miércoles, 5 de agosto de 2009

Reseña: El conquistador (Federico Andahazi)



Si hay un principio ideal para una novela, es el capítulo 0 (cero) de El Conquistador. Es una declaración de principios, una descripción del personaje y un adelanto de sus aventuras. Un cebo imposible de ignorar. Espero no transgredir nada si cuelgo en la página ese primer capítulo, tan bueno como breve:

" Estableció con exactitud el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas celestes antes que Copérnico. Fue el primero en concebir el mapa del mundo adelantándose a Toscanelli. Los gobernantes buscaron su consejo sabio, pero, cuando su opinión contradijo los dogmas del poder, tuvo que retractarse por la fuerza, tal como lo haría Galileo Galilei dos siglos más tarde. Imaginó templos, palacios y hasta el trazado de ciudades enteras durante el esplendor del Imperio. Concibió el monumento circular que adornaba la catedral más imponente que ojos humanos hubiesen visto jamás. Varios años antes que Leonardo da Vinci, imaginó artefactos que en su época resultaban absurdos e irrealizables; pero el tiempo habría de darle la razón. Adelantándose a Cristóbal Colón, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía llegarse a Occidente y viceversa. Pero a diferencia del navegante genovés, nunca confundió las tierras del Levante con las del Poniente. Tenía la certidumbre de que había un mundo nuevo e inexplorado del otro lado del océano y que allí existía otra civilización; sospecha que habría de confirmar haciéndose a la mar con un puñado de hombres. Se convirtió en naviero y él mismo construyó una nave inédita con la cual surcó el océano Atlántico. Tocó tierra y estableció un contacto pacífico con sus moradores. Pero sólo porque estaba en inferioridad de condiciones para lanzarse al ataque. Comprobó que el Nuevo Mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Vio que los monarcas eran tan despóticos como los de su propio continente y que los pueblos estaban tan sometidos como el suyo. Escribió unas crónicas bellísimas, pero para muchos resultaron tan fabulosas e inverosímiles como las de Marco Polo. Supo que el encuentro entre ambos mundos iba a ser inevitable y temió que fuese sangriento. Y tampoco se equivocó. Trazó un plan de conquista que evitara la masacre. Retornó a su patria luego de dar la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. A su regreso, advirtió la inminente tragedia a su rey.
Si hubiese sido escuchado, la historia de la humanidad sería otra. Jamás consiguió que le otorgaran una flota y una armada para lanzarse a la conquista. Fue el primero en ver que ningún imperio, por muy poderoso, magnánimo y extenso que fuese, podría sobrevivir a la ambición de sus propios monarcas. Pero fue silenciado. Tomado por loco, condenado al destierro, vaticinó el fin de su Imperio y la destrucción de la ciudad que él había contribuido a erigir.
Supo con muchos años de antelación que la única forma de que su civilización no pereciera, era llevando adelante el desafío más grande de la humanidad: la conquista de Cuauhtollotlan, como él bautizó al nuevo continente, o Europa según el nombre con que lo llamaban los salvajes que lo habitaban. Fue el más brillante de los hijos de Tenochtitlan. Su nombre, Quetza, debió haber fulgurado por los siglos de los siglos. Pero apenas si fue recogido por unas pocas crónicas y luego pasó al olvido. Su interés por la unificación del mundo no era sólo estratégico: al otro lado del mar había quedado la mujer que amaba.
Lo que sigue es la crónica de los tiempos en que el mundo tuvo la oportunidad única de ser otro. Entonces, quizá no hubiesen reinado la iniquidad, la saña, la humillación y el exterminio. O tal vez sólo se hubiesen invertido los papeles entre vencedores y vencidos. Pero eso ya no tiene importancia. A menos que las profecías de Quetza, el descubridor de Europa, todavía tengan vigencia y aquella guerra, que muchos creen perteneciente al pasado, aún no haya concluido.
Hasta la fecha, sus vaticinios jamás se equivocaron. "
El inicio no puede ser más arquetípico: es la historia del desterrado, del diferente, de un huérfano que está a punto de morir sacrificado para complacer al dios Huitzilopoztli, y que es salvado in extremis por Tepec, uno de los últimos descendientes de los Toltecas u Hombres Sabios, quien se hará cargo de su crianza y educación bajo los principios del benévolo dios Quetzalcoatl, representante de la luz y la vida, eternamente enfrentado a su opuesto Huitzilopoztli, el otro pilar de la religión y estructura social méxica, representante de la guerra y la oscuridad, siempre sediento de sangre fresca…
Andahazi precisa que El conquistador no es retrato fiel de la sociedad méxica precolombina, acaso por temor a parecer aburrido, pero el paseo que nos da por dicha sociedad, recreada ex profeso para la presente novela, es un tour de force. Junto a Quetza, el protagonista, conocemos el duro trabajo que implicaba hacerse hombre a un joven méxica, los peligros a los que se veía expuesto (además de la constante posibilidad de ser sacrificado a los dioses) y el maravilloso entorno mítico en el que se desenvuelve: ser un méxica es tan mortífero como fascinante.
Si sobrevivir a la infancia y adolescencia en la sociedad mexica ya es un premio en sí mismo, no se compara con el riesgo que implica atraer la atención de los notables, más dispuestos a castigar que a premiar. Y es que el joven Quetza se convierte en una suerte de ingeniero a lo Leonardo Da Vinci, capaz de diseñar un calendario de gran precisión y puentes adecuados para la ciudad de Tenochtitlan, situada en un lago. Además, sus dotes de deducción, sumada a las tradiciones enseñadas por su tutor Tepec, le permiten conjeturar acertadamente que la Tierra es redonda y que, navegando hacia el oriente, con seguridad debía encontrarse otras tierras habitadas, acaso también la mítica Aztlan, la misteriosa tierra de origen de los mexicas. La envidia de los cortesanos del tlatoani, el rey de los mexicas, lo llevan a encomendar a Quetza una misión imposible: construir una nave capaz de surcar el Atlántico y encontrar las tierras que sus lucubraciones han previsto. Desterrado a la Huasteca, un territorio alejado y hostil, será librado a su suerte para cumplir su misión.
Sin embargo, su habilidad le permitirá ganarse la voluntad de un pueblo de feroces guerreros que además son expertos en la navegación marítima. Diseña pues una nave especial para un largo viaje, y parte rumbo a oriente… es decir, Europa.
Llegado a este punto (en plena amanecida, no quería soltar el libro), temí que el autor no pudiera superar el reto que supone ficcionalizar de manera creíble la llegada de un mexica precolombino a la Europa del renacimiento. Mis temores eran infundados: magistralmente, Quetza y su tripulación no solo llegan sanos y salvos a Europa, sino que se permiten recorrerla, no sin ciertos sobresaltos, llevándonos de la mano de las reflexiones de Quetza respecto a las instituciones europeas, los temperamentos tan disímiles entre españoles, franceses e italianos, la similitud entre todas las religiones, y el momento cumbre de la novela, que es cuando Quetza cae en la cuenta que el posee algo que los europeos ni siquiera barruntan: un mapa que abarca prácticamente todo el mundo. Ese conocimiento le llega al mismo tiempo que el amor, que encuentra en la persona más increíble, que acaso como él, tal vez sea también una hija perdida de Aztlán…
Sin embargo, además de saciar su curiosidad, Quetza se comporta también como estratega, y elabora planes de conquista de esas nuevas tierras por él descubiertas. Evalúa las diferencias técnicas entre su pueblo y los europeos, las cuales le parecen superables. Una o dos generaciones, calcula, y los mexicas conquistarían Europa, usando las mismas armas que los europeos en su contra. Nuevamente, el autor elabora de manera tan detallada esta posibilidad histórica, que uno se pregunta sinceramente si, aparte de las armas de fuego, los caballos y el acero, los ejércitos europeos eran realmente superiores a los de la América precolombina. En concordancia con lo planteado por Juan Miguel Aguilera en Rihla , es plausible conjeturar que las cosas pudieron haber sido de otro modo.
Quetza asume pues su destino de conquistador, y actúa en consecuencia. Sabiamente, se da cuenta de que si ellos no conquistan a los europeos, estos conquistarán a los mexicas. ¿Cuáles son los límites entre la ficción y la historia? Toca al lector conjeturar cómo pudo ser el mundo si las cosas hubiesen sido de otra manera.

