martes, 4 de agosto de 2009

Reseña: Aterrizaje de emergencia (Algis Budrys)




Aterrizaje de emergencia (Hard Landing, 1992) Algis Budrys. Buenos Aires, Cuásar, 2006. 184 p.

En un ambiente editorial mayoritariamente español (peninsular), no podemos menos que saludar la iniciativa de Luis Pestarini de arriesgarse en la aventura editorial que supone “Cuasar Ediciones” que hasta el momento, además de “Aterrizaje de emergencia”, ha publicado también “Océanico” de Greg Egan.


“Aterrizaje de emergencia” nos ofrece una visión intimista de las vicisitudes de un grupo de extraterrestres que, literalmente, caen a la Tierra. Se trata de los sobrevivientes de lo que parece ser un vuelo de rutina (¿comercial?) sobre nuestro mundo, cuya nave ha sufrido un desperfecto que los fuerza a descender en un lugar indeterminado de los Estados Unidos durante los años cuarenta del siglo XX. Los cuatro que logran sobrevivir, luego de ocultar la nave, deben resignarse a seguir el protocolo previsto para tal contingencia: confundirse con los terrestres (lo cual no les es difícil debido a la gran similitud física que tienen con nosotros), evitar reunirse (cuando están juntos se aprecian más las diferencias con los terrestres) y, lo peor de todo, renunciar a cualquier posibilidad de rescate. Las reglas en este sentido son inflexibles, basadas en consideraciones tan “terrestres” como la escasez de recursos económicos, el margen de ganancia en las operaciones de rescate, etc.


Otro cantar son las situaciones personales de los extraterrestres del caso, que además del aspecto físico, tienen una psicología muy parecida a la terrestre (o a la estadounidense, valgan verdades). Así, está el nostálgico que no acepta el hecho de que jamás volverá a su mundo (planeando incluso la imposible tarea de reparar la nave), el tímido que se adapta con gusto a una vida opaca pero tranquila, el responsable-y-competente que sigue las reglas aunque carezcan de mayor sentido y por último, el cínico capaz de sacarle ventaja al asunto de ser un extranjero en nuestro mundo, aún a costa de sus ex compañeros de viaje.


Hay quien puede encontrar a estos extraterrestres poco exóticos, carentes de ese hálito de “otredad” que podrían tener las criaturas alienígenas de Stanislaw Lem, por ejemplo. Personalmente, considero que la “humanidad” de los protagonistas de esta historia – que los emparenta de algún modo con “El hombre que cayó a la Tierra” de Walter Tevis – es lo que los hace interesantes, pues los convierte en seres a los que tal vez vemos día por día y no nos interesan en lo más mínimo: los asiáticos, los negros, los indios, los mestizos. Quienes creemos ser parte de la “mayoría normal” de un país, ciudad o continente, realmente diferimos muy poco de aquellos a quienes consideramos “los otros”, pero preferimos resaltar ese poco de diferencia y convertir así en extraterrestres a nuestros congéneres por motivos ridículos. ¿Quién o qué puede ser más extraterrestre, en nuestros días, que el tristemente célebre Cho Seng-Hui , autor de la masacre en la institución educativa Virginia Tech? A juzgar por algunas observaciones hechas por sus compañeros de clase y demás conocidos, nuestra sociedad parece estar convirtiéndose en una máquina de fabricar extraterrestres.


Hay dos aspectos en la novela que me parecen particularmente siniestros. El primero consiste en la descripción de un cadáver alienígena, que a su vez forma parte de un archivo oficial de información clasificada, lo que nos lleva a preguntarnos quien está realmente detrás de todo este sistema de recolección-ocultamiento de datos y por qué se ocultan estos hechos. El otro es la relación que llega a entablarse entre uno de los extraterrestres y los representantes de la burocracia encargada de su seguridad y de su, digamos, comodidad. Salta a la vista entonces que los objetivos del gobierno no son para nada algo que podríamos considerar benéfico o positivo, ni para el extraterrestre, ni mucho menos, para la humanidad. El destino final del extraterrestre en cuestión nos confirma que el gobierno (cualquiera de ellos) no está interesado ni el progreso científico, ni el avance de la medicina, ni los invaluables aportes que podría generar la presencia de un extraterrestre a la antropología, la sociología, la lingüística, la teología inclusive. Sus fines siguen siendo más asombrosos y enigmáticos que los extraterrestres en sí.

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