desplaza al vínculo concreto fundado en la sexualidad y el compartir emociones. El recuerdo del juicio donde Howard participó como ayudante del abogado defensor revive la pasión sofocada por el tiempo y la presencia de la personalidad de la asesina en la casa precipitan la decisión y a partir de allí la caída en barrena y el reemplazo de las personalidades, escoltado por agresiones mortales de las instalaciones y de las habitaciones. El entorno artificial para la pareja se ha convertido en un horror viviente, les espera la separación y el divorcio, pero al enamorado le queda una ilusión, capeado el temporal y expulsada la personalidad del arquitecto: para volver a sentir la de la actriz “sólo tiene que encender la casa”.

Hay en sus párrafos un sabor a despedida, a cambio de ciclo logrado con tal desparpajo que cuando lanzamos nuestra mirada hacia las anteriores narraciones constatamos que los indicios ya se podían barruntar en algunos, pero los dejamos pasar (una preocupación por la macroeconomía, la reorganización de los espacios formales, la pugna entre tecnología y creatividad humana, etc.); podría relacionarse fácilmente por su tema con “Casa inteligente” de Kate Wilheim o con Moya, la nave viviente de “Farscape”, pero el enfoque de Ballard sofoca cualquier liviandad en ese sentido, su propuesta literaria en el relato de cierre es armónica con el conjunto, culmina como brillante y amargo colofón de una obra donde se expresa que el entorno sea natural o artificial y habitualmente surreal plagado de biotecnologías o animales y plantas mutados, puede atentar contra las relaciones de pareja, floreciendo la locura y la obsesión como acólitos endémicos y camaradas de viaje y dejando abierto un resquicio para reinterpretar a esa luz sus siguientes novelas.

Luis Bolaños (c) junio de 2003.

(publicado originalmente en Velero 25)