Poemas: Adriana Alarco de Zadra

Hacia un Mundo Nuevo




A Franco,
Si no te di las gracias, te agradezco ahora de haber sido parte de mi misma.




¿Quién se fue hacia las estrellas

empujado por su enérgico deseo de volar

y desplazarse,

por su insondable curiosidad de escudriñar

la vida en los agujeros del recuerdo

de aquellos seres que entendió

con su inmensa comprensión,

tan capaces e incapaces

de fomentar guerras, amores y traiciones?

¿Quién se fue

dejando una huella de riqueza

en sus consejos vitales,

en sus reflexiones puntuales:

como un dedo que subraya,

en su fortaleza, humildad y disciplina,

en su espíritu austero,

libre,

allá arriba sobre las montañas?

¿Quién se fue

pidiendo levantarse

cada vez más allá de las fronteras

más allá de las cumbres y el espacio

hacia un mundo nuevo y renacer?







Agujeros en el alma



Me están creciendo agujeros en el alma

(por las palabras sin canto,

los mohines sin caricias,

los recuerdos mudos),

Como aquellos tan negros del espacio.

No me abandonen en medio del silencio

que estoy cabalgando en lo infinito.

Vuelo cuando se abren mis alas

y logro ver el planeta más allá

de las rocosas piedras,

del océano en tormenta,

más lejos de la línea horizontal

mientras voy manejando mi nave

al son de una canción de cuna

Que revolotea leve en mi memoria.



Ya sabes que



No he muerto, y mis ideas

Atraviesan las luces

Cibernéticas

Al llegar a otras lunas...

No he muerto y mi sonrisa

Va alegrando el recuerdo

Gris y lluvioso

Del mundo de tus sueños...

No he muerto, si aún mis cantos

Se escuchan cuando el viento

Sopla entre cimas

De un desierto de dunas...

No he muerto, si allí estoy

Dentro en tu corazón

Y todavía

Tú me sigues queriendo...





Ausencia



I

Se me está desbordando la tristeza de los ojos;

Por la boca en los sollozos.

No escucho nada y el silencio que me abruma

Nubla la mirada con su vaho penetrante,

Ya que cada vez

Nos alejamos más del centro de la tierra.



Implacable,

La eternidad nos revela sus sorpresas, repentinamente,

Mientras el corazón se va encogiendo

Por el morir paulatino de sus ecos.



II

Ha caído la sombra de la noche

Sobre mis pensamientos.

Los cubre y mientras desaparece la luz de la razón,

Me exprimo en versos y en congojas.

Espero a que salga el sol

E ilumine la galaxia de esplendores

Para no perderme en la bruma de recuerdos.



III

Me estoy ahogando de humedad

Por los ojos, por la boca

Por los órganos vitales

En el sexo y en los pechos…

Esa humedad que se desprende

Del invernadero que flota entre las nubes,

El mismo

Que me imprime la tristeza de su ausencia

Como un rastro

Y, mientras tanto,

Me estoy llenando de llanto, de saliva

De catarro, de estupor

Cubriéndome de musgo

Húmedo, dulce y mustio.



IV

Me aplasta el silencio

De lo que una vez fue mío y es de todos

De lo que diluyéndose en el aire

Lo he perdido

Dejando un dolor tan grande

Que corta las palabras,

La respiración

Como un nudo en el pecho

Que me oprime.

¿Por qué te fuiste así

Tan rápido

Sin saber ni adónde ibas?

Como un pájaro detrás de la nube,

Como un viento que silba y se aquieta.



