martes, 4 de agosto de 2009

Editorial: El temor de la ciencia ficción (abril 2007)

De un tiempo a esta parte, sucede que autores de literatura que algunos llamarían “seria” (mainstream, corriente principal) han incursionado en la ciencia ficción. Para los aficionados al género, esto no deja de ser una buena noticia: tenemos más para leer. Y si a eso le sumamos que, en algunos casos, se trata de autores con cierto alcance mediático (“consagrados”, que le dicen), pues la mesa está servida para un enjundioso debate sobre estas incursiones en lo que algunos denominan subliteratura o subgénero.
Sin embargo, las cosas no son tan idílicas. Resulta que nadie, mucho menos los autores del caso, quiere reconocer esta incursión en los predios de la ciencia ficción. Asombrosamente, novelas que nadie con dos dedos de frente dudaría en calificar como ciencia ficción se convierten en “thrillers futuristas, fábulas prospectivas, dramas distópicos” y cualquier otro eufemismo que le permita al reseñista, editor o escritor evitar utilizar ese término tan feo y vulgar como sólo puede serlo la CIENCIA FICCIÓN.
Por poner un ejemplo, leamos la nota de prensa sobre la novela “ La carretera ” ( The road ) del escritor norteamericano Cormac McCarthy, que ha sido difundida en varios medios de comunicación:

“La carretera” es un thriller estructurado al uso de una "road movie", que relata una profunda historia de soledad y de búsqueda, llena de violencia y destrucción, a través de las figuras de un padre y un hijo que recorren una inhóspita América devastada por una desconocida catástrofe en busca de la costa, armados solamente con una pistola y dos balas. Bandas de supervivientes, caníbales que devoran pedazo a pedazo a sus víctimas mientras las mantienen vivas para conservar fresca la carne y otros seres más propios de un cuadro del Bosco pueblan ese territorio imaginado por McCarthy.
Según el texto, ¿en qué se diferencia “La carretera” de cualquier novela postapocalíptica, o del argumento de las películas de “Mad Max”? Pues básicamente en nada. Y eso que debe haber por ahí cientos de cuentos y novelas de ciencia ficción con la temática “sobrevivientes post catástrofe” que deben ser idénticas al argumento de “La carretera”. Hasta las películas de zombies de George A. Romero se asemejan más a la novela de McCarthy que los cuadros del Bosco (por cierto, qué manera más artificiosa de comentar una novela).
Nadie puede objetar que un autor o varios escriban sobre un tema similar al de otro. Jorge Luis Borges dijo en su momento (una de sus tantas genialidades) que sólo existían cuatro historias posibles, y que todas las demás eran variaciones sobre las mismas.
¿Entonces, por qué este temor a ser considerado un autor de ciencia ficción? En principio, podría conjeturarse que, dada la mala fama que tiene la ciencia ficción en los sectores “culturosos” de Estados Unidos, Perú o cualquier país que el lector elija, es lógico que un escritor que pretenda ser “alguien” en el mundo de las letras no quiera verse acompañado de semejante ralea.
Sin embargo, la verdad es que en el mundo real han ocurrido algunas cosas que contradicen la hipótesis anterior. En primer lugar, en los mismísimos Estados Unidos de América, la ciencia ficción tiene ya un status “reconocido” en distintos niveles, incluido el académico. Varias universidades norteamericanas ofrecen cursos e incluso maestrías centradas en la ciencia ficción. H.P. Lovecraft y Philip K. Dick son parte ya del "stablishment". Incluso el gruñón de Harold Bloom incluyó varias novelas de ciencia ficción en su famoso “Canon occidental”.
Entonces, si la ciencia ficción es ya un género “decente”, ¿por qué algunos escritores no quieren juntarse con el?
Se me ocurre que la respuesta tiene más que ver con el muy humano defecto de la vanidad que con otra cosa. Obviamente, de admitirse que (algunas) obras escritas por autores mainstream pertenecen en realidad al género de ciencia ficción (*), por fuerza saldría a relucir el hecho de que tales autores no han sido los primeros en escribir sobre determinados temas, es decir, que su originalidad se volvería algo muy relativo, por decir lo menos: se han escrito ya tantas historias sobre clones, mundos alternativos y catástrofes planetarias, que estos temas han devenido en tópicos de la ciencia ficción. Lo cual, por cierto, no es impedimento para que alguien se aventure a intentar darles una buena vuelta de tuerca. Pero eso no quita el hecho de que ahí están, y son de ciencia ficción.
Entonces, el objetivo encubierto sería evitar que algún aguafiestas vaya y les diga cosas como ésta: “Oiga señor Philip Roth, “La conjura contra América ” me recuerda a la novela “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick.” O bien “ Señor Cormac McCarthy, “La carretera” es igualita a las películas de “Mad Max”, ¿va a pagarle regalías a George Miller?”. Y seguirían ejemplos varios que supongo harían morir de vergüenza a más de un “originalísimo” escritor. ¿Cómo evitar el bochorno (y de paso, alejar cualquier sospecha de plagio)? Pues “aclarando” (cómo gusta esta palabreja) de que no se trata de ciencia ficción, y que por ende, estamos ante una obra de temática original y sobre todo, distinta (otra palabreja que suele utilizarse es "inclasificable").
Este complejo de “yo fui el primero”, del cual participan tanto escritores como editores, lo ejemplifica de manera bastante jocosa el escritor Jonathan Littell, autor de la novela ciberpunk "Bad voltaje”, publicada en 1989. Pero – presten atención – Jonathan Littell obtuvo el Premio Goncourt de Novela del año 2006 por su obra “Les bienveillantes”, que por arte de magia se ha convertido en… ¡su primera obra literaria! Cuando le recordaron “Bad voltage”, el laureado escritor respondió lo siguiente:

