miércoles, 5 de agosto de 2009

Reseña: El palacio del Almirante (Luis Enrique Tord)

El palacio del Almirante

Luis Enrique Tord

Editorial San Marcos

Colección Súmmun, 2007

Lima



¿Qué se puede decir cuando un libro nos conmueve, nos desafía, nos aporta algo totalmente nuevo, y tiene un margen de similitud con la ciencia ficción, pero no lo suficiente como para decir que “es de ciencia ficción”?


Me imagino que lo mismo puede pensarse de “Fases de gravedad” de Dan Simmons, que toca una temática acaso muy cara a la ciencia ficción más clásica: los viajes interplanetarios. Sólo que en el ejemplo, se trata mas bien de los efectos de estos viajes (por cierto, ocurridos en el mundo real) en las personas y las sociedades expuestas a tal evento.


Para el caso de “El palacio del Almirante”, Tord nos ofrece un aspecto del Cusco del siglo XV capaz de ocasionar una verdadera conmoción en el área de la historia de las ideas. A los peruanos, deficientemente formados en la historia de nuestro país, libros como el de Tord nos muestran un Perú más complejo que el esquematizado “español explotador – indio maltratado” de nuestra educación secundaria. Como para quemar algunos textos escolares, tan mediocres y simplistas.


Precisamente, son las nuevas ideas, originadas a raíz del descubrimiento de América y el contacto con las culturas que lo habitaban, las que fluyen y convergen en torno a la casa del Almirante del título. Estas ideas van desde una nueva perspectiva cosmológica (la Tierra deja de ser plana para ser redonda, el sol pasa a ocupar el centro del sistema) hasta proyectos de reforma política y religiosa. Si la Tierra ha dejado de ser el centro del universo, algo dado por sentado durante siglos… ¿porqué no cuestionar las otras “verdades”, relativas al culto y a la manera en que deben gobernarse los hombres? Sin embargo, ese cuestionamiento, ese poner todo en duda, que para nosotros sería parte del bagaje intelectual de un intelectual moderno, era peligroso para quienes preferían mantener el orden establecido. Así como la Tierra dejó de ocupar el lugar de siempre, igual podrían dejar de ocupar “su lugar” el Rey, el Papa, la Iglesia, la enseñanza misma… Las utopías que se proyectan en ese tiempo son más que meros trasuntos de algún mítico y candoroso País de Jauja: son explosivos generadores de inestabilidad.


El protagonista de la novela, el Almirante español Francisco Alderete de Maldonado, es un hombre del Renacimiento que busca la concreción de esas nuevas ideas, de esa utopía, en el Cusco del siglo XV. Adquiere sus nuevos conocimientos, mezcla de magia y ciencia, de la hermandad secreta a la que pertenece, la Fraternidad Rosacruz, vinculándose así a los utopistas ingleses como Francis Bacon, Campanella, Paracelso y otros que intentan crear en la Tierra un nuevo orden, reflejo de aquel mundo superior supuestamente revelado en sus tradiciones esotéricas. Pero no se crea que el protagonista busca la simple reproducción de ideas europeas en tierras americanas. Al contrario, encontramos que la compleja sociedad incaica, recién conocida por los europeos, y llena aún de enigmas y vacíos, despierta en estos iluminados una gran efervescencia intelectual, apenas contenida por la Inquisición y los espías del Rey. Lenguajes secretos, doctrinas iniciáticas, claves para descifrar quipus que guardan sorprendentes similitudes con los métodos empleados en la cábala hebrea, búsquedas de reinos fabulosos como el Paititi o El Dorado, el simbolismo del sol como eje de la cosmovisión andina… convergen y se fusionan con los planes del Capítulo Rosacruz de la ciudad del Cuzco, ciudad en la que hasta el planeamiento urbanístico se sustenta en unas bases consideradas heréticas por la Iglesia Católica.


Precisamente, es la Iglesia Católica, celosa de su poder sobre las mentes y los bienes de la colonia, la que pone el ojo en el Almirante, en su casa construida siguiendo una singular arquitectura, en sus visitas que incluyen por igual a judíos conversos, alquimistas alemanes e indios nobles y sospechosos de practicar en secreto su antigua religión. En la fría relación que guarda con su esposa y sus hijastros. En sus experimentos alquímicos – la alquimia era una práctica “políticamente correcta” en aquella época – y en sus expediciones aparentemente inútiles en la selva. La alarma ha sido dada: los representantes de los poderes de ese mundo, tanto terrenales como espirituales, se alistan a la sempiterna lucha entre lo nuevo y lo antiguo, entre el individuo y lo colectivo, entre la libertad y la sumisión.


¿Qué fue de ese Cuzco, de este Perú del siglo XV con un desarrollo económico e intelectual equiparable al de las naciones europeas más desarrolladas de su tiempo? ¿De ese bullir de nuevos descubrimientos, de esa República invisible de protocientíficos en búsqueda de la utopía?


Como pone la contraportada, hay un Perú oculto que apenas estamos empezando a conocer.

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