V

Sufro por mí

Porque tu sufrimiento ya no existe

No es de este mundo,

Se fue lejos

Más allá de las estrellas,

Tan lejos

Que no puedo hoy alcanzarlo

Ni verlo, ni escucharlo.

Adiós, amor,

Si no te di las gracias

Te agradezco ahora

Que hayas sido

Una parte de mí misma.



© Adriana Alarco de Zadra


Mientras estuvo casada, vivió en campamentos de trabajo, alejados de la civilización, en varios continentes. Ella escribe para volcar en el papel y en la pantalla sus experiencias, investigaciones y sentimientos. Viaja con frecuencia a visitar a sus hijas y a sus nietos que le llenan la vida.

Reseña: Revista Asimov N° 8 (Luis Bolaños de la Cruz)

Por diversas singladuras, nunca acompañadas por el éxito, ha transitado el magazín original en España: Picazo, Forum, Robel; en México El Fisgón del Universo se lanza a la aventura editorial logrando plasmar 11 ejemplares de irregular factura (me he tropezado con datos hasta 1998, aunque puedo estar errado) caracterizados por un exceso de propaganda (lo usual es que fueran infelices), dibujos interiores pobres y esquemáticos, tipos de letras con frecuencia inadecuados, secciones fijas que entregan mucho menos de lo que prometen y hasta algunos desencuentros en la traducción, elementos que en evaluación integral impiden tomar la iniciativa en serio. En ocasiones, da la impresión de apresuramiento y una cierta negligencia en el montaje gráfico y en la selección de los microchips, es mejor rechazar colaboraciones que torpedear la fluidez de la lectura por el lastre que suponen algunas de las mismas. Late una tendencia al feísmo, que se expresa en grotesco e inacabado. Los esbozos gráficos interiores oscilan entr e lamentables y esperpénticos, en especial los firmados por Jean Picazo (que ironía usar ese pseudónimo), que rozan lo desagradable. No obstante, para ser justos y salvar la valla de la atemporalidad -la revista se publicò en Febrero 1996-, recomendamos visitar www.guiadeilustradores.com y www.fsartdealers.com donde Jean Picazo (su autèntico nombre) demuestra un auténtico salto en la calidad de sus obras.
En cuanto al N°8 fechado en Febrero de 1996, lo mejor: la ingerencia de Azazel de la mano del Maestro y la noveleta de Maureen McHugh. En apariencia la carátula, realizada con oficio y bastante atrayente, me recuerda la escena final del capítulo 22 (último de la primera temporada) de Farscape, no se relaciona con ninguno de los textos a reseñar (tampoco pude saber quien fue su creador, no consta en ninguna parte). El editorial conducido con propósito de señalar el conecte entre crítica social y el género de CF, da cuenta del material que nos entregan... excepto cuando enjundioso aborda los microchips y justifica su inclusión recurriendo a un editorial de Asimov (In Memoriam) donde clama por el apoyo a las generaciones de escritores en ciernes (que posean calidad, agrego).
El índice creativo incluye:
Marcha contra el enemigo ( March against the foe, abril de 1994) Isaac Asimov: La ilustración de Gary Freeman, no sólo adecuada y cumplidor como ejecución sino estimulante como idea, nos coloca en las pistas de lo que suponemos ocurrirá; integrado al ciclo de relatos protagonizados por el sablista George, el sableado (el propio Isaac) y un diminuto demonio de dos centímetros, de esquema clásico y similar factura a los demás de la serie: presentación del caso, despliegue de los acontecimientos relevantes vinculados, diseño de la resolución y colofón humorístico. Estoy enterado de que con frecuencia se han escuchado voces sobre el magro humor de los relatos de Azazel, pero siendo atípicos en la obra de Isaac -no por su estructura narrativa, ya que son semejantes a los relatos de la serie de los Viudos Negros, sino por Azazel, ese extraño personaje extraído de las canteras infernales- creo que desde tal ángulo debemos arrimarnos a su oferta, y si la aceptamos, allí también acierta el Maestro. Velada crítica a las CTN niponas y su exagerado entusiasmo por inmiscuirse en la vida de sus empleados (para quienes deseen observar sus relaciones de poder en movimiento recomiendo el excelente retrato logrado en el film de Alain Corneau sobre la novela “Estupor y temblores” de Amélie Nothomb) y obligarlos a aceptar normas que incluyen desde beber la cerveza de la sogo shosha a la cual está ligada la compañía en que laboran, hasta ejercitarse en gimnasia. La empresa con nombre de juguete: Tontería y Basura, instala una Oficina de Entusiasmo Corporativo, cuyo comando entrega a otro sablista, amigo de George desde la universidad, quien por sequía financiera se ve obligado a renunciar a su vocación de vago y enrolarse en las filas del pleno empleo corporativo. Su fracaso miserable en la faena se lo comenta a George, quien recurre al poder de Azazel , el cual deviene como es usual en arma de doble filo que provoca un desastre, ya que la excelente performance obtenida al inicio conduce luego a un resultado no esperado (suponemos que atroz), quedamos tentados de aceptar que casi parece existir un impulso de homeostasis equilibrante que mitiga los efectos de las intervenciones demoníacas. Comicidad y estilo, sabiduría y gracia se entrelazan para convertirlo en recomendado.
Protección (Protection , abril 1992 – Nominada al Hugo) Maureen McHugh : Real acierto, es el plato fuerte, transido de tristeza e ilustrando las complejidades de una pareja difícil: catedrático universitario y ladronzuela, mientras sobreviven en un “campo de reducción” (el Protection del título), uno de muchos instalados para depurar la ideología de la población por un gobierno totalitario, quizás por eso un debate de fondo (horror al socialismo versus crueldad capitalista) viaja con las etapas amorosas. Lo inteligente, parece transmitirnos la autora, no es cerrarse en torno a la defensa de tales opciones, sino mantener la mente fresca y con apertura tomar de aquí y de allá lo mejor para construir una democracia directa, lo cual me llevó a recordar las promesas anarquistas de la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson y “El concilio de hierro” de China Mievelle. Representación del imaginario nacional (pienso en Comunidades Imaginadas de Benedict Anderson) a contrapelo de las tendencias usuales (podemos recordar