martes, 4 de agosto de 2009

Cuento: El rey (Nilo Espinoza Haro)





NILO ESPINOZA HARO: Escritor peruano, nacido en Huaraz en 1950. Ha publicado tres libros de cuentos de temática fantástica. País de papel (México, 1983), Azaroso inventario de las visiones, testimonios y recordatorios de Chinchinchinchín en la Ciudad de los Reyes (Lima, 1987) y Sonata de los espectros (Lima, 1991). Se ha desempeñado como periodista en los diarios La Prensa, La República, La Opinión y Liberación, así como en la revista Sí . Ha sido profesor universitario y articulista del diario El Comercio . Varios cuentos suyos aparecen en diversas antologías (la de Petroperú, a cargo de Ricardo González Vigil, la de Peru- Report, editada por Jonathan Cavanagh y la reciente Toda la sangre, a cargo de Gustavo Faverón Patriau). Actualmente se dedica íntegramente a la escritura. A fines de octubre Santillana publicará su primera novela, también de temática fantástica: Bruniquilda.
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Sentado en un rincón lóbrego trató de responderse qué cosa exactamente lo había traído a aquellas ruinas. Por qué había venido a un lugar donde los hombres, las mujeres y los niños se disputaban a dentelladas la basura y los gatos muertos.
La oscuridad lo estaba aplastando. Entonces extendió uno de sus brazos y sintió que una rata lo mordió. Se levantó inmediatamente con el dolor recorriéndole el cuerpo. Respiró y nuevamente extendió el mismo brazo. Buscaba papeles, cartones, maderas y trapos. Los encontró y los reunió en un montón.
De su alforja sacó un par de piedras, parecidas a las que hace más de veinte años lo habían deslumbrado cuando descubrió el fuego. Las frotó y saltó una chispa que encendió el montón que había preparado.
El rincón se iluminó y allí mismo vino a su memoria un río inmenso que reflejaba el rostro de un hombre. Cerró los ojos y el rostro apareció nuevamente. Esta vez con un enorme puñal. Abrió los ojos y todo se disolvió: el río, el rostro y el puñal.

Con la luz encendida pudo ver los restos de edificios, de calles rotas y miles de vehículos destartalados e inmóviles. Pasó una mujer que le dijo algo. No la entendió. En realidad, aquel hombre jamás había hablado con nadie. Salvo con los animales, con los monos de la floresta de la que había venido impulsado por una fuerza misteriosa.

De pronto el fuego congregó a un grupo numeroso de gente desaparrada. Gente asombrada y atónita.

El fuego empezó a agonizar y aquel hombre lo revivió echando más papeles, más cartones y maderas. La gente, al ver lo que hacía, empezó a imitarlo. Trajo puertas, ventanas, maderas de todos los tamaños y el fuego se elevó hasta el cielo.

Entonces, aquel hombre empezó a mandar con gestos, como cuando lo hacía con los perros de la floresta. Cuando la gente le obedeció, cuando la gente lo hizo su conductor, recordó claramente que su padre, cuyo rostro apareció en el río de su memoria, lo había dejado en plena selva amazónica muy niño, con sólo un puñal en la mano. También recordó las palabras de su padre: “Pedro, hijo mío, vive tu vida, hazte hombre, conquista el mundo”.

Con el placer dibujado en su rostro, por fin aquel hombre supo a qué había venido a la ciudad gris, a la ciudad a la que alguna vez llamaron Lima. Donde ahora es el rey.

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