P. Usted escribió un primer libro, Bad voltage, una novela de ciencia-ficción inédita en Francia, que se desarrolla en las catacumbas. ¿Qué relación establece entre este primer texto y Les bienveillantes ?
R. En realidad, Les bienveillantes no es propiamente una segunda novela. Entre medias, ha habido otros textos míos que han terminado en el cajón, como debe ser. Lamento que se publicara Bad voltage, pero era prisionero de un contrato y no tenía dinero para romperlo. Tenía 21 años, una edad tonta. Nunca he querido esconder esa novela, pero tampoco la reivindico. Llevo pensando en Les bienveillantes desde los 20 años. Richard Millet, mi editor en Gallimard, quería poner "primera novela" en Les bienveillantes , pero yo dije que no. Finalmente, elegimos la fórmula "primera obra literaria" para la contraportada. (en http://revistazularte.blogia.com/temas/espana.php )
Todo esto me recuerda un apartado del “Turkey City Lexicon ”, una especie de lista de consejos para talleres literarios de ciencia ficción, elaborado por Lewis Shiner y Bruce Sterling.

Re-Inventing the Wheel A novice author goes to enormous lengths to create a science-fictional situation already tiresomely familiar to the experienced reader. Reinventing the Wheel was traditionally typical of mainstream writers venturing into SF. It is now often seen in writers who lack experience in genre history because they were attracted to written SF via SF movies, SF television series, SF role-playing games, SF comics or SF computer gaming.
La lamentable traducción que sigue pertenece a mi teclado:

• “Re-inventar la rueda Hay grandes probabilidades de que un autor principiante redacte un argumento de ciencia ficción trillado y aburridamente familiar para el lector experimentado. Re-inventar la rueda es algo muy típico de los escritores mainstream que se aventuran en el campo de la ciencia ficción. Generalmente, se observa en escritores que carecen de experiencia en el género debido a que fueron motivados a escribir ciencia ficción via películas, series de televisión, juegos de rol, cómics o juegos de computadora.”
Vamos, que los aficionados a la ciencia ficción ya sabíamos que tarde o temprano, los grandes temas del género serían tomados en cuenta por autores no vinculados directamente a la ciencia ficción. Digamos que los estábamos esperando. Pero nadie esperaba que nos quisieran hacer creer que habían inventado la rueda.
(*) Sin que ello implique evitar la discusión sobre lo adecuado de tal nomenclatura.

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