Amanecer Rojo – Red Dawn, el bodrio de John Milius, por ejemplo donde los invasores cubanos, nicaragüenses y soviéticos son derrotados, agárrense, mediante guerra de guerrillas) posee la virtud de irse abriendo lento cual cortinaje teatral y bifurcándose en continuo trazado de un mapa de emociones, el primero oculta y devela en simultáneos fogonazos, las transformaciones de la conciencia de la protagonista, lo segundo la muestra astuta y dura pero capaz de incorporar y asociar nuevos conceptos e interpretaciones. La preocupación ambiental y el avance del desierto en el cinturón cerealero del Middle West lo conectan con el siguiente texto (El hombre abeja), pero el establecimiento de mecanismos coercitivos de movimiento y pensamiento señalan hacia las sociedades de control avizoradas por Deleuze y Guattari. El “campo de reducción” es inclemente y se mimetiza tras la verdad histórica de los “gulags” para comentarnos las condiciones de vida y trabajo envueltas en el constante empeño de los carceleros por usarlas como jornadas de reeducación política, proceso que copia los pasos propuestos por Gregory Bateson a Alcohólicos Anónimos, pero en versión autoritaria. Se captan fuertes huellas de “En alas de la canción” de Thomas Disch alentando referencias y desempeños. Rinde homenaje a quienes sufren tortura por sus convicciones, asimismo a quienes son capaces de adaptarse y convertirse en seres diferentes a los originarios. El esbozo ilustrador de A.C. Farley compendiado en un abrazo, consolida lo que decimos sobre el texto, pero los dibujos interiores son prescindibles.
El Hombre Abeja (The Bee Man, setiembre de 1991) Mary Rosenblum: La lámina de Broeck Steadman recoge la dulzura tras el amargor que se paladea en sus páginas del relato y el momento de transición (rubricado por el énfasis en inflar las bolsas adiposas de Bichat) de la niña, de los dibujos interiores mejor no hablar… ni mirar. Quiero empezar rescatando aspectos cruciales que atañen a preocupaciones actuales: cambio climático y calentamiento global (fenómeno básico para la evolución argumental) que avanza devastando naciones otrora poderosas que en la ficción glosada yacen literalmente en el polvo de los desiertos, contexto que enmarca una historia de amor sin deuda con Vladimir Nabokov y su Lolita, entre una adolescente y un ermitaño cuarentón, recolector de miel, en el estado de Oregón; sin embargo, adolece de falta de ritmo y carece de un marco descriptivo que potencie sus acontecimientos: está ausente el paisaje que debería constituirse en protagonista central de las transformaciones, y el impacto que provoca sobre la gente y la economía es despachado en pocas líneas, muy pocas especies de plantas son expuestas para ilustrar esa terrible sequía que asola los territorios y sus terribles destrucciones. No existe referencia concerniente a que sucede en otros países, con la característica actitud despectiva de los norteamericanos sólo importa lo que les ocurre a sus moradores, podemos colegir que atraviesan similares dificultades, pero nos quedamos esperando alguna información sobre las catástrofes urbanas, las tumultuosas migraciones, los asaltos a bodegas y almacenes, las oleadas de suicidios, el desplome del sistema de bienestar, etc. Es un cataclismo pálido y lento donde se conservan idénticas relaciones de clase y las mismas estructuras de poder, pero disminuidas por el golpe climático, situación poco creíble escogida por la autora, quizás por que lo detallado con fruición es el fuerte vínculo que se crece y se anuda en torno a la pareja, las condiciones de pobreza en que reproducen sus existencia y las actividades dedicadas a las abejas, quedando apuntaladas por las emociones que sacuden a las personas (por ejemplo, el odio de la madre hacia su hija acaso por su capacidad empática hacia los seres vivientes, que aumenta cuando elige el silencio como forma de comunicación. Al agregar a los horrores desencadenados por el cambio climático la trasgresión del amor entre generaciones muy alejadas, se esperaría que ejes tan atractivos organizaran un espacio conceptual y emotivo neurálgico, a pesar de su potencial no culmina con felicidad, así que más allá de la simpatía despertada concluyo advirtiendo que es un cuento fallido.
Terminal 410 (Febrero 1996 – Finalista Premio Palpa 1993) Víctor Hugo Flores: Va de “Love Story” con cronoviajes y multiverso a planeta devastado y sujeto a una dictadura cientifico-militar, pero… en un imposible marco newtoniano. Las peripecias de los interceptores tenporales y los sucesos bélicos resbalan sobre nuestra conciencia sin provocar ningún dramatismo. A pesar de su linealidad llega a volverse confuso en algunos momentos y no alcanza a convencernos. Diversas influencias que comprenden desde el Asimov de “El fin de la eternidad” hasta “La patrulla del tiempo” de Poul Anderson se codean en sus páginas, no obstante, incorporados con desaliño. En la edición en PDF de CF en México por Gonzalo Martré, el maquetado facilita la lectura, recomiendo que ingresen a http://www.publicaciones.ipn.mx/PDF/1357.pdf para un goce apropiado.
El festín de los egos – Secreto a voces (capítulo VIII - febrero de 1996) José Zaidenweber: ¿Alambicado? ¿Borroso? Una utopía concretada, gobernada por científicos, políticos y sacerdotes, donde los roles continúan imperturbables, los varones analíticos, las mujeres sensibles y buenas compañeras sexuales (agregaré que con oficios de servicio cultural: periodistas o bailarinas) es destemplada, así puntualizada. Y , sin embargo, el acople estructural que surge de la idea de oponer parejas con científicos machos y hembras antagónicas, no era despreciable, impulsaría muchos molinos de oraciones o neuronas represadas si se plasmará en proporcionada redacción, pero lo poco mostrado no me permite el halago sino el rechazo; a pesar de ser el presidente fundador de la revista y preciso por ese motivo no debieron caer en la tentación de publicarlo sin pulirlo.
Haikus Ciberpunk y La mujer del cazador de hombres - comic (Feb1996) José Luís Zárate: La poesía y modelos derivados no son mi fuerza, pero diré que al autor lo conocí gracias a los Minicruentos , ingeniosos e irónicos, burlones y raudos, que Francisco José Suñer Iglesias, publicará por allá por los 90’ en su indispensable www.ciencia-ficcion.com , los Haikus distraen acercando ciencia y ritmo poético, lo que no es poco, el comic basado en su relato a pesar de un lápiz que no alcanza a la claridad expositiva y un entintado tosco, se sigue con interés al aludir a androides asesinos programados para enamorarse de una imagen femenina hasta la eternidad. Rally, el artista que perfila su contenido, estuvo mejor en la viñeta de presentación para Terminal 410.
En las secciones fijas encontramos:
Crónicas paralelas (Febrero 1996) Ricardo Guzmán Wolffer: Trata de crear situaciones humorísticas mezclando la prospectiva con critica social y la sátira política con inserciones científicas, en algunos momentos parece que levantará vuelo, quizás lo logre en otros números, en este aún esta en proceso de lograrlo.
El Rincón del Factótum (Febrero 1996) Héctor Chavarría: Nos sacude el cerebro con testimonios impresionantes destinados a demostrar la fragilidad en que se basan ciertos comportamientos cotidianos y la necesidad de la expansión permanente del conocimiento para evitar ridículos errores como los presentados en el apartado de montañismo.
Por primera vez los robots (Febrero 1996) Bruno Henríquez: Lo conocí en Bohemia, esa revista de letras marrones que aprendimos a querer much@s latinoamerican@s, en la actualidad es guionista y conductor del espacio “Energía y Ambiente” de la revista científica de Radio Habana, he seguido con interés sus relatos sobre robots, que exaltan el humanismo y las paradojas, pero me parece que el texto que comento o es demasiado simple para lo que eran mis expectativas o quizás se redacto con algo de apresuramiento. El esbozo de Iván Silva que lo acompaña sin ser excepcional, descuella sobre los demás ilustradores del volumen, por asimilar influencias sin doblar la muñeca y captar con claridad las indicaciones emanadas del informe.
Cienciaficcionáutica (Febrero 1996) Gerardo Horacio Porcayo: Nos traspasa información que cualquier aficionado quisiera tener a su alcance, además recuérdese que se editó antes del boom de Internet, cuando difundir era una tarea con frecuencia ingrata (lo que recogías se marchitaba antes de entrar en prensa).
Reseñas Estelares (Febrero 1996) Blanca Martínez: He contraído un penetrante respeto ante la pléyade de escritores mexicanos con que tropecé en publicaciones digitales como A quien Corresponda (gracias a Luís Pestarini, director de la revista argentina Cuasar pude agenciarme algunas en papel), Goliardos, Azoth, La Langosta se ha posado, Realidad Cero, Umbrales, Vampiros LoboSector, Oscuro Retorno y Anual, Blanca Martínez es una de esas personas. De Reseñas Estelares podemos agradecer su brevedad, pero no su dispersión, ya que al culminar no hemos saboreado ni adquirido claves o esencias que vayan más allá de lo esperado, no hay opinión con sorpresa ni información con valor agregado. O de nuevo mi listón estaba colocado demasiado alto por lo que conocía de su obra.
El Ratón Cinéfilo (Feb1996) Aldo Alba: Aunque rozan lo superficial no están desorientados, aciertan en el blanco, parece contener una pifia aparente en el uso de la palabra necrófilo, advierto por haber gozado de Delicatessen que no se asume como el placer erótico con cadáveres sino como la atracción morbosa por la muerte.
Pretendo comentar aparte los microchips, que aparecen en abultada cifra, tratando de decir algo, no acerca de cada uno, pero si sobre la mayoría: En conjunto devienen o pseudofilosóficos, que resultan molestos (y vacíos como los de Ariel Martínez) o demasiado gastados (Evaluación, sobre las cucarachas; Contacto; Enfoque, Tanta conciencia), o simplones (Mágicas palabras) o semimísticos (El guardián de la tierra), aunque afilan el ingenio aún queda reiterando a César Vallejo “mucho por hacer”.
Principio de los Tiempos: Blanca Martínez: No sólo un estremecimiento de horror, sino también un latido de esperanza.
Anatolio Sauceda Castillo: Enfoque: No logra levantarse sobre sus patas, como quiere exigirle al cocodrilo del experimento. Conclusiones: Insiste, pero como dice su final… sigue cayendo. Sala de espera: Alusiones a geometrías deudoras del teseract un tanto desmeduladas. Contacto: Debería ser Trillado Primer Contacto observando una niña, a pesar de su sencillez logra su cometido. Evaluación: Capto que las Blattidae se comunican por telepátia.
César León: Mágicas palabras: Ni juego de palabras, ni broma, simplemente horrible Tanta Conciencia: Otro interminable, a pesar de sus 17 líneas. El mar: Melancólica estampa a la que faltó pulimento para ser atrayente.
Linda Escoto Campos: El guardián de la tierra: Cansa llegar hasta el punto final.
Aldo Alba: Como todos los días: Intenta jugar al humor oscuro, casi lo consigue.
Xavier Del Río Aspra: Sombras: Se copia de Sturgeon, pero del modo incorrecto En algún otro lado: Pesimista sin remedio… y eso que el personaje era un guionista de comic Ella: Desencuentro televisivo de un alienado, agradecido por su brevedad .
Angel Aguerrebere: El camino de la luz: Posee encanto, sin piedad mezcla Cortázar y Silverberg.
Efraín Shor: La Mosca: Retoza con el espanto, más no consigue bañarse en sus aguas, y menos con el frustrante párrafo final y su patético intento de socarronería, cuando debería bastar un banquete necrófilo.
Jorge Romero Hernández: Lymbus, la ultrazona: No conquista la trascendencia y permanece en el terreno de lo insípido, en un par de momentos parece que fuera a arrancar el motor, el último párrafo es prescindible, ni explica ni aporta.
Patricia Laurent Kullick: Olvidadizo: Leve e irónico, la imagen del científico distraído que prevalece en el imaginario popular.
Eduardo Lizalde Farías: Azul: Lamentable incursión en el fantástico.
Ariel Martínez: En algún momento, a medida que los leía, pensé que debían acoplarse, pero concluí seguro de que su pretensión es incomprensible El manto terrestre: Contrapuesto al cielo, pero… ¿para qué? Un Día: Parece que siempre usara un exceso de palabras Otro Día: ¿Filosofando? ¿aburriendo? ¿reflexionando? Un Día más: Repito lo anterior, trata de agarrar el hilo conductor, pero lo extravía 4/6: Con decir que se hace largo es suficiente Después: Algo debe impedirle encontrar las frases justas.

Reseña: El signo del perro (Jean Hougron)

El signo del perro
Jean Hougron
Plaza & Janés
Colección Horizonte, Número 6
1962
Escrita en 1961, “El signo del perro” ha resistido con mucha dignidad el transcurso del tiempo y algunos detalles debidos a la deficiente traducción.
En líneas generales, estamos ante una space-opera bastante típica: el protagonista, emisario de una suerte de confederación galáctica que existirá en el futuro, es enviado al planeta Sirkoma con la finalidad de incorporarlo a dicha confederación, y de paso, investigar lo ocurrido con una nave espacial perteneciente a la misma, desaparecida en las inmediaciones del planeta.
En cuanto llega a Sirkoma, empiezan los enigmas: pese a poseer una ciencia avanzadísima, los sirkomianos viven una existencia bastante austera y primitiva, pues aparentemente carecen de naves espaciales y otros adelantos. Más aún, la única ciudad sobre el planeta, llamada Eimos de Salers, es continuamente atacada por unos monstruos llamados rhunqs, perros mutantes gigantescos que incluso han desarrollado alas… Estos monstruos, cuyos ataques determinan el modo de existencia de los sirkomianos, son combatidos por una élite de guerreros, los Hombres-Fuerza, quienes han desarrollado poderes mentales, aparentemente más efectivos contra los rhunqs que las armas convencionales.
Los estándares de vida en los que se basa la sociedad sirkomiana son bastante espartanos. Ser rico es posible, pero tal condición implica ser considerado una especie de antisocial, pues la riqueza y la comodidad resultan en un puntaje menor en la escala de valores que rige la vida de los sirkomianos, la cual a su vez aparentemente guarda una relación directa con la frecuencia e intensidad de los ataques de los rhunqs. Mientras más “buenos” sean los sirkomianos, más fácil les será vencer a los monstruos.
La mayor virtud que se le puede reconocer a la novela es su concisión. En pocas palabras, y a veces de manera aparentemente desmañada, se nos describe una civilización futura fascinante y llena de enigmas, cuyas guerras, costumbres, ideologías y religiones no son menos interesantes que los seres que la pueblan, tanto humanos como extraterrestres. El autor desliza continuamente detalles acerca de este maravilloso universo como quien no quiere la cosa, originando así una constante sensación de sorpresa en el lector.
Tan es así, que pese a tratarse de una space opera con cierto toque de policial, prácticamente no hay acción alguna hasta el final del libro. La mayor parte de la novela está compuesta por diálogos entre los protagonistas, y ni aún así pierde un ápice de interés o emoción, aunque se trata de una emoción basada en la angustia que despierta en el lector por hallar la solución de un misterio cuyas implicancias han alterado la vida entera de un planeta. Casi podríamos decir que estamos ante otra aventura de Lemy Cranston, el protagonista de la película Alphaville.

Cuento: La rueda del progreso (Daniel Salvo)

El sutil brillo de la aurora despertó a Mateo Puchuri, al tiempo que un diminuto zumbador-despertador que no alteraba su sistema nervioso terminaba de desperezarlo. Mateo dejó su cama. Impecable en su traje de dormir, se dirigió al cuarto de baño. Aún no eran las seis de la mañana, verificó con orgullo. Su hoja de servicios del mes sería, otra vez, excelente.
Ya en el cuarto de baño, se desnudó, para que los sensores exotérmicos temperaran el agua de acuerdo a la temperatura ambiente y a la de su cuerpo. El agua, en forma de potentes chorros intermitentes, brotó de sendos dispositivos ubicados en el cielo raso y en las paredes, aseando su cuerpo de manera total. Cuando terminó su vigorizante ducha, Mateo recogió con satisfacción el reporte sanitario automático, expelido por una pequeña máquina situada junto a la puerta del sanitario. Como siempre, el reporte mostraba que su estado de salud seguía siendo óptimo. Colocó la tarjeta plastificada ante el sensor digital, para que a su vez éste registrara la información y la enviara a la Central de Control de Salud de la provincia. Mateo hubiera podido solicitar una de los nuevos sensores interconectados, los cuales enviaban la información en forma automática, pero prefería hacer las cosas a la antigua. Tras unos segundos, el dispositivo que cerraba la puerta del cuarto de baño se abrió, y Mateo pudo salir. No quiso ni pensar qué pasaría si la máquina hubiera reportado algún desperfecto en su salud. La rueda del progreso no podía detenerse.
En el siguiente compartimento de su vivienda, Mateo encontró una muda de ropa limpia y una ración de desayuno conforme a las especificaciones del reporte enviado a la Central de Control de Salud. La ropa, como siempre, le quedaba a la medida y lo protegería del frío glacial de la puna. El desayuno, además de tener un balance perfecto de las vitaminas, minerales y carbohidratos requeridos para un hombre de su talla y contextura, estaba exquisito. Los cocineros de la Central de Control de Salud sabían combinar los últimos avances en nutrición con la mejor tradición de la culinaria andina.
Luego de vestirse y desayunar, Mateo dejó su cómoda vivienda para dedicarse a pastorear las vicuñas que el Estado le había asignado. Los animales, en busca del nutritivo ichu genéticamente modificado que crecía en las alturas, lo llevaban siempre lejos del pueblo. Saludó con una sonrisa a los vigilantes armados que, silenciosamente, abrieron las rejas de las cercadas tierras de pastoreo. El Estado era el único dueño de esas tierras, como no podía ser de otro modo, por lo que el símbolo del partido, la Rueda del Progreso, ondeaba al viento en numerosas banderas y estandartes.
La Rueda del Progreso. Nunca un partido tuvo un nombre y un símbolo más adecuado. Desde los lejanos tiempos en que la humanidad entera había reconocido las bondades evidentes de los principios de gobierno del partido; habían cesado las guerras, el hambre y el caos. El mundo entero se conducía ahora bajo la égida del partido. Claro, había quienes no estaban conformes, como siempre, aduciendo razones esotéricas como igualdad, democracia y otras extrañas ideologías. Mateo conocía la historia de la humanidad previa a sus días, una sucesión interminable de conflictos, hambruna y miseria. Hasta que al fin, guiados por los principios de un grupo de visionarios que actuaban bajo el estandarte de la Rueda del Progreso, la humanidad había logrado al fin el gran sueño, la sociedad perfecta donde a nadie le faltaba nada y todos cooperaban de acuerdo a sus capacidades. Nada le era negado a nadie, según sus verdaderas necesidades y aptitudes. Mateo continuaba la tradición de sus ancestros, ser pastor de vicuñas, así como algunos de sus amigos eran mineros, enfermeros o basureros. Y respecto a esa obsesión por ir a las ciudades que evidenciaban algunos de sus conocidos, ¿para qué? En las alturas donde vivía, tenía de todo para ser feliz.
Hacía siglos, la región en la cual vivía Mateo había sido un lugar muy pobre, una “zona de extrema pobreza”, según la antigua nomenclatura. Los niños morían y los jóvenes trataban de emigrar a otros lugares. Parecía increíble que esa misma zona fuese ahora un emporio de riquezas naturales, cuya explotación estaba a cargo de los propios moradores, siendo estos los primeros beneficiarios de dicha explotación, según las estadísticas y comunicados oficiales. Su cuota de contribución al Estado era óptima, lo cual era debidamente recompensado por las autoridades con ofertas de trabajo en otros lugares. Pero el prefería seguir cuidando vicuñas, de las que obtenía la renombrada lana Puchuri, uno de los pocos productos artesanales que aún se producían en el mundo, y por ende, de gran demanda entre los altos mandos del partido. Mateo sabía que el Estado podía asignarle una colocación mejor – remunerada con dinero de verdad y no con productos de consumo directo - y proporcionarle jóvenes aprendices para realizar el trabajo pesado; pero prefería dedicarse él mismo a pastorear el ganado, trasquilar e hilar el mismo las madejas de lana de vicuña por ser una tradición familiar, pero sobre todo, por una razón que lo llenaba de orgullo: a la familia del máximo dirigente del partido, cuyo símbolo era la Rueda del Progreso, le encantaba.
Miró con orgullo la bandera que ondeaba a lo lejos, con la imagen impresa de la Rueda del Progreso. Recordó que, según sus lecciones de historia, en tiempos remotos se la había llamado esvástica.

Reseña: Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs)

Supongo que sería mucho más elegante y cool dejar de lado la space-opera, las aventuras escapistas, la ciencia ficción primitiva producida en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX; y concentrar esfuerzos en las intrincadas y desafiantes especulaciones científicas que ofrece la ciencia ficción contemporánea, por cierto, mucho mejor escrita que la de la llamada “Edad de Oro”. Es decir, comentar algún libro de ciencia ficción seria o de la buena, para no malear el contenido (¿?) de Ciencia Ficción Perú .
Pero, ¿cuántas veces no hemos tenido que esperar horas en algún consultorio o dependencia pública? ¿Cuántas veces no hemos tenido que efectuar un largo viaje en ómnibus, en los que los recorridos se miden, además de en kilómetros, en horas (incluso días)? Y en semejantes situaciones, más abundantes en nuestras vidas que los momentos de absoluta y solitaria paz, ¿quién no agradece la existencia de nuestras novelas escapistas, sencillas y desechables de toda la vida? A veces, quizá por el prurito de no parecer intrascendentes, pecamos de irrealistas a la hora de expresar nuestros gustos literarios o artísticos. No todos los libros que leemos tienen el mismo nivel, ni los leemos todos en idénticas ocasiones, ni mucho menos, satisfacen las mismas necesidades.
Vamos, que no siempre leemos en un estudio o biblioteca ad hoc, con lámpara especial, taza de te o café, y una total falta de conexión con el mundo exterior.
Y es en estos momentos en los que la literatura que no solemos colocar en el primer puesto de nuestros estantes o en los casilleros correspondientes a “las mejores novelas o cuentos que he leído”, aparece y nos salva completamente el día. Momentos en los que obviamente preferimos las aventuras de un espadachín en Marte antes que las especulaciones metafísicas de un especialista en física cuántica (que por cierto tiene su momento, importantísimo en verdad).
Desde esta perspectiva, mal haríamos en hacerle ascos a novelas y novelitas leídas en ocasiones que, de no ser por las mismas, serían mucho más difíciles de sobrellevar. Hay quien critica la existencia de narrativa que se lee al paso (en los buses, en los trenes). Yo digo: gracias a Dios que existe la literatura escapista. Precisamente, uno de los mejores ejemplos de este tipo de historias es Una princesa de Marte , de Edgar Rice Burroughs (sí, el mismo de Tarzán de los monos). Una aventura de capa y espada en escenario exótico, con héroe fuerte, atlético, valiente e inteligente a más no poder, y con princesa que encarna el non plus ultra de la belleza, además de buen carácter, fidelidad a prueba de balas y una figura que ni con liposucción.
Añádase un escenario tan exótico como irreal: un hipotético planeta Marte poblado por seres increíbles, animales de anatomía imposible, un hermoso cielo violeta con dos brillantes lunas recorriéndolo y de fondo, intrigas y más intrigas a cargo de los malvados de turno, cuya solución requiere la continua intervención del héroe, con quien por supuesto, todos nos identificamos: el héroe no tiene que sacar cuentas para que el sueldo dure hasta fin de mes, no se mira al espejo todos los días viendo cómo le salen canas, arrugas y barriga. Nada de usar anteojos o caminar con cuidado para evitar asaltos y robos. Qué va, desde la primera hasta la última página, cualquier, repito, cualquier problema lo resuelve a punta de espadas, sin otro desgaste que el sudor que cubre sus abultados músculos, resaltados así ante las admirativas miradas de la princesa, sus damas y los envidiosos guerreros enemigos. Por que todos los personajes que importan son nobles guerreros o damas. Nadie tiene el mal gusto de ser abogado, político, contador (contable, que le dicen en España), conductor de ómnibuses o cualquier otra profesión que sirva de algo. Y las relaciones de parentesco son casi siempre de lo más simple, sólo hay padres, hijos (adoptivos, a veces) y amigos. Nada de madrinas, suegras, concuñados y ex – esposos(as). Bañarse no le hace falta, ni cepillarse los dientes, pues siempre hay un perfume o bebida maravillosos que limpian y perfuman por dentro y por fuera, usando tan solo unas gotas entre pelea y pelea. ¿Algo más que se pueda pedir? Los villanos se dividen en villanos valientes, que al final se vuelven amigos o aliados, y en villanos cobardes, usurpadores de tronos que no les corresponden y que siempre son derrocados, para felicidad de sus pueblos, generalmente descontentos debido a los exorbitantes impuestos que los villanos (malvados) suelen cobrar. Claro, el elemento tecnológico no puede faltar, pero no es problema. Naves voladoras, rayos mortales, tecnologías incomprensibles… todo, todo se soluciona a punta de espada (¿no lo dijimos ya?). Y el héroe, en este caso John Carter, caballero de Virginia, transportado misteriosamente a Marte, se queda al fin solo con su amada Dejah Thoris… bueno, en realidad, esto no sucede al final de “Una princesa de Marte”, pero no por eso es menos predecible. Y si se quedaron con ganas de más, Edgar Rice Burroughs escribió, además de Una Princesa de Marte en 1912, las siguientes continuaciones de las aventuras marcianas de John Carter y su descendencia: Los Dioses de Marte (1914), El Señor de la guerra de Marte (1918), Thuvia, doncella de Marte (1920), El Ajedrez vivo de Marte (1922), El cerebro supremo de Marte (1928), El Guerrero de Marte (1931), Espadas de Marte (1936), Los hombres sintéticos de Marte (1940), Llana de Gathol (1948) y John Carter de Marte (1964).

Reseña: San Leibowitz y la Mujer Caballo Salvaje (Walter M. Miller Jr.)




“ Cántico por San Leibowitz ” nos ofreció un impactante cuadro de un mundo post-holocausto en el cual la ciencia ha encontrado como último refugio, paradójicamente, a la religión. Entre varias, la “Orden Albertiana de San Leibowitz” mantiene entre sus tradiciones documentos y técnicas que permiten al nuevo mundo emerger de una edad de tinieblas.

“San Leibowitz y la Mujer Caballo Salvaje” no es una continuación de “Cántico a San Leibowitz”. Comparte sí el mismo escenario, situado en el año 3322, es decir, en los años en los que se ha vuelto a “inventar” el telégrafo. Como pone la contraportada, esta vez el conflicto es político, entre los poderes eclesiásticos y los emergentes poderes terrenales de las multitudes de humanos (y mutantes) que habitan el territorio norteamericano.

Lo que nos lleva a una novela en la cual la ciencia ficción está apenas presente, por no decir que se encuentra ausente del todo. Los protagonistas (excesivamente numerosos) se ven envueltos en una serie de intrigas y negociaciones político – religiosas en las que la ciencia brilla por su ausencia. En “San Leibowitz y la Mujer Caballo Salvaje”, el único elemento de ciencia ficción reconocible es la extrapolación orientada a describir la sociedad norteamericana futura, compuesta por tribus nómadas que se la pasan guerreando entre sí, en un mundo que deben compartir con mutantes, lugares contaminados y la Iglesia Católica, cuyos objetivos y conflictos internos determinan las acciones de los principales protagonistas, entre ellos, el hermano Dientenegro, un ex – nómada perteneciente a la Orden Albertiana de San Leibowitz. Como pone la contraportada del libro – a veces aciertan- , “Dientenegro participa casi involuntariamente en las intrigas y conspiraciones del cardenal Ponymarrón, para ser testigo de rebeliones, asesinatos y sacrificios humanos y, también, para conocer el pecado”.

Lo demás es una novela de intrigas político-eclesiásticas, que no carece de interés. El conflicto entre la ortodoxia católica y las creencias que Dientenegro aún conserva de sus días de nómada – la Mujer Caballo Salvaje es una suerte de tótem en quien algunos quieren ver a la Virgen María y otros, simplemente a un producto de la idolatría – le otorga a dicho personaje un altísimo nivel de verosimilitud, pues vive cuestionándose constantemente, debatiéndose entre su lealtad a la Iglesia, a los gobernantes o a la mujer que ama, una mutante con el don de curar.

Comentario aparte merecen la minuciosidad con que se describen los desplazamientos de las tribus a lo largo y ancho de las Montañas Rocosas (EE.UU.), sus dialectos y costumbres, la relación de las mismas con ciudades y estados norteamericanos de la actualidad (difíciles de percibir por un no estadounidense), que permiten leer a “San Leibowitz y la Mujer Caballo Salvaje” como si fuera una novela de ciencia ficción hard escrita por un historiador del futuro, siempre y cuando la historia fuera una ciencia exacta. Una novela recomendable desde muchos puntos de vista, aunque no necesariamente desde el punto de vista de la ciencia